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El Burócrata. Novela por entregas.


CAPITULO OCHO

Caty salió con Alberto en un par de ocasiones más, pero aquello no progresó, y no porque la chica no estuviera en interesada en una relación amorosa, sino porque él le pedía sexo como condición para verse. A la tercera salida ya no quería pagar la cuenta total y le pidió pagara ella la mitad; tampoco dejó propina en esa ocasión, se le volvió a insinuar y la llevó hasta la puerta de un hotel, pero Caty le dijo que tenía que regresar a casa. Ella le pedía se vieran temprano y él le daba vueltas al asunto de su trabajo y por fin decía que no podía antes de las ocho de la noche.

Aquella vez que tomó el taxi y eran más de las diez, de milagro el chofer la dejó a las puertas de su casa, porque como quiera sí él hubiese querido secuestrarla, violarla, robarla o matarla, nada ni nadie se lo hubiera impedido. Por eso, al llegar a su casa y ver a su madre preocupada, entendió de golpe todo lo que estaba arriesgando a cambio de nada, es decir; ella deseaba salir con un chico libre para iniciar una nueva relación con él: hacerse quizá su novia y luego casarse y formar una familia, pero parece ser que los hombres no seguían la misma secuencia de pensamiento: primero, presentaban sus cartas e investigaban si la chica en cuestión estaba disponible, es decir, soltera, divorciada o dispuesta, aún siendo casada. Una vez seguros que no se encontrarían con un macho frente a frente que los hiciera ver su suerte por querer meterse con su hembra, el paso siguiente era averiguar si la prospecta tenía cuenta en el banco, celular, coche y un empleo bien pagado, para que, en caso de necesitarse, le ayudara a compartir gastos. Si cumplía la candidata con todos estos requisitos, pues entonces él se tenía que portar bien e invitarla a salir: se iba a ver muy mal querer sexo desde la primera cita, pero en la segunda la chamaca en cuestión tenía que aflojar, de lo contrario iban a empezar las dificultades, y con Caty ya era el colmo, pues llegaba la cuarta cita y nada de nada.
En esta última ocasión que salieron, fueron a una refresquería a pesar de que ya era noche. De plano, Alberto dijo que no tenía dinero para pagar la cuenta, por lo que la chica tuvo que hacerlo. Se mostró fastidiado todo el tiempo y le dijo claramente que él no iba a estar perdiendo el tiempo con ella.

La muchacha se espantó y empezó a repasar las escenas de sus encuentros anteriores, con el fin de descubrir qué es lo que había hecho mal: en eso estaba cuando él la llevó al metro y se despidió no de manera muy cortés. Ella le preguntó qué pasaba y él le dijo que nada.

Caty le dijo entonces si no le interesaba que fueran novios. Él se rió y dijo que no quería compromisos; no estaba para noviecitas en esos momentos en los que tenía grandes gastos y además tenía que pasarles pensión a sus dos viejas anteriores.
Ella le dijo que no entendía: si no deseaba ser su novio, por qué la había besado la noche anterior. Él no respondió y malhumorado le dijo que tenía prisa de regresar a su casa para ver la televisión y dormir.
La chica se quedó de una pieza y no sabía qué decir: fue que se le ocurrió mostrar un gesto de cariño y lo besó en la boca como despedida. Él la volvió a besar, suspirando y abriendo la boca para meterle la lengua.
De repente, se separó de ella y le manoseó los senos por encima de la ropa, frotándoselos mientras suspiraba de placer. Le dijo entonces “ Vete” y se alejó, dejándola sola en la puerta de los andenes del metro de la ciudad.

…………………….. Javier había estado observando a Caty y en una ocasión vio cómo Alberto venía a recogerla; también lo había visto la noche del estreno de su obra. Por lo tanto, se moría de celos y quería preguntarle a la chica por el sujeto, pero no tuvo oportunidad de hacerlo sino hasta que ella ya no salía con él.

Le dijo directamente qué era lo que ese tipo se traía con ella y Caty sólo contestó que era un amigo, ex compañero de la secundaria y nada más ¿ nada más? Seguro que sí. Pero esta respuesta no dejó satisfecho al burócrata, quien estaba francamente desesperado porque el tiempo pasaba y Caty se seguía haciendo la difícil.

