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CAPITULO SIETE

Mientras tanto, Javier preparaba su obra de teatro la cual estaba basada en un poema de fantasmas, por lo que se le ocurrió ponerla en escena para el 2 de noviembre fecha en la que en México se acostumbra celebrar a los muertos.
Se le hizo de lo más adecuado, además, el texto era excelente y estaba lleno de poesía; lo había escrito uno de sus más queridos amigos, poeta también como él, solo que naturalmente desempleado y con menos oportunidades.
Le dio la buena noticia y comenzaron los ensayos: éstos, sin mucha diferencia a los que ya estaban acostumbrados, se caracterizaban por la falta de seriedad de las actrices y la desigual disponibilidad de tiempo para acudir a los mismos.
Mientras el pianista podía los sábados por las tardes, el guitarrista y el bajo los viernes: las actrices podían de diez a dos los sábados por la mañana y la amiga de Javier que prestaba la casa sólo podía los domingos, ya que el resto de la semana trabajaba.
Total, que muy pocas veces lograron reunirse todos para practicar tanto los diálogos como los movimientos, porque para esto, no se necesitaba de escenario alguno: había sido una condición primordial de la compañía desde su fundación, el tratar de utilizar escenarios naturales y realizar los menos gastos posibles en la obra, ya que se contaba con muy poco presupuesto y a falta de este, pues debía suplirse con imaginación.
Una manta pintada de negro con espacios estrellados para simbolizar lo nocturno; unas bancas para tomar un descanso mientras la otra ánima hablaba y un piso liso, donde los actores pudieran deslizarse a uno y otro lado del escenario para dar vida al drama.
El humo del cigarro sin parar en todas las bocas, se confundía con los versos oscuros del recital: una desesperanza y movimientos contorneados, daban el toque final a la representación.

El día del estreno, y lamentablemente único de la temporada, habían logrado invitar a cerca de diez personas: rezaban en secreto para que llegaran más, y era en secreto ya que se proclamaban ante los otros como ateos, pero en el fondo sus raíces los traicionaban, haciéndolos que desearan encomendarse a cualquier santo para efectos del milagro.
Pero apenas si llegaron cinco personas más: esa noche todo estaba frío, tanto los ánimos como el firmamento, y se inició la escena la cual no debía durar más de veinte minutos, supuestamente con objeto de no aburrir a los presentes, pero no alcanzó ni los quince ; los textos no fueron repartidos a tiempo y los asistentes no entendieron el diálogo, ya que era un poco complicado. En fin, que terminó rápido aquello, sin pena, sin gloria y que, ni siquiera nadie se atreviera a considerarlo como fracaso.
Esa tarde Caty también había sido invitada al gran estreno: sospechando que Javier le haría una grosería como la de presentarle a alguna nueva conquista, no quiso ir sola, por lo que invitó a un amigo, quien había sido su compañero en la secundaria.
Su amigo se burló de la puesta en escena y dijo claramente que a él no le había gustado la obra: Caty disimuló algo y fue a felicitar a sus compañeros del trabajo.
Javier aprovechó para presentarle a su nueva amante, a quien él llamaba su “nena” no dándole ni siquiera categoría de novia, mucho menos de amante oficial o prospecta sustituta de su mujer. Ni de broma era considerada como una futura esposa, ya que estaba de “paso”; esto lo entendían todos, menos la chica, quien era más o menos de la edad de Caty, solo que menos bonita.
Muy delgada, extremadamente hasta los huesos, con flequillo y pelo corto pintado de rubio siendo morena y muy baja de estatura; parecería ser lo primero que se encontró Javier un día que salió a caminar por la calle, pero no. Supuestamente se trataba de una gran actriz, egresada de la carrera de la UNAM de Teatro y Literatura Dramática, quien además poseía gran sensibilidad y ya estaba escribiendo poesía, gracias a las lecciones nocturnas y debajo de las sábanas que le daba Javier.
Sin duda la chica se convertiría, con el paso del tiempo, en un gran poeta también: por lo que se observaban muy contentos de estar juntos y ya se veía que tenían relación para rato. Juntos se fueron a atender el puesto de veladoras y alebrijes para recolectar fondos. Caty se molestó de la presencia de esta mujer, pero no dijo nada; en el fondo se alegraba mucho de no haber cedido a las insinuaciones de Javier.
Este, era capaz de tenerla a ella como el supuesto amor de su vida, encerrada en casa, mientras él se seguía entreteniendo con cuanta falda se encontrara en la gran ciudad.

