ESTAMPA MEXICANA
Saluda el sol la pueblerina euforia
con ese cálido turbión que
luce,
un radiante esplendor que al pueblo induce
a revivir la
magia de su historia.
El cielo azul refresca la memoria,
y el rústico sendero así
conduce
la campirana ofrenda laudatoria
que con fervor devoto,
reproduce.
La campesina estrena linda enagua:
amplia corola de apretada
fibra
que audaz le ciñe la juncal cintura.
Y cubre el seno la esplendente albura,
de una risueña blusa
donde vibra,
un corazón inquieto como el agua.
Llena el camino un estridente ruido
de agreste multitud que se
apresura;
y el relincho de la cabalgadura
que monta el charro
en esplendor vestido.
Una guitarra arranca el dolorido
lamento triste de sensual
ternura:
es un canto de amor que no lo cura,
ni el llanto
humano ni el licor de olvido.
Quemando el sol las sudorosas crines,
en el trotar de
intrépidos rocines,
es latigazo de ardoroso fuego.
Y en la inmensa apretura se entrelaza,
todos mezclados en la
enorme plaza,
con un tributo de amoroso ruego.
Joyel de piedra el secular santuario,
que oculta el llanto en
sus campanas viejas;
hoy esparce en un vuelo
tumultuario,
risas alegres en lugar de quejas.
Y las mudas cariátides añejas,
viejas molduras en su nicho
vario,
hablan al pueblo en su lenguaje diario
y abren sus
brazos de oxidadas rejas.
Prorrumpe en vuelo, el campanario grita
con una alegre
carcajada escrita
en las gasas purísimas del aire.
La muchedumbre explota en alegría,
mientras el charro esplende
en bizarría,
con su penco que trota con donaire.
El día en guirnaldas de color sencillas,
ornan la plaza en
pueblerino azoro;
y en el viejo reloj las manecillas
se han
fundido en un ósculo sonoro.
Luce el artífice el genial tesoro
en el bello color de las
arcillas;
y se funde el matiz con el decoro
del moreno rubor
de sus mejillas.
Rústico afán del ignorado artista,
que del humano la emoción
conquista
en cada objeto que su mente crea.
Capta el embrujo del sensual paisaje,
encendiendo el color
sobre el ropaje
de una profunda y luminosa idea.
¡ Pro tiene el andar fuego y audacia,
la juvenil presencia de
las mozas!
Y el policromo olán mueven con gracia,
cual si
fuera un volar de mariposas.
El rebozo que oculta, negra y lacia,
esas trenzas tan limpias
y olorosas;
mueven presta con mágica eficacia,
en la falda el
bullicio de las rosas.
Y en el óvalo terso de su cara,
su radiante belleza se
equipara
con el limpio rubor de las doncellas.
Y es verdad esa frase repetida,
de que un tiempo mirar jamás
se olvida
como el dulce brillar de las estrellas.
Es el charro gallardo y presumido,
un sensual trovador, triste
poeta,
que en su traje ha enlazado el colorido
con los soles
que prende en su chaqueta.
Su sarape con iris se ha teñido,
y el sombrero bordado se
sujeta,
en su cuello que luce el alarido
de una flor encendida
e indiscreta.
En su tez la presencia de dos razas,
y en sus ojos ardientes
como brasas:
un volcán cuya lava presto brote.
Y sí ríe, sus dientes marfilinos,
son como perlas de collares
finos
bajo el dosel de espléndido bigote.
Arde la plaza convulsiva y grave
con la mágica orgía del
sonido,
que transforma el bullicio en alarido
cuando resuena
el típico jarabe.
En las gargantas la alegría no cabe.
Embriagadas de ritmo al
estallido,
que finge el charro al imitar el ave
de roja cresta
y colosal vestido.
La pareja que baila en la verbena,
lleva la fiesta a una
locura plena
frente al sombrero semejante a un nido.
Donde la china ahí, rendida agacha
su cabeza otrora
vivaracha
en un final de goce compartido.
Y después, en la noche, hora suprema,
se levanta al final la
magia alada,
del cohete que imprime en la mirada
la fugaz
explosión de un gran poema.
Es el fin de la fiesta y en diadema,
las mil luces se vuelcan
en cascada,
y el castillo se incendia en carcajada
con la luz
de su entraña que se quema.
Poco a poco la sombra va acallando
el estruendo, y la plaza va
quedando
con su triste silencio deslucido.
Se ha acabado el jolgorio de la fiesta,
y en quietud ya la
noche se recuesta
sobre un blando diván de paz y olvido.
CESAR LUNA SOLAR
JUNIO DE 2004