Ya no se trataba de una simple conquista: quería a la chica como un trofeo. Era necesario anotar el nombre de Catalina en la agenda para mantener su ego: creía firmemente que ella era la única que se le había resistido, cosa no cierta pero sí algo verdadera. Más bien era la que más dolores de cabeza le había dado, por no ceder inmediatamente y por no ser como otras mujeres que ellas ponen todo o casi todo de su parte. Estaba seguro que Caty estaba enamorado de él, sus ojos se lo decían ¿ entonces? ¿ Por qué no aceptaba de una vez por todas irse a vivir con él?
Razonaba viendo las cosas con sus cristales puestos ¿ Acaso no se le había ocurrido pensar que Caty, a pesar de amarlo, no deseaba ser la causante de romper un hogar y a la vez convertirse en la amante de un hombre casado?

………………………… Javier está perdido: no sabía halagar a una chica y mucho menos tenerle la paciencia suficiente. Todas sus estrategias se habían agotado y sólo quedaba la que siempre le había dado resultado, aparentemente, que era la de relacionarse con las mujeres peleando.
Y empezó a agredir a Caty, a tratar de dominarla por medio de la duda y de los celos. Aparentemente la menospreciaba y le hacía cuanta grosería podía, así estaba de dolido que no paraba de desquitarse con la muchacha.
Ella resistía, o parecía resistir: por fin tomó una decisión. No podía seguir en la oficina, pelando con su jefe y soportando las historias acerca de sus conquistas: pediría permiso para ausentarse del trabajo unos seis meses. Con una licencia podría irse un tiempo con su hermano al extranjero o bien vivir una temporada en provincia.
La lejanía de Javier le serviría para aclarar su mente, consultar su corazón y tener otras perspectivas en su vida: sí, definitivamente no podía estar a disposición de cada hombre que conociera, sirviéndole sólo a sus planes y no a los de ella.

Estaba consciente que si aceptaba a un hombre casado estaba condenada a ser la segunda para siempre, y si que, como deseaba el otro, tenía sexo sin compromiso, acabaría siendo más que una puta como a los hombres les encanta catalogar, una tremenda tonta, que no se valoraba a sí misma ni como persona, ni como mujer, ni como profesionista, cayendo un grado por debajo de las prostitutas ya que ellas si quiera lo hacían por dinero y a ella no tan sólo no le pagaban sino también le exigían compartir gastos o de plano pagarlo todo, sin darle un lugar de esposa, ni de novia, ni de amiga, tampoco de amante porque sufría de maltrato psicológico y presión…¿ En verdad? ¿ Entonces de qué? Creo que lo moderno es llamarlas compañera sentimental, un título demasiado conveniente para una sola de las partes y francamente desigual, que rompe con el concepto de “pareja” y pone al respeto en el último lugar.

……………….. Caty salió por última ocasión con Luis Alberto a fines de noviembre. Había llegado diciembre y se sentía muy sola y triste, por lo que pensó en organizar una posada. Si la noche mexicana había sido todo un éxito, una nueva fiesta no parecía mala idea y se trató de poner en contacto con su amiga María.

Esta, apenas si le hablaba, ya que desde esa noche en la que precisamente ella no había sido el centro de atención como antaño, se había disgustado tanto que optó por alejarse del grupo, sobre todo cuando pensó que Caty había logrado “enganchar” a Luis Alberto. Prácticamente se moría de envidia y pensaba que todo el esfuerzo que había invertido en la reunión se había ido por la borda sin resultado alguno.

Por eso, cuando la chica le llamó por teléfono, se negó a contestar la llamada, dándole instrucciones a sus padres que no le pasaran a Caty, y además dijeran que se había ido a provincia a pasar todas las vacaciones de diciembre para evitar que ella volviera a molestar.

Caty recibió el recado y no sospechó nada: María le había platicado de una hermana que radicaba en Michoacán y pensó lógicamente que era con ella que debía estar en esos momentos. Se propuso igualmente llevar a cabo la fiesta y llamó por teléfono a algunos compañeros y a otros les dejó la invitación verbal: la mayoría se mostraban muy esquivos y la muchacha no sabía lo que sucedía.

