ESTAMPA MEXICANA


 

POR EL ESCRITOR CÉSAR LUNA SOLAR
DÍA DE FIESTA
El Despertar

I

Saluda el sol la pueblerina euforia
con ese cálido turbión que luce,
un radiante esplendor que al pueblo induce
a revivir la magia de su historia.

El cielo azul refresca la memoria,
y el rústico sendero así conduce
la campirana ofrenda laudatoria
que con fervor devoto, reproduce.

La campesina estrena linda enagua:
amplia corola de apretada fibra
que audaz le ciñe la juncal cintura.

Y cubre el seno la esplendente albura,
de una risueña blusa donde vibra,
un corazón inquieto como el agua.

El Arribo a la Plaza
II

Llena el camino un estridente ruido
de agreste multitud que se apresura;
y el relincho de la cabalgadura
que monta el charro en esplendor vestido.

Una guitarra arranca el dolorido
lamento triste de sensual ternura:
es un canto de amor que no lo cura,
ni el llanto humano ni el licor de olvido.

Quemando el sol las sudorosas crines,
en el trotar de intrépidos rocines,
es latigazo de ardoroso fuego.

Y en la inmensa apretura se entrelaza,
todos mezclados en la enorme plaza,
con un tributo de amoroso ruego.

El Viejo Santuario
III

Joyel de piedra el secular santuario,
que oculta el llanto en sus campanas viejas;
hoy esparce en un vuelo tumultuario,
risas alegres en lugar de quejas.

Y las mudas cariátides añejas,
viejas molduras en su nicho vario,
hablan al pueblo en su lenguaje diario
y abren sus brazos de oxidadas rejas.

Prorrumpe en vuelo, el campanario grita
con una alegre carcajada escrita
en las gasas purísimas del aire.

La muchedumbre explota en alegría,
mientras el charro esplende en bizarría,
con su penco que trota con donaire.

Los Anónimos Artistas
IV

El día en guirnaldas de color sencillas,
ornan la plaza en pueblerino azoro;
y en el viejo reloj las manecillas
se han fundido en un ósculo sonoro.

Luce el artífice el genial tesoro
en el bello color de las arcillas;
y se funde el matiz con el decoro
del moreno rubor de sus mejillas.

Rústico afán del ignorado artista,
que del humano la emoción conquista
en cada objeto que su mente crea.

Capta el embrujo del sensual paisaje,
encendiendo el color sobre el ropaje
de una profunda y luminosa idea.

La China Poblana
V

¡ Pro tiene el andar fuego y audacia,
la juvenil presencia de las mozas!
Y el policromo olán mueven con gracia,
cual si fuera un volar de mariposas.

El rebozo que oculta, negra y lacia,
esas trenzas tan limpias y olorosas;
mueven presta con mágica eficacia,
en la falda el bullicio de las rosas.

Y en el óvalo terso de su cara,
su radiante belleza se equipara
con el limpio rubor de las doncellas.

Y es verdad esa frase repetida,
de que un tiempo mirar jamás se olvida
como el dulce brillar de las estrellas.

El Charro Mexicano
VI

Es el charro gallardo y presumido,
un sensual trovador, triste poeta,
que en su traje ha enlazado el colorido
con los soles que prende en su chaqueta.

Su sarape con iris se ha teñido,
y el sombrero bordado se sujeta,
en su cuello que luce el alarido
de una flor encendida e indiscreta.

En su tez la presencia de dos razas,
y en sus ojos ardientes como brasas:
un volcán cuya lava presto brote.

Y sí ríe, sus dientes marfilinos,
son como perlas de collares finos
bajo el dosel de espléndido bigote.

El Jarabe Tapatío
VII

Arde la plaza convulsiva y grave
con la mágica orgía del sonido,
que transforma el bullicio en alarido
cuando resuena el típico jarabe.

En las gargantas la alegría no cabe.
Embriagadas de ritmo al estallido,
que finge el charro al imitar el ave
de roja cresta y colosal vestido.

La pareja que baila en la verbena,
lleva la fiesta a una locura plena
frente al sombrero semejante a un nido.

Donde la china ahí, rendida agacha
su cabeza otrora vivaracha
en un final de goce compartido.

El Final de la Fiesta
VIII

Y después, en la noche, hora suprema,
se levanta al final la magia alada,
del cohete que imprime en la mirada
la fugaz explosión de un gran poema.

Es el fin de la fiesta y en diadema,
las mil luces se vuelcan en cascada,
y el castillo se incendia en carcajada
con la luz de su entraña que se quema.

Poco a poco la sombra va acallando
el estruendo, y la plaza va quedando
con su triste silencio deslucido.

Se ha acabado el jolgorio de la fiesta,
y en quietud ya la noche se recuesta
sobre un blando diván de paz y olvido.

CESAR LUNA SOLAR
JUNIO DE 2004