…………………………..
El amigo de Caty se llamaba Luis Alberto, tenía 28 años y era divorciado dos veces. Trabajaba como fabricante menor de joyas y tenía un local en los portales del centro de la ciudad; recientemente se habían vuelto a encontrar en una reunión organizada por la misma Caty y una de sus amigas, cuyo pretexto fue celebrar una noche mexicana.
María, que así se llamaba la ex compañera de grupo de la secundaria, se había puesto en contacto con la chica para tratar de juntar nuevamente a todos en una fiesta. Caty ofreció su casa y entre ella y María diseñaron las invitaciones, las cuales las fueron a dejar, una por una, en manos ya fuera de sus compañeros, o bien a sus padres o parientes más cercanos, en fin, que lograron localizar a los 58 ex integrantes del tercero grupo A, con las excepciones de una chica que vivía actualmente en Colombia y otras dos en provincia. También se enteraron que otros andaban en viajes de negocios y otro más radicaba en Sinaloa y trabajaba para una compañía telefónica. De todas formas les dejaron el recado y esperaron confirmaran su asistencia.
El primero en comunicarse vía E- mail fue Cesar, quien trabajaba como piloto en una reconocida aerolínea mexicana. Dijo que ese día tendría vuelo, pero que él haría lo posible para pasarse del aeropuerto a la casa de Caty.
Estaba muy contento de que lo hubieran localizado y adelantó estar recién casado y tener una bebé de pocos meses. Esta noticia entristeció un poco a las chicas, quienes lo recordaban como el más atractivo del grupo y tuvieron que resignarse con uno menos en la lista de prospectos.

Luego se comunicó Carlos, quien radicaba en Sinaloa y era gerente de una importante compañía de telecomunicaciones de la competencia nacional. Saludó a Caty y le preguntó si todavía era soltera; ella le dijo que sí. Él se alegró mucho y prometió hacer todo lo posible para asistir a la reunión, ya que tenía muchas ganas de ver nuevamente a los del grupo.
Y así siguió sonando el teléfono de la muchacha, quien corría siempre a contestar pues sabía que era para ella en la mayoría de los casos: algunos hablaban para pedir señas de cómo llegar a la dirección de la fiesta y otros para disculparse porque francamente no iban a poder asistir, pero enviaban muchos saludos.
En fin, que todo parecía pintar para una inolvidable noche de septiembre.
………………..
El sábado 9 de septiembre por la mañana Caty se la pasó limpiando la casa: desde barrer, sacudir, trapear, lavar el patio, regar las plantas, bañar al perro…en fin, cuestiones domésticas, como suelen decir, que le llevaron prácticamente todo el día, hasta las dos de la tarde, hora en la que inició a cocinar: pensaba en un menú típicamente mexicano, presentando varios guisados en cazuelas y adornando las mesas con sarapes y servilletas tricolor.

La cena sería a escoger entre tacos o tostadas de tinga, mole poblano, rajas de chile ancho, queso fundido con chorizo, papas con chorizo y chicharrón en salsa verde. Las bebidas serían agua de jamaica y horchata para empezar, brandy, refresco de cola y café negro. También preparó las botanas y colocó unos globos en las puertas que daban al patio, a donde sacó los sillones de su sala y acomodó algunas sillas alquiladas.
Los invitados llegarían a partir de las ocho de la noche y apenas a eso de las siete y media había terminado con los detalles, por lo que corrió a bañarse. Dentro de la ducha alcanzó a escuchar a Liza, una de sus amigas que llegaba puntualmente a barrer, como se dice cuando a alguien se le hace “ temprano”.
Salió inmediatamente, se puso un vestido de raso y terciopelo negro que le quedaba muy bien, ya que ella misma se lo había confeccionado. La altura de la bastilla era un poco más arriba de la rodilla y no tenía mangas.
Se puso un poco de perfume, se peinó rápidamente el cabello hacia atrás y se pintó los labios: bajó las escaleras y ya la estaban esperando en el patio Liza y Miguel, quien llegó con una botella de alcohol y parecía que comenzaba la fiesta…

