EL HUSKY

 

Relato

La Dama Blanca era una perrita de raza Alaska, atlética, bien formada, con un pelo blanquísimo y un collar al cuello, muy aficionada a jugar con los niños Álvarez, sus dueños, quienes vivían en una amplia casa ubicada al sur de la ciudad de México. Los chicos le prestaban una gran atención a la mascota: la entrenaban en diversos juegos, la sacaban de paseo y hasta le buscaron una pareja con la cual pudiera aparearse: Un perro macho de la misma raza, que vivía con unos parientes lejanos. Fruto de ese amor programado fueron: “ la ginger”, la “chiquis” y, por último, el “husky”, que es el verdadero protagonista de esta historia.

Se trataba de un perro de ciudad; que desde chico había adquirido buenas formas, con grandes orejas, ojos muy abiertos, un hocico enorme por donde asomaba una lengua babeante y una abundante melena entre gris plata y blanco, lacia y sedosa. Destacaba sobre todo por sus fuertes patas y una cola con mucho pelo: Era de esa clase de perros finos y fuertes originarios de Canadá, que son muy aptos para tirar de los trineos y que a esos menesteres suelen ser asignados.

Pero “el husky”, desde muy pequeño sufrió un encierro no justificado, y contra el que los genes de su raza se rebelaban constantemente, hasta el punto que resultaba insoportable escuchar los aullidos de frustración y tristeza en los que se enzarzaba durante las horas nocturnas. Así que lo regalaron casi inmediatamente al primero que lo pidió, y que no fue otro que un vecino amigo de los Álvarez, quien en el fondo sentía una terrible envidia por la perra tan fina que ellos poseían. Al aceptar el regalo, pensó que así tendría algo como aquellos niños más ricos que él.

El vecino cuidó y alimentó al perrito y en pocos meses éste ya se había convertido en un animal gigante, comparado con el tamaño que tenía de recién nacido: Jugaba y tropezaba con los muebles y las macetas de forma muy traviesa y desordenada. Pero esa actitud tan juguetona hizo que se enfadara la madre del chico, quien se las pasaba negras intentando controlar la enorme vitalidad del joven can, y eso que no sólo lo castigaba proporcionándole una menor ración de alimento, sino que también lo encerraba en la azotea, en un reducido espacio, el cual apenas alcanzaba para dar unas vueltas en círculo.

Por eso digo que el husky sufrió desde chico con el encierro: De vez en cuando, el perro miraba hacia la calle y suspiraba. Admiraba el gracioso porte de las perritas quienes, en compañía de sus dueños, solían pasearse por la banqueta, de camino al parque. También observaba a los niños Álvarez, quienes jugaban y correteaban con sus hermanos y salían continuamente a jugar ya fuera en su patio y jardín particular, o también al parque de la colonia. Al parecer, al único al que nunca le tocaba paseo era al husky: Nadie lo sacaba ni lo llevaba a ningún lado; tampoco jugaban con él por ser un perro enorme, argumentando que les amedrentaba que se pudiera poner pesado y lastimara a alguien.

¡Cuanta injusticia se esconde a veces tras un simple, aparente e inocente razonamiento! Con esa falsa deducción, condenaban al pobre perro a vivir prácticamente como un preso. El husky, casi no tenía momentos de alegría, salvo cuando su amo regresaba de la escuela; y éste le tiraba un enorme hueso para que lo atrapara. ¡Eran aquellos los único minutos de libertad de los que disponía! ¡Qué maravillosa sensación la de estar libre, sin correas ni ataduras de ninguna especie! Pero sabía que esa felicidad era efímera, duraba muy poco y, al cabo de un rato, se encontraba de nuevo amarrado y la madre de su amito requería a este para que fuera a cenar, mientras él regresaba compungido a su soledad. El perro entonces se entristecía, aunque trataba de consolarse pensando que después de que su dueño comiera, le irían a dar las sobras de algunos de los manjares preparados por la señora en la cocina y, aunque siempre le resultaban insuficientes para menos daba una piedra.

