LA LEYENDA DEL GRAN CARACOL



Basada en un cuadro al óleo de Alejandro Caballero

Cuenta una leyenda que hace muchísimos sueños, cuando todavía los niños se iban tranquilos a la cama y se dormían de inmediato, sucedió una lluvia intensa durante siete días y siete noches, lo cual acabó dejando inundados todos los países y regiones del mundo conocido y del desconocido, y que al despertar de esa séptima noche, todos los seres humanos habían encogido su tamaño, por las aguas, quedando de la medida de peras y manzanas de los árboles que también habían desaparecido bajo el agua.

Así, la tierra hecha una inmensa cubeta líquida, la cual se contenía meciéndose como una cuna para no desbordarse, con sus vaivenes de derecha a izquierda y viceversa, contrastaba mostrándose tan apacible luego de la agitación intensa de las tormentas. Esta calma era aparente, y digo tal ya que en las profundidades de este nuevo océano universal existían los remanentes de las civilizaciones que existían desde antes, desde siempre, las cuales no se iban a quedar tampoco por mucho escondidas.

Empezaron a emerger puntas nacaradas de piedras rosáceas, las cuales se asomaban a las superficies en forma de picos que luego fueron moldeándose hasta constituir laberintos enredados, caracoles más bien por su forma externa, todos ellos de diferentes tamaños, aunque eso sí, enormes para los ahora pequeños seres humanos, quienes aparecían sumamente diminutos y afligidos, guardando el equilibrio, permaneciendo a su lado, intentando escalar sus duras y empinadas caras, con la esperanza de llegar a un sitio privilegiado, el cenit de la tierra, quizá también el del universo, el nido desde donde se genera el sonido, la luz, los sentimientos.

Un apartado de donde brotan esos ecos, esos cantos que en ocasiones confundimos con el de las sirenas, pero son nuestros propios sonidos, los de la conciencia, por eso vienen muy diversos, ninguno se parece a otro, y cantan y gimen y lloran sin cesar y viajan del corazón del caracol al exterior de la tierra.

Y se escuchan entonces otros ruidos, los de los marinos que una vez dominaron las aguas de los mares, y se oyen también los lamentos y se cuentan historias y más historias y todas se mezclan para llenar en su plenitud el firmamento de esta nueva tierra inundada por las aguas y repleta de caracoles con vida propia por doquier.

Empiezan a parecer cada vez más hombrecitos, aquellos bailan ahora y tratan de noquear en las aguas; hacen sus giros y saltos al lado de los caracoles, y esa misma noche se inicia un goteo celeste, esta vez de estrellas luminosas, que pretenden inundar pero esta vez de luces y colores esta tierra que está tan nublada.

Pasaron así siete días y siete noches más, con lo que ya se sumaban casi dos semanas, y el fuego de las estrellas fue tan fuerte que empezó a secar parte del excedente líquido, y así, después de esta segunda séptima noche, el mundo pudo despertar casi como era antes, y digo esto porque apareció un nuevo mundo, más limpio, libre de impurezas y sembrado de esperanzas

La contaminación se había ido, el clima regresaba a ser excelente, la tierra tenía la cantidad exacta de líquido y de terrenos para ser equilibrada. Los seres humanos recuperaron misteriosamente su tamaño original y se vieron a sí mismos como personas a las que se les había concedido una segunda oportunidad.

Se prometieron a si mismos cuidar más del planeta, y esto cuenta la leyenda, que la voz de un enorme caracol había vaticinado este hecho, y aquellos que la escucharon ahora viven más felices y concientes de los demás. ¿ Y los caracoles? Esos se quedaron, tienen ahora un lugar muy especial en los sueños de los niños buenos, quienes cierran sus ojos al contacto de bellas melodías de cuentos y leyendas que sus padres les platican, antes de dormir.

Junio 2008.

Bertha Sánchez.

LA LEYENDA DEL GRAN CARACOL
óleo sobre madera
115 X 122 cm 1999
Autor: Alejandro Caballero