……………..
En total fueron cerca de treinta asistentes a la reunión, sin contar a las respectivas esposas o novias de algunos compañeros.
Todas las mujeres, aún las casadas, fueron en plan de solteras y otras más llevaban a sus niños.
La noche mexicana estuvo salpicada por notas de mariachis, bromas y recuerdos de adolescencia. La envolvió la charla amena de viejos amigos que se vuelven a encontrar y cuentan sobre sus experiencias; rodeados por el vino y saboreando lo picante de la comida, eso se alargó hasta las doce de la noche y cuando todos pensaron que se acababa la fiesta, llegó Cesar el piloto y todos permanecieron muy contentos hasta las tres del siguiente día domingo.
Entre los invitados estaba Luis Alberto. Desde que vio a Caty la fue a saludar, pero luego fingió un poco de indiferencia y se reunió con otras chicas. A pesar de esto, era evidente que no deseaba se le pasara la oportunidad de quedarse a solas con la muchacha, y finalmente lo consiguió cuando ya se iba el último invitado.
Hablaron de muchas cosas, pero sobre todo Alberto dio sus cartas de presentación: se había casado a los 18 años, poco después de haber salido de la secundaria, pero aquello no funcionó: su ex esposa, era la hermana menor de una de sus compañeras del grupo quienes acostumbraban celebrar fiestas hasta que lograron casarlos.
Tuvieron inmediatamente una niña, o más bien ya venía en camino y por eso apresuraron las cosas. El se divorció a los dos años y se fue a vivir a los Estados Unidos, en donde probó fortuna, pero no logrando algo serio, regresó a México y le pidió trabajo a uno de sus Tíos, quien tenía una joyería de manufactura en el centro de la ciudad: ahí conoció a su segunda mujer, una sobrina de su tío y por lo tanto prima suya en segundo grado. Ni siquiera sabía por qué se había casado con ella si ni era bonita. Le llevaba cuatro años de edad y era talla 36 desde soltera. Él pensó que sería conveniente asentar cabeza y contrajo matrimonio por la misma razón: parece ser que ya venía en camino su segunda hija.
A pesar de todo este matrimonio tampoco funcionó, ya que la mujer era demasiado posesiva, y no era tanto que Luis Alberto fuera un adonis o algo parecido, más bien la señora era paranoica y en cada mujer que veía acercársele veía a una rival.
Eso explicaba, en parte, porque Luis Alberto estaba tan pagado de sí mismo: iba al gimnasio y era vegetariano: no tomaba alcohol y no fumaba. Se había independizado y había trasladado sus enseres a un pequeño local también situado en el centro, sólo que a la altura de los portales de Santo Domingo. Por más que su vieja le había rogado, termino por dejarla, pero eso sí, el papeleo podía esperar. Por eso es que ya se proclamaba soltero y dos veces divorciado, para aquellas que pudieran estar interesadas en compartir su solitaria vida, la cual ya se le hacía tediosa por no saber con quién disfrutar los montones de dinero que ganaba.
Le dio su teléfono beeper a la muchacha y le dijo que le llamara para ponerse de acuerdo y poder ir a tomar juntos un café.
A Caty se le salía el corazón del pecho del gusto que sentía: por fin iba a salir con un hombre “libre” y así le dejarían de asediar los casados.
Una semana después había un concierto popular. A Caty se le ocurrió invitar a Alberto y él aceptó con mucho entusiasmo: intercambiaron fotos y libros y se pasaron una tarde muy agradable. En octubre no tuvieron oportunidad de verse, ya que Caty no tenía ningún pretexto para hablarle y fue que llegó noviembre con la presentación de la obra de teatro de Javier, y pensó en invitarlo para no ir sola.
A Luis Alberto no le gustó la función y además criticó abiertamente a los actores: La chica decidió que era mejor retirarse, así Alberto vio la oportunidad de invitarla a cenar. Pero a leguas se veía que no estaba acostumbrado a pedirle a una mujer su compañía; como todas se le ofrecían o se hacían las encontradizas, pues a él ya no se le dificultaba seguir con lo demás, pero Caty parecía despistada, o a lo mejor era una estrategia para atraparlo. Pero de todas formas no sabía cómo enamorarla y mucho menos conocía lugares románticos, por lo que la llevó a un billar.
La chica nunca había estado en un lugar parecido: desde que entró sintió un escalofrío y el humo de los cigarrillos y las luces la marearon. Pidió sentarse y Alberto le trajo un refresco de cola: ella no tomaba eso pero lo apuró, con el fin de despejar un poco su cabeza. Él se sentó a su lado y le rozaba las piernas con sus pantalones: le presentó al dueño del lugar, quien parecía estar fascinado con Caty: a su establecimiento no iban mujeres tan arregladas y tan finas. Se le empezó a insinuar en un rato que Luis Alberto iba al baño. La muchacha sólo sonreía, pero ya tenía ganas de salir corriendo de ahí. Alberto le dijo que él era cliente habitual y pidió un sándwich para cenar. Al estar los tres en una mesa, se hizo un embarazoso silencio: El amigo de Luis Alberto no sabía cómo continuar la plática y se comía con los ojos a la chica.
Iban a ponerse a jugar billar, pero como Caty hizo una cara inevitable de disgusto, el dueño del local le aconsejó al joven se llevara de ahí a la muchacha. Ella se levantó para ir al baño: el tocador para damas era un reducido espacio en donde apenas cabrían dos tazas de excusados y un estrecho pasillo donde estaba un lavabo miniatura.
Caty entró a uno de ellos y cerró la puerta de madera. Escuchó cómo entraban dos adolescentes y se metían juntas al otro cubículo. Se oían sus risas y vio como se estaban acariciando; luego, salieron del baño y se inyectaron algo en las venas. Se besaron en la boca y se salieron. Fue todo tan rápido que Caty apenas lo creía.