Finalmente llegó la fecha de la posada, que era también un sábado por la noche, pero al contrario de lo sucedido en septiembre, no acudieron sus compañeros: solamente llegaron dos amigas, una de ellas buscando encontrarse con Carlos, quien aseguró venir desde Sinaloa, y la otra, llevando a sus sobrinos y a su pequeño hijo, con dos hermosas piñatas para la ocasión.

Caty se sintió nuevamente muy deprimida con esta situación y no entendía por qué la habían dejado plantada con el pastel, gelatina, dulces y demás guisados que había preparado. Pasó una semana y Liza, quien era un poco lengua floja, le confirmó sus sospechas: María no estaba en Morelia, sino que andaba por ahí desprestigiándola, contándole a todos que sus verdaderas intenciones no eran precisamente la de reunir al grupo y agasajarlos, sino que era pescar un marido a como de lugar: habría que tener cuidado con mujeres lagartonas como ella, quien aprendía a cocinar nada más para engatuzar muchachos. También anduvo contando, a todo aquél que quisiera escuchar, que había ido a visitar a Carlos a Sinaloa y se le había ofrecido sexualmente, pero que él la había rechazado y por esa vergüenza él ya no pudo viajar a México.

Por si esto fuera poco, la había tachado de mala amiga, mentirosa, intrigante y…había la fuerte sospecha de que era lesbiana y por eso no se había casado aún: a María no le constaba, pero en ocasiones pareció insinuársele, por tal motivo ella había rehuido su amistad y ya tenía rato de no hablarle, agregando para cerrar con broche de oro, que le daba mucho gusto que nadie hubiera acudido a su fiestecita, ya que además de todo, Caty se hacía la santurrona y ya había advertido que a nadie iba a dejar beber alcohol como la vez pasada porque no soportaba a los borrachos, siendo que Mary en varias ocasiones la había visto hasta atrás.

Después de escuchar toda esta letanía, la chica se enojó muchísimo, tanto, que pensó no volverle a hablar ni a María ni a Liza: ambas se habían comportado como todo menos como amigas y no le convenía seguir frecuentando gente tan mentirosa.

……………… El resto de diciembre la muchacha recibió dos correos electrónicos: uno era de Carlos, el de Sinaloa, que no quitaba el dedo del renglón y le mandaba decir que era probable viajara a México. El otro, de un escritor amigo suyo, le decía abiertamente que la invitaba a “celebrar” juntos las fechas festivas de la época.
Se detuvo a pensar qué les diría a estos dos inesperados galanes virtuales. Al primero le contestó que le daba mucho gusto que él hiciera un viaje tan largo para ver a los amigos, y le dijo que en caso de venir, le llamara por teléfono…
Al otro le escribió que le gustaría verlo, pero en un desayuno en la compañía donde ella trabajaba, que el bufete era de noventa pesos y que él pagara su consumo…
Con estas dos respuestas medio evasivas consiguió lo que buscaba: que la dejaran de asediar hombres poco serios, sin ninguna otra intención que la supuesta pasársela bien, sin ni siquiera consultarle sí a ella también le parecía esto una diversión.

………………….. A pesar de que Caty estaba casi paranoica y deseaba salir de la ciudad y de su trabajo lo antes posible para alejarse de problemas y preocupaciones, no pudo conseguir que le dieran el permiso ya que en la oficina alegaban estar saturados de trabajo los primeros meses del año con las recaudaciones de impuestos y las declaraciones de personas morales. Por fin, le autorizaron su licencia de seis meses a partir de mayo.

