DEL CIELO AZUL SOBRE EL LIENZO


Un cuento por el joven escritor Israel Paniagua


INTROSPECCION
Por Jorge Cárdenas



“ Pero es preciso comprender bien lo que es amar lo bello:
es desear apropiárselo y poseerlo siempre para ser feliz…”
PLATÓN, DIÁLOGOS.


 
“Se renta habitación para estudiante”, decía el letrero que se hallaba pegado en la parte interior de una de las ventanas de la casa azul. Se detuvo y tocó la puerta. La señora Goyta se asomó por una ventana de la parte superior abriendo la cortina lentamente. La lluvia comenzó a caer en ese instante. Amablemente, la señora Goyta lo invitó a pasar.

La señora Goyta y su hija Clara eran las únicas personas que habitaban la casa azul. Curiosamente, Jonatan llegó justo cuando las tazas de té estaban listas sobre la mesa. Se sentaron los tres a tomar té. Hablaron acerca de la impresión de Jonatan al llegar a Londres. Clara tan sólo sonreía tímidamente mientras escuchaba el diálogo entre su madre y Jonatan. De repente, se levantó y sin decir palabra alguna, se dirigió hacia el lujoso piano al fondo de la sala.

Era una casa grande, hermosa, con un acabado perfecto al puro estilo renacentista.

Jonatan estaba sorprendido por la belleza interior de la casa azul: los muebles, las pinturas, el piano, el jardín, los azulejos…
La tarde comenzó a caer, los oídos de Jonatan se llenaron de armonía una y otra vez. Clara no paró de tocar el piano. Después de un instante, la señora Goyta caminó hacia el que sería el dormitorio de Jonatan; con una mueca en su cara y un movimiento de brazo le indicó a Jonatan que la siguiera. También le mostró el baño que podría usar, exclusivo para él.

Mozart, Schubert, Chopin, inundaron la casa azul aquella tarde. Jonatan escuchó las melodías desde su habitación, recostado sobre la cama. Al mismo tiempo pensaba en su hermano. Salió a la terraza a fumarse un cigarrillo. Miró la luna llena brillar en lo alto del cielo. Aquella calle de Londres estaba completamente desolada. Después del segundo cigarrillo, Jonatan entró a la habitación.

No podía dormir. Todo le daba vueltas en su cabeza. Sacó un nuevo cigarrillo y lo encendió. El reloj marcaba las tres de la mañana. Corrió la cortina. La luz tenue de la calle entró por la ventana. Pensaba en Clara, en sus hermosos ojos y en su tierna sonrisa. No había duda, se había enamorado de Clara a primera vista. El humo inundó la habitación. Caminó por la recámara una y otra vez; no podía reconciliar el sueño.

La hora del té llegó al siguiente día. Clara portaba un hermoso sombrero azul, y su madre, un pequeño sombrero blanco. Una rosa dentro de un vaso con agua adornaba el centro de la mesa. Comenzó la charla. Clara habló poco, Jonatan trató de impresionarla contándole algunas cosas de Holanda, principalmente del pueblo donde nació.

La lluvia caía de nuevo, era una lluvia ligera. La señora Goyta sonreía mientras hablaba acerca de su primer trabajo que tuvo cuando era joven. Las palabras se perdían entre el humo de los cigarrillos. Era un ambiente de fraternidad para Jonatan, quien se sentía bien estando ahí, al lado de esas dos mujeres.

Tocaron el tema del arte. Jonatan sonreía, se sentía muy bien admirando la belleza de Clara. Les contó de su amor por la pintura y de lo que sería su estancia en la Academia de Pintura de Londres. Clara, por su parte, habló muy poco acerca de su pasión por la música.

Veía los labios de Clara perfectos, también su cintura. La pasión de Clara por el arte incitó a Jonatan a interesarse más en ella. Clara era algo más que una mujer para Jonatan, era la mujer perfecta que siempre había deseado tener.

Jonatan portó un pequeño sombrero al estilo londinense en su primer día en la Academia de Pintura de Londres. Tomó los pinceles dentro de aquel salón, eligió hacer el boceto de un bello atardecer antes de plasmarlo de colores, de esos atardeceres que solía ver en Holanda. Ésa fue su primera pintura. La pasta de tonalidad azul impregnó el lienzo deslizándose el pincel de un lado a otro.
Jonatan dibujaba con una seriedad en su rostro, lo cual reflejaba la dedicación y la pasión que le tenía en ese momento al arte.
Los caballetes estaban dispersos por los salones. Cada alumno movía delicadamente los pinceles sobre los lienzos de tela aplicando su talento.
Los alumnos mostraron siempre una refinada educación. Dentro de un espacio pequeño, al fondo del pasillo principal, se hallaban los lavabos donde los alumnos enjuagaban los pinceles que volverían a usar posteriormente.