Salió después de ellas y pudo observarlas; dos chicas altas, flacas, vestidas de negro y con marcadas ojeras en los ojos. Se sentaron en una mesa con otros dos que tampoco rebasaban los quince años y pidieron cerveza.
Era demasiado para una noche, por lo que la chica salió casi sin despedirse y la tuvo que seguir Alberto, quien la alcanzó en la puerta y le preguntó si pasaba algo: ella le dijo que no pero que le gustaría se diera prisa. Eran más de las nueve de la noche cuando llegaron al café de la S… el cual estaba a pocas cuadras del billar. Tomaron una mesa y pidieron dos capuchinos.
La cosa se estaba poniendo romántica. Sus caras se encontraban con más frecuencia y ahora no solamente se rozaban sus piernas sino también sus dedos. Luis Alberto se comportaba como todo un caballero; pagaba todo y hasta dejaba propina. Le tomó la mano a Caty y se la llevó a los labios. Le besó cada dedo, uno por uno, y al finalizar esto, colocó su mano de ella en su pene.
La chica se convirtió en mujer; una sacudida de deseo la estremeció y se le humedecieron las pantaletas. El se dio cuenta de su turbación y se le acercó lo suficiente para besarla, pero en esos momentos llegó la mesera, quien los interrumpió diciendo si les traía la cuenta pues iban a cerrar a las diez.
Alberto cogió el papel de mala gana y pagó y dejo una buena propina. Se levantó como si nada y le dijo a Caty que la invitaba a conocer su casa.
El pretexto fue enseñarle unas fotografías de una fiesta de María cuando todos estaban en la secundaria. Ella sintió mucha curiosidad pero le dijo que ya era tarde. Él prometió llevarla al metro o acompañarla para tomar un taxi.
Se veía tan sincero y además, la muchacha no tenía ganas de irse a su casa, así que aceptó: Alberto vivía en una cuarto hasta la azotea de un edificio de apartamentos, por lo que tuvieron que subir escaleras. Al llegar, cerró el cuarto y la invitó a sentarse en la cama, ya que no había silla ni sillones; ella prefirió estar de pie, y como las cosas no se daban solas, él se empezó a disgustar. Le dijo que si quería música o que apagaran las luces. Ella le contestó que no, sólo deseaba regresar pronto a su casa, ya que vivía muy lejos y ya eran más de las diez de la noche.
Él aceptó acompañarla a la calle. Bajaron nuevamente las escaleras, las cuales parecían interminables: Caty estaba con el corazón muy acelerado y temía por momentos que el otro no cumpliera su palabra de abrirle la puerta principal.

Sacó las llaves y la dejó pasar primero; ella se adelantaba hacia la esquina y él le tomó la mano. De repente, la empujó hacia un auto que estaba estacionado justo frente al edificio donde él vivía, y la comenzó a besar en la boca.
Esa suave sensación de unos labios masculinos sobre los de ella le agradó tanto que no opuso resistencia para lo que seguía: se veía que el hombre era todo un experto en el arte de la seducción, pues sabía dónde y cómo meter la mano y cuando enredar su lengua con la de ella.
Le besó el cuello apasionadamente y metió su mano bajo su blusa. Le acarició los senos y después la deslizó adentró de su pantalón, acariciándole las nalgas. Inició entonces un frote intenso de su pene sobre la vagina de ella y le pidió que se quedara a dormir con él. Ella se rió y le preguntó que sí así era de atrevido con todas las chicas; él no contestó y la siguió manoseando pero ahora con más intensidad y fuerza.
Le estuvo insistiendo se regresaran al departamento, o cuarto como era en realidad, pero ella trató de safarse suavemente y le dijo que parara un taxi.
Él se detuvo entonces y preguntó cuál era el problema: ella no dijo nada y él continuó indagando ¿ acaso ella no se cuidaba? Fue que Caty le dijo que se cuidaba de tipos como él, ya que sabía que hacía referencia al control de la natalidad.
El se dio por vencido y muy disgustado paró un taxi. Ella se subió rápidamente y casi sin despedirse se alejó de ahí.

…………………..
ESTA HISTORIA CONTINUARÁ...
NO SE LA PIERDA EN EL NÚMERO DE MARZO DE 2003.
BERTHA SANCHEZ DE LA CADENA D.R.2003.

Texto tomado de la NOVELA INEDITA EL BURÓCRATA,
SEP-INDAUTOR 03-2002-06191382300-01.

 

 

 



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