Sin perder más tiempo, se puso de acuerdo con su hermano Juan Carlos para pasar un tiempo en Chicago. El ya no vivía ahí pero tenía muchos amigos, quienes gustosos se ofrecieron para el hospedaje y demás menesteres de anfitriones que en estos casos se convertían en una delicia, sobre todo si se trataba de atender a una joven chica morena, como las que no abundan en el norte de América y era la novedad para cuanto ojo masculino se tropezara con ella.
El viaje fue fechado para el primero del mes de mayo, festivo en la ciudad de México, por lo que no tuvieron dificultades para llegar al Aeropuerto la chica acompañada de su madre. La señora se había animado a ir en último momento, además que tenía muchas ganas de ver nuevamente a su hijo, sobre todo después de esa angustiosa guerra, durante la cual apenas si tenían noticias de él y todos los días esperaban lo peor.
Pero esto parecía haber quedado atrás y un periodo de alegría se aproximaba tanto para ella como para Caty, y no estaban equivocadas.
Con excepción de un pequeño retraso sufrido en el Aeropuerto de Houston, debido a una policía pocha quien al ver a la muchacha se llenó de celos y les pidió sus papeles supuestamente para verificar que estuvieran en orden. Les tardó mucho y también esculcó sus maletas, desacomodando la escasa ropa que llevaban. No contenta con todo esto, les estuvo interrogando sobre los motivos del viaje y de la visita y por último preguntó que si Caty era casada.

Cuando ella le dijo que no, eso pareció alegrarle y le siguió haciendo preguntas ¿ acaso iba a conseguir marido en Chicago, con quién se iba a encontrar ahí?
La muchacha ya se estaba enfadando pero guardó la calma: se daba perfecta cuenta de que no podía ponerse al brinco con una tipa como esa.
Le contestó que no se iba a ver con ningún hombre sino con su hermano, quien era jubilado del Army. Al decir esto, ya cambió la cosa, le preguntó que si ella tenía algunos estudios y al decirle que era profesionista, la policía echó una fuerte carcajada y les dijo que se apresuraran si no querían perder el vuelo de transbordo en la terminal correspondiente.
Caty se dio cuenta de que las había entretenido nada más para molestarlas, y agarrando las maletas echó a correr casi llevando a rastras a su mamá, quien ya estaba muy cansada y con los pies hinchados por tantas horas de traslados.

Al llegar al Aeropuerto O’ Hara de Chicago las estaba esperando no Juan Carlos, sino Bruno, un chico guapísimo quien hablaba perfectamente el español.
Caty era tan despistada que no entendía cómo un gringo pudiera hablar tan bien su idioma, pero no preguntó nada. Él les explicó que Carlos, como todos lo llamaban, se les reuniría en unos momentos: la joven, quien también era muy sensible, se sintió mal por no ver caras conocidas y al ser ya de noche, no dejo de sentirse algo incómoda. De repente alguien le tapó los ojos con las manos y le hizo la consabida pregunta: ¿adivina quién soy? Caty saltó de alegría al reconocer las manos y la voz disfrazada de su hermano. Gritó del gusto y se dio la vuelta para abrazarlo.

La escena conmovió a todos los presentes: el apuesto militar besando y abrazando a su madre y a su hermana, con unas discretas lágrimas que mostraban su emoción.
Caty también lloraba, por lo que apenas pudo ver al otro amigo de su hermano, quien era un joven filipino que no sabía hablar muy bien el español, pero sin embargo la saludó muy contento.
Los cuatro juntos se fueron de la sala de llegadas del Aeropuerto hacia el estacionamiento: resta decir que todos se comportaron como verdaderos caballeros desde el principio. No dejaron que la mamá de Carlos ni su hermana cargaran maletas. Las llevaron por las amplias calles de los circuitos hasta la ciudad. Ellos vivían en el Norte, en una calle llamada Magnolias y ahí, otro amigo mexicano de Carlos, les había prestado un departamento para que pudieran hospedarse por el resto de la semana.
Aquello parecía un sueño: la muchacha, muy alegre, hacía preguntas sobre las estaciones de radio, de qué tipo de música acostumbraban escuchar allá y por las casas, edificios y lugares que pasaban ante sus ojos.