A pesar de que casi lo mataban de hambre, de las recias cadenas que habitualmente aprisionaban sus patas y del mal carácter de la madre de su amo, el husky soportaba con verdadero estoicismo toda aquella situación, ya que, al fin y al cabo, sentía un gran cariño y admiración por el chico, sinceros y correspondidos sentimientos que crecían a la par en el chico y en él, a medida que uno se iba convirtiendo en un muchacho y el otro en un enorme perro de la raza Alaska.

Pero esto no iba a durar eternamente y he aquí que sucedió algo incomprensible para el husky, quien no entendía el complicado mundo de los humanos. Resultó que el padre de su amito, fue despedido del trabajo: De la noche a la mañana se encontró desempleado y con una gran cantidad de recibos por pagar.

La madre, inmediatamente pensó en recortar gastos para salir de la inminente crisis financiera, y así fue como, sin consultar ni con su hijo, y menos con el perro, decidió vender al husky al primer postor, no importando mucho lo que pagaran por él; Lo que le interesaba era principalmente deshacerse del enorme animal, quien a pesar de ser alimentado con las sobras, no dejaba de ser un lastre económico para la familia. Así fue que vendió al husky, y al enterarse el chico, lloró, suplicó y hasta se fingió enfermo, pero de nada le valieron estas estrategias: El husky fue entregado a su nueva dueña, una señora ya entrada en años, quien pensaba llevárselo para que le sirviera de compañía en su casa de provincia, a la cual se retiraría después de haber pasado toda una vida en la ciudad.

El husky, de apenas dos años de edad, sacaba su enorme lengua roja babeante para lamerle la cara al chico en señal de despedida. A éste, el único consuelo que le quedó, fue pedirle a la nueva dueña que lo tratara muy bien. Le explicaba que al perro se le debía dar diariamente su leche, su agua en un trasto grande, su carne cruda: También se le debía bañar con agua tibia, y por las noches antes de dormir, cantarle una o dos canciones de cuna para que conciliara el sueño¡ Cómo si el husky en su vida hubiera probado la leche! Creo que sólo de las tetas de su madre, y eso cuando era recién nacido, de pocas horas de existencia y todavía no había sido arrancado de su seno. Y ni qué decir de la carne, esa sólo la vería en fotos de las revistas, porque en lo que a él respecta, los alimentos siempre eran migajas de pan, tortillas resecas y duras, caldos casi echados a perder y algún que otro cuero de gallina, cuando le sonreía la suerte.

Lo que sí me consta que tomaría era el agua, y eso en abundancia o hasta que se hartara. Por el agua nadie peleaba, sobre todo porque la que era extraída de la llave conectada al sistema de agua potable de la ciudad tenía un sabor a cloro, tan desagradable, que era muy difícil acostumbrase a tomarla sin sentir además de asco, una sensación como si se fuera a perforar el estómago por lo corrosivo de dicha sustancia.
Pero no todo era desfavorable. Estoy seguro que si el husky no hubiese bebido agua con cloro, no hubiera sobrevivido a alguna epidemia por la contaminación del agua, como suele ser habitual en las zonas superpobladas.

En fin, que la señora que se llevaba al perro apenas si entendió lo que le decía el muchacho: Se trataba de una vieja solterona, un poco desajustada de facultades mentales, quien al ver al perro, corrió a abrazarlo con tanto entusiasmo que éste casi la tira. Después, lo cubrió de besos y le echó una manta por encima, pese a que él no necesitaba de tanta cobija, y se lo llevó en el auto, en un viaje por carretera que duró casi ocho horas, y cuyo destino final era la zona de la Huasteca Veracruzana. Era ésta una región exuberante, de intenso calor, repleta de toda clase de flores y frutas tropicales. El husky, perro de raza procedente de frías regiones del planeta, se resintió desde un principio del cambio al extremado clima que allí reinaba.

La anciana mujer vivía sola, y era considerada como un bicho raro por los otros habitantes del poblado a donde fue a parar nuestro amigo el husky. Era descuidada y algo mugrosa, por lo que lo que menos hizo fue atender al perro. Nunca lo bañaba y no tenía idea de cómo alimentarlo. Desconocía las cantidades de comida que el animal necesitaba y no hacía el menor esfuerzo por averiguarlo, sino que le daba lo que fuera, a la hora más incierta, con lo que el perro, que cada día estaba más grande y requería una mayor ración de alimentos, sufría más hambre que nadie. Si ya de por sí había sido mal nutrido en casa de su amito, aquí prácticamente no se le alimentaba, siendo su problema y responsabilidad conseguir el pan de cada día.