Una noche, ya en su habitación y recostado sobre la cama, Jonatan habló en voz baja palabras que sólo él podía entender. Miraba el hilo de humo del cigarrillo elevarse e imaginaba que Clara estaba enfrente de él para decirle lo que sentía por ella, para decirle sus intenciones. A sus veinte años, Jonatan parecía haber encontrado el rumbo de la felicidad. El humo salía por su boca una y otra vez. El tiempo avanzaba. Jonatan no tenía sueño. Eran las doce y media de la madrugada. Pensaba sólo en ella. Se preguntaba cuándo podría decirle a Clara que la amaba, que quería casarse con ella. Deseaba que la hora del té llegara nuevamente para poder estar cerca de ella. Sin Clara, Jonatan sentía que no era nadie; sin su presencia, Jonatan moriría; él lo sabía. Estaba obsesionado por ella.

Clara se entregaba por completo cada vez que tocaba el piano; convertía cada nota musical en un cuento de hadas. Desde los seis años comenzó a tocar el piano, y a sus dieciocho, se había convertido en una excelente artista.
Tomó un lápiz; se dispuso a dibujar a Clara en una hoja de papel. Le mandaría a su hermano una carta junto con el dibujo de Clara.

“Nunca antes me había sentido tan feliz como ahora. Londres es hermoso, sus calles desprenden una armonía indescriptible. La señora Goyta y su hija Clara me han recibido de maravilla en su casa. Clara toca el piano, y me he enamorado de ella por su gusto al arte y por su belleza. He decidido dibujarla para que la conozcas. Ahora más que nunca, sé que la vida es lo más maravilloso que pueda existir. Te pido un gran favor, que me mandes más dinero para comprar algún material que me hará falta…”

En ese mismo instante, Clara dentro de su habitación, le escribía una carta a su prometido quien estaba trabajando en Leipzig, Alemania. Ella lo amaba demasiado a pesar de que le llevaba diez años de diferencia. Se conocieron ahí mismo, en la casa azul. Llegó un año antes que Jonatan hospedándose en el mismo cuarto; trabajó en Londres durante un corto tiempo antes de irse a Alemania.

La pintura estaba terminada: un bello atardecer de los que solía ver en Holanda. Su primera pintura. Llegó a la casa azul con la pintura en sus manos. La dejó sobre la mesa del comedor con una nota: “Para Clara; de Jonatan.”
A Clara le gustó demasiado la pintura, verdaderamente era una obra de arte, insinuó. La colgó sobre una pared de su habitación. Las clases dentro de la Academia de Pintura se hicieron cada vez más intensas e interesantes. Jonatan era un joven al que todos lo veían como una persona seria y comprometida.

Un día, Jonatan decidió recorrer una de las principales avenidas de Londres. Se sentó un instante sobre una banca, y se dispuso a observar las personas que pasaban. Ya tenía en mente la fecha para decirle a Clara que la amaba. En el cielo, las nubes avanzaban lentamente hacia el oeste; el azul del cielo era lo que más admiró Jonatan en ese instante.

Esa misma noche, le escribió a su hermano una nueva carta:
“Pronto me casaré con Clara, aun no se lo he propuesto, pero pronto lo haré, y estoy seguro de que ella aceptará. Dentro de la academia todo marcha de maravilla, mi primera obra se la regalé a Clara. Ella la aceptó y me dijo que le había agradado demasiado.”

Jonatan pasó los siguientes días pensando en su boda con Clara. Trabajaría por las tardes para poder mantener a su joven esposa, pensó. Hablaría con la señora Goyta y le pediría su autorización para seguir habitando la casa azul por algún tiempo, mientras encontraba alguna vivienda digna en donde vivirían Clara y él.

El día llegó. Jonatan sonreía sobre la mesa. La señora Goyta preparaba unos deliciosos bocadillos en la cocina. Jonatan sabía que era el momento que había esperado para decirle a Clara lo de sus intenciones. Y así lo hizo. Rápidamente le dijo que deseaba casarse con ella, simplemente eso. Clara se quedó atónita con una seriedad en su rostro. Le dijo que no podía casarse porque ya estaba comprometida.

Jonatan se paró de la mesa, ya no esperó los bocadillos; tan sólo le dio un sorbo a la taza de té. Tomó sus cosas y se fue.

Clara no se casó con su prometido, pues éste conoció a una joven mujer en Leipzig con la que contrajo matrimonio. Le escribió una carta diciéndole que lo perdonara.

Aún sigue existiendo la casa azul, la cual es habitada por la señora Goyta y su hija Clara, quien de vez en cuando se pregunta qué habrá sido de la vida de aquel joven extraño, amante de la pintura, que un día le pidió matrimonio.

ISRAEL PANIAGUA

JUNIO DE 2009

 

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