Todos sus sentidos se sentían colmados y la emoción de la noche parecía comenzar: llegaron a la casa en cuestión a eso de las nueve de la noche y ya no era hora de cenar. Sin embargo, Ricardo, el amigo filipino de Carlos, les preparó unas bebidas de bienvenida y les tomó muchas fotografías: Caty y Carlos sentados en la sala y haciendo gestos. Luego, Caty, Carlos, la mamá de ambos y Bruno, parados en la puerta junto al trofeo de caza de un Alce. También posaron Carlos en medio con las dos mujeres a su lado, y luego Ricardo con las invitadas. Siguieron todas las combinaciones y poses posibles hasta terminarse el rollo, momento en que se dieron las buenas noches y todos se retiraron a descansar.

El siguiente día era domingo y dejaron dormir a las recién llegadas hasta ya entrada la mañana. Chicago era una ciudad muy tranquila, sin tanto ruido, que estaba muy lejos de parecerse al contaminado Distrito Federal.
Las horas de sueño caían sobre la mente de Caty, quien al despertarse se sintió como si hubiesen pasado siglos desde que saliera de México.
La mañana se teñía de bruma y el fresco del jardín le llegaba por la ventana abierta hasta su cama. Era como estar en otro mundo sin problemas, sin ruidos, sin presiones, y no acababa de sentir ese cambio tan maravilloso, cuando tocaron a la puerta.

Era su hermano, quien se había levantado temprano para prepararles el desayuno. Huevos revueltos con chorizo, platillo muy mexicano y que él sabía les agradarían probar. Tortillas, café y pan dulce, todo acomodado en una amplia charola que llevó hasta la cama de las viajeras.

Les preguntó si deseaban jugo y Caty respondió que sí. Estaba fascinada con lo que veía; nunca nadie la había consentido tanto. Se sentía como una reina y se apresuró a comer ya que tenía apetito.
Después se bajó de la cama y se metió a la ducha. Su hermano las apresuraba porque era día de ir a pasear y no deseaba que se les hiciera tarde: al salir del baño le sorprendió ver la mesa del comedor con una frutero lleno de la mejor fruta y dos cajas de lata de galletas. Eran obsequios del dueño de la casa, quien todavía no hacía su aparición.
Pensaron en subir a los pisos de arriba para darle las gracias al dueño y amigo de Carlos: era un Señor que trabajaba en un Hospital como enfermero. Era soltero y vivía ahí con Bruno, quien era su medio hermano.
Por fin se presentaron: se llamaba Jaime y tenía el pelo oscuro. Dijo ser del puerto de Veracruz y se emocionó mucho al recibir algunos regalos que llevaba Caty y su madre para él, aún sin conocerlo.
Ellas también le agradecieron la fruta y las galletas y se dedicaron a recorrer la inmensa casa, la cual contaba hasta con un invernadero y un cuarto especial para fotos y recuerdos. Era como un museo, lleno de cristales, artesanías, alfombras, gobelinos y un piano de cola en la sala principal.
La muchacha estaba fascinada, creía que vivía un cuento de hadas hecho realidad y que por fin se le había cumplido su deseo de conocer de cerca un verdadero castillo.

………………….. Llegando la hora del Almuerzo fueron todos juntos a un lugar conocido como “La Casa Internacional del Pancake”: Estaba a reventar y Jaime, quien conocía al jefe de meseros, le hizo señas y le dio una propina para que los pasaran más aprisa. Ante la mirada atónita de todos los que estaban esperando, Caty y su familia además de sus amigos, ocupaban dos mesas y ordenaron hotcakes con tocino, la especialidad de la casa.
Después fueron a misa en Santa Ita, Iglesia construida en honor a la santa irlandesa y la oficiaron en idioma español, por lo que las visitantes estaban encantadas con la sorpresa. A la salida del templo nuevamente se tomaron unas fotografías, y por la tarde, las llevaron al Templo Bahai, que es un lugar donde se puede orar independientemente de la religión que se profese. No hay imágenes, tiene forma circular y existen algunas bancas para que los visitantes se puedan detener a meditar.