Así, con el estómago vacío casi todo el tiempo, y también deshidratado por el intenso calor, el perro se paseaba por los alrededores de la casona, y bajaba por la pendiente hacia un riachuelo, donde satisfacía la sed y también se bañaba.
Pero no todo era malo, si bien su ama no lo cuidaba como era debido, el husky experimentó por primera vez la sensación de sentirse vivo y en libertad, porque la señora nunca lo amarraba o lo ataba, como hacía la otra mujer, la madre del pequeño, y esa libertad compensaba con creces el hambre que sentía. Y como era libre para ir de caza, o de pesca, pronto aprendió a realizar esas actividades de tal manera que si bien no lograba el hartazgo al menos conseguía sobrevivir.

Sudaba, su cuerpo no lograba controlar la temperatura, por lo que todo el tiempo permanecía con la lengua afuera, en la búsqueda permanente de un lugar con sombra en el que resguardarse de los rigores climáticos: A eso del mediodía, cuando el sol alcanzaba su mayor plenitud, solía encontrársele bajo el Framboyán de la casa, enorme árbol de flores naranjas que suele ofrecer un cobijo extraordinario.
Pobre husky, a pesar de que era feliz, o por lo menos él quería creerlo así, nunca se pudo adaptar a las altas temperaturas, ni al ambiente del campo, y si a eso agregamos la escasa comida de la que disponía…

Pronto empezó a tragar todo lo que se le ponía enfrente: Desesperado, no sabía distinguir entre el alimento bueno y el malo. Sentía tanta hambre que hasta perseguía a las moscas. Varias veces fue picado por las avispas y en una ocasión le hizo frente a una coralillo, saliendo milagrosamente triunfante de todas sus aventuras.
Así pasaron cinco meses. El chico de la ciudad, su antiguo dueño, había planeado visitarlo en el verano. Había ahorrado de sus escasos ingresos para poder hacer el viaje, y previamente se había comunicado con la anciana señora, quien se manifestó encantada de la visita. Pero justo un día antes de su llegada, el husky salió de inspección nocturna, como ya era su costumbre en búsqueda de algo qué comer.

Vio un movimiento más negro que la noche misma, y sin reflexionar mucho, lo atrapó, y lo engulló tan aprisa que casi se atraganta con su carne, sin masticarla, mientras sentía en los colmillos la rica sensación del alimento fresco. Pero, desafortunadamente su presa era un sapo, de esos venenosos, cuyas malignas sustancias no tardaron en expandirse por el cuerpo del animal. Al poco rato, el husky caía en el suelo, preso de horribles convulsiones, y babeaba por el hocico y con los ojos vueltos hacia arriba, en blanco. Esto duró escasos minutos, luego, la inconciencia lo llevó hasta el cese de la respiración y el corazón del perro se detuvo de repente. Fue una muerte rápida, sin más testigos que el canto de los grillos y el resplandor de la luna del estío.

A la mañana siguiente, el niño llegaba a la casa: Lo primero que hizo fue preguntar por el husky. Su dueña, algo extrañada por el silencio y la ausencia del perro, pareció entonces reaccionar, y corrió a buscarlo, temiendo lo peor. Al ver su cuerpo inmóvil, tendido en el suelo, tieso, el chico rompió a llorar: Sus lagrimas regaron el enflaquecido cuerpo del animal. Sólo lo había reconocido porque aún le quedaban algunos destellos de plata en la cabellera, ahora escasa y despulida, y por la enorme lengua roja babeante, con la que lo lamía con tanto cariño cuando vivía en su casa. El perro había muerto, el niño no entendía bien todavía lo que había sucedido. Ambos habían pagado las consecuencias del descuido y de la falta de recursos económicos que se padecen en este mundo moderno.

Cuantos huskys hoy en día, en la tierra, con evidente forma humana, pagan las consecuencias de las crisis económicas mundiales, apenas sin enterarse, o son muertos por el veneno y los mísiles, sembrados por algunos dementes que se auto proclaman los dueños del mundo.

 

Bertha Sánchez.
Marzo 2003.

 

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