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CAPITULO SEIS

Un mes después, Javier pensó que ya había pasado un tiempo considerable para Caty. Ella no había dado señales de querer tener una relación con él y esto lo desesperaba. Si el problema era que estaba casado, pues había llegado el momento de separarse de Tania, por lo que aprovechó el puente de un día festivo para tener un pretexto de ir a visitar a su mamá y quedarse con ella varios días: pero ya dice el dicho que el muerto y el arrimado a los tres días apestan, y no pudo quedarse por más tiempo.

Se fue a casa de uno de sus amigos, en donde también permaneció por unos días, y otros en el departamento de su hermano: como en todas partes le hacían el feo diplomáticamente, pues no le quedó más remedio que irse a vivir a un cuarto de hotel, pero como esto resultaba demasiado caro para su presupuesto, regresó temporalmente a la casa de Tania.
Esta, estaba muy asustada; Javier se había salido del departamento sin decir agua va y sin dar explicación alguna, por lo que ella ni siquiera sabía qué estaba pasando. Era verdad que muchas noches no regresaba a dormir a casa, pero en esta ocasión además de que ya había sido demasiado tiempo, él no le dirigía la palabra.

Eso sí, llevaba la ropa para que Tania se encargara de llevarla a la tintorería. No comía con ellos y a los niños apenas si los saludaba. Le había dado por encerrarse en el baño o donde pudiera estar solo para que no lo molestaran mientras permanecía en el edificio, y cuando todos ya se habían ido a dormir, él aprovechaba para escribir en el comedor hasta altas horas de la madrugada.

De esta época son sus poemas más tristes, en donde habla de su soledad y de sus solitarias noches de alcohol, imaginando miles de diablos danzando en las paredes y escuchando cientos de cigarras lamentándose con cadencia de guitarra.
De vez en vez se levantaba de la mesa para caminar en círculo, mientras se fumaba un cigarrillo tras otro: se acercaba al espejo del pasillo para contemplarse. Su rostro lucía demacrado; las arrugas ya se asomaban y sus ojos vidriosos reflejaban la escasa luz de las lámparas. En una tenue penumbra, sus problemas personales le enredaban sus pensamientos y lo hacían flaquear como cualquier ser humano. Pensó solamente en sobrevivir hasta poder conseguir un departamento propio: sí, estaba decidido. Caty cedería al ver que él era capaz de dejar a su mujer con tal de tenerle a ella.

En el trabajo, Caty le daba la vuelta y cada vez le hablaba menos, sólo lo necesario: evitaba encontrárselo a solas y mostraba muy poco interés. Esa actitud comenzó a enfadarlo, pero lejos de pensar en hablar con ella para aclarar las cosas, empezó a comportarse como un verdadero macho, tratando de obligar a Caty le correspondiera. Su soberbia lo cegó, indicándole el camino directo al rechazo de la chica; sólo que él no podía sospechar que sus actos serían contraproducentes.
Tales estrategias le habían dado siempre resultados y no tenía por qué desconfiar de sus tácticas tantas veces utilizadas: Pero no contó con que no todas las mujeres son iguales, y Caty era distinta.

Así fue que sin consultarle a ella sus planes de vivir juntos, nada más se lo insinuó, haciéndole saber que él muy pronto estaría separado de su mujer y viviendo en un departamento que le cedería su hermano a cambio de un crédito del fondo para la vivienda. La muchacha escuchaba sus historias y no era capaz de comprender la razón de las mismas: estaba muy lejos de ser astuta y no entendía el mensaje que supuestamente le mandaba Javier.

Se le hacía absurdo que él le estuviera contando planes íntimos, ya que ellos dos no tenían nada que ver, pero lo escuchaba solamente por atención y para no hacerlo enojar, ya que sabía de antemano las reacciones negativas de su jefe, y como quiera, ella deseaba conservar su puesto y su trabajo, por lo que parte de eso constituía el tolerar a Javier y lo aceptaba como algo que debía soportar cada vez que se lo encontraba de frente. Él, por su parte, se sentó a esperar el efecto de sus palabras en la chica y hasta creyó que ella se lanzaría enamorada a sus brazos, proponiéndole compartir gastos o algo así, pero no sucedió nada de esto y a Javier cada vez le pintaba peor el panorama.

………………..

Últimamente, Javier se encontraba muy distraído en su trabajo. Firmaba papeles que no debía firmar y dejaba de firmar los que sí debía: confundía fechas de los documentos solicitados y repartía en forma desigual los escritos entre las secretarias de la oficina. Ante tales circunstancias, su jefa inmediata lo mandó llamar: si bien era cierto que se le había dado el puesto por una considerable recomendación, también lo era que si no se corregía, ella podía correrlo discretamente.

Primero lo pondría en la lista de espera para ser despedido en el próximo recorte de personal; de hecho, en esa fatídica lista todos estaban anotados de una manera u otra, pero unos más que otros. Después de esta leída de cartilla, consideró que si bien estaba enamorado de Caty, no era para tanto.
No debía poner en peligro su empleo ya que, si lo corrían, ¿dónde encontraría otro lugar que le pagaran más o menos lo mismo y permitir de esa manera que le alcanzara para los gastos de su mujer e hijos?
Sin embargo, sospechó que esta llamada de atención tenía doble fondo, estando también los motivos personales de su jefa, quien probablemente se sentía celosa de que él amara a la chica nueva. Así, una mujer se convertía en la enemiga número uno de otra mujer.

…………………………..

Javier habló nuevamente con su hermano: éste, no se decidía al traspaso del departamento. Las promesas de una nueva casa le entusiasmaban, aunque no dejaba de pensar lo que significaba mudarse a los suburbios. En primera, el suministro de agua potable no sería el mismo; quizá también encontraría deficiencias en los de electricidad, recolección de basura y banquetas: por si esto fuera poco, estaba también el problema de vivir alejado de los centros comerciales, teniendo forzosamente que trasladarse cada vez que necesitara algo. Otra cosa era también la escuela de los niños: tratar de encontrarles cupo a mitad del año escolar como que no lo convencía muy bien y por último, el transporte: tendría que atravesar la ciudad para llegar a su trabajo a partir de su