Un par de horas más tarde, se encontraban camino al Lago Michigan: La enorme ciudad de Chicago es una ciudad que nos es ciudad pero que tampoco es campo; está llena de flores y de árboles. Las casas, dispuestas en hileras ordenadas, una tras otra recorrían la vista asombrada de las extranjeras.
En el embarcadero volvieron a sacar la cámara, sólo que hacía tanto viento que el cabello se le despeinaba a la chica. Decidió ponerse un sombrero y Ricardo, el amigo de su hermano, le trajo amablemente un abrigo: este detalle le gustó mucho a Caty, quien se sentía halagada porque veía que todos intentaban complacerla.
Y como en el primer mundo una parte de las diversiones es ir de compras, pues las llevaron ya casi de noche a un centro comercial llamado THE BEST PRICE, en donde todo es más barato: aquí, Ricardo y Bruno estaban muy contentos de comprar ofertas y Caty y su mamá no tuvieron más remedio que imitarlos.
Juan Carlos sólo los observaba y se moría de la risa: decía que para Ricardo comprar era una terapia ya que tenía múltiples problemas personales. Divorciado y viviendo solo con una perrita, entre sus escasas alegrías se encontraban la de ir de compras, juntar obsequios, ordenarlos en cajas y enviarlos por correo a sus amistades.
Al llegar al departamento, Ricardo les pregunto a las mujeres si deseaban cenar espagueti y ellas contestaron afirmativamente.
Cual no sería su asombro al comprobar que Ricardo, con delantal y gorro, entraba en la cocina y ponía la pasta en una cacerola con agua hirviendo. Por otro lado, sacó de la alacena un frasco de vidrio que tenía una salsa de carne especial y en veinte minutos estaba lista la comida.

Caty se sentía muy feliz y además sumamente consentida. Jamás había imaginado que los hombres pudieran cocinar tan rápido y tan bien una cena, la cual compartieron entre risas y anécdotas mexicanas.

…………………… El lunes 3 de mayo El Sr. Jaime les había dicho que no trabajaba y que tenía el día libre para llevarlas al museo. Ricardo estaría en su oficina y Bruno tenía que presentarse a trabajar también, por lo que nada más fueron Caty su mamá y su hermano con Jaime. Escogieron el museo de Ciencias de Chicago, que es uno de los más completos y enormes en el mundo sobre el tema.
Desayunaron ligero y se dirigieron al centro de la ciudad. Desde el primer momento Caty había quedado impresionada con la vista de los enormes edificios junto al Lago Michigan, las tiendas de lujo y los ejecutivos tomando el lunch a las 11:30. El museo estaba semi vacío ya que era un día entre semana, y eso sirvió para que pudieran disfrutar sus secciones más a gusto. Más tarde fueron a la mega pantalla, donde se exhibía un documental de las guerras recientes acaecidas en Europa. Estas historias afectaron a la chica, pero no parecían hacerle mella alguna a su hermano, quien afirmaba una y otra vez, que todas las películas del mundo no se acercaban a la terrible realidad de vivir una guerra.
Almorzaron en el barrio mexicano. Su hermano conocía la taquería Atotonilco , donde degustaron exquisitos tacos gigantes de lengua y de barbacoa.
Mientras comían, se vino un aguacero espantoso: el Sr. Jaime les explicó que eso era usual en Chicago. Los cambios de clima eran muy frecuentes, y en ocasiones llegaban a tener hasta cuatro climas distintos en un solo día.
Posteriormente fueron a un Mac Donalds clásico, muy conocido por tener en su interior autos deportivos de los años sesenta y estatuas de los beatles. También había sinfonolas y juegos de mesa. Compraron helados y volvieron a tomarse fotografías.
Al llegar a la casa ubicada en la calle de Magnolias, la chica sólo pensaba en acostarse y descansar, pero no contaba con que en Estados Unidos se acostumbra cenar y era un buen pretexto llevarlas a un lugar elegante y caro.
Ricardo había hablado por teléfono con Jaime y lo había convencido de ir a un exclusivo restaurante de comida china, donde disfrutaron de una inolvidable velada, probando la exótica y muy variada comida típica.
Muy rápidamente Caty y su mamá se adaptaban a las costumbres norteamericanas: desayuno frugal, almuerzo de pizza o de hamburguesas y cena a lo grande.
Ese día martes no fue a verlas Ricardo, quien tenía asuntos pendientes en la oficina. Bruno también se había ido muy temprano, por lo que todos se reunieron nuevamente en el departamento hasta la noche. Juan Carlos había ido al super y trajo lo necesario para preparar carne molida. Caty y su mamá la cocinaron y les dieron de cenar a todos unos deliciosos tacos de carne con picante. Bruno estaba encantado: les dijo que estaba muy contento de estar ahí con Carlos, quien era su amigo y la familia de Carlos. Platicó de cómo se había salido de su natal Veracruz hacía ya muchos años, y que no había tenido oportunidad de regresar a visitar a su gente.

Lo que más le llamaba la atención al chico era el amor que se profesaban Caty, su hermano y la madre de ambos. Les dijo que se notaba a leguas que eran una verdadera familia, unida y que se profesaban cariño entre sí.
Al día siguiente era miércoles. Jaime mandó decir con Bruno que no desayunaran mucho, ya que las invitaba a almorzar en un lugar muy curioso llamado Gulliver’s, que era famoso por sus exquisitas pizzas y bebidas, así que por la mañana se dedicaron a las compras y acudieron puntualmente al lugar para el encuentro.
La cita era a la una. El Gulliver’s era un restaurante lleno de antigüedades construido en fina madera. Estaba completamente atiborrado de objetos que iban desde las paredes hasta el techo: no faltaban los cuadros, los posters antiguos y objetos varios que parecían reliquias sacadas de iglesias de tan viejos.
Fotografías en blanco y negro, y en la mesa donde se sentaron, un búho armado con la técnica de vitrales. Llegó el Sr. Jaime acompañado de Ricardo y ordenaron PAN PIZZA que era la especialidad de la casa.
Ricardo empezó a contar de vampiros, para amenizar la comida, y con su medio español dio a entender que Caty era una “vampiresa” ya que se parecía mucho a una de ellas: eran mujeres de ojos oscuros y cabello largo y negro.
La muchacha se ruborizó y Ricardo sonrió: había conseguido su objetivo que era el de llamar la atención de la chica y se sintió satisfecho, no así Jaime, quien argumentó conocer desde hacía más de diez años a Ricardo y jamás le había escuchado tales historias.

El hermano de Caty rió también y dijo que él, en cambio, era la vez número 501 que se la escuchaba. A esto les estaban sirviendo ya el postre y más adelante unas deliciosas bebidas preparadas con ron y refresco de cola y otras de vodka y refresco de naranja. Al finalizar se levantaron, no sin antes dejar una sustanciosa propina por parte del Sr. Jaime, quien evidentemente quería impresionar a las damas, para después pedirles que se tomaran unas fotos para el álbum del recuerdo.

Quedaron entonces de ir al departamento y Ricardo se les adelantó: al llegar a casa del Sr. Jaime, éste se despidió de las visitas y se retiró a su trabajo, ya que ese día entraba a laborar en el turno de la tarde. Caty se preocupó porque no veía a Ricardo por ningún lado, y cuando pensó que este se había ido sin despedirse, apareció riéndose con unas paletas heladas en la mano.

Dijo que había corrido para comprarlas y luego había ido a su casa por una chamarra. Juan Carlos le reprendió y le dijo que no necesitaba de esa prenda para el frío, ya que él ya no estaba invitado a seguir paseando con él y su familia.
Ricardo hizo como que no le escuchaba y preparó la cámara para seguir tomando fotos en la próxima salida. La chica se cambió de ropa, como toda mujer emocionada ante las diversiones una tras de otra que se daban, y se puso una sudadera que le habían regalado el día anterior: era blanca y tenía un estampado en el frente con una reproducción de un famoso cuadro de Joan Miró, el pintor español muy admirado en los Estados Unidos. Fueron directo al centro de la ciudad, y después de un rato por no encontrar lugar donde estacionarse, decidieron dejar el auto en un estacionamiento de paga; Caty se sorprendió por lo caro que cobraban el servicio. El equivalente a lo que en México se pagaba en pesos, aquí se tenía que dar en dólares.

Se encaminaron por las calles a la orilla del embarcadero hacia la torre de Sears y subieron hasta el piso más alto, donde se pueden realizar fotografías panorámicas de los cuatro puntos cardinales de la ciudad.
La chica estaba feliz de disparar el botón para recoger las impresiones de la ciudad de los vientos y al terminar esta sesión, bajaron al vestíbulo para adquirir algunas postales y otros recuerdos.
En la noche regresaron al departamento y les tocó a ellas preparar la cena: se quisieron lucir con unos chilaquiles, pero no contaban con que las tortillas no eran iguales y que se batirían, presentando esta vergüenza junto a una porción de carne asada.

El jueves 6 de mayo desayunaron donas y café negro, a la usanza gringa, y más tarde llegó Ricardo con unos panes árabes. A las invitadas les parecían maravillosos todos los detalles que tenía el amigo de Juan Carlos para con ellas, no así al propio Carlos, quien como todo buen hombre mexicano, ya se empezaba a poner celoso de las demasiadas atenciones a su familia.

Comentó que ya no era hora de comerse esos pastelillos por lo que los tuvieron que guardar, no sin antes agradecérselos.
Por la mañana fueron al seguro social para hacer unos trámites pendientes que tenía Carlos con su tarjeta, y después almorzaron en una taquería en el barrio mexicano llamada La Michoacana. Por la tarde fueron nuevamente al centro y luego al cine.
Para la cena, el hermano de Caty había encargado por teléfono pollo, ensalada y pan con chocolate. Ricardo y Bruno se les reunieron más noche, trayendo una gelatina con helado que sabía riquísima.
La chica estaba sorprendida de la abundancia de comida y de lo mucho que acostumbraban cenar: por algo Estados Unidos era llamado “El primer mundo de los primeros”.

………………. El penúltimo día de vacaciones fueron a comprar el desayuno a pocas cuadras de donde estaban hospedadas. Se les hizo fácil caminar y al salir de la tienda de autoservicio, Caty y su mamá se adelantaron ya que Carlos se quedó comprando un par de artículos más. Ya casi para llegar a la esquina, las mujeres se detuvieron para esperar al joven y no se habían percatado que un hombre las había seguido.

Se trataba de un enorme ejemplar del sexo masculino. De piel negra y casi dos metros de altura, fornido, vestía como pordiosero pero estaba lejos de serlo realmente por su aspecto saludable.
Miró fijamente a la muchacha y ya la iba a abordar cuando llegó Carlos y se las llevó a toda prisa de ahí. La chica preguntó asustada qué sucedía y él le dijo que ese negro podría ser muy peligroso, que quizá no tuviera buenas intenciones al acercárseles y ver que se encontraban solas.
Caty se repuso del susto y se dio cuenta de que ella y su mamá habían estado en peligro por haberse alejado de su hermano.

Ese día habían sido invitadas por Ricardo para ir a almorzar a un conocido restaurante Country de comida bufete, así que el amigo de Carlos fue a recogerlas y más tarde se les reunieron Bruno y Jaime, quienes también deseaban participar de los festejos.
Por la noche todos estaban un poco triste, las vacaciones llegaban a su termino y nadie deseaba reconocer que extrañarían mucho aquella semana de diversiones en la capital de Illinois.

……………. El sábado por la mañana salieron muy temprano a tomarse la última sesión de fotografía a la orilla del Lago Michigan. Las flores de la primavera bordaban de colores los verdes prados, y el viento matutino silbaba levantando los negros cabellos de la joven. Poco después se dirigían a toda prisa al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a casa. Fue duro separarse de su hermano y de los amigos nuevos que acababa de hacer. Todo parecía haber sido un sueño: los besos, confundidos con las lágrimas, se resbalaban en un adiós que separaba la distancia del tiempo venidero a transcurrir para poder verse de nuevo.
Horas más tarde, ya en el avión, la imagen de Carlos con su gallardo uniforme de militar, consolaba el alma entristecida de la chica, quien volaba para encontrarse con la cotidiana realidad.

……………….

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ...
NO SE LA PIERDA EN EL NÚMERO DE ABRIL DE 2003.
BERTHA SANCHEZ DE LA CADENA D.R.2003.

Texto tomado de la NOVELA INEDITA EL BURÓCRATA,
SEP-INDAUTOR 03-2002-06191382300-01.

 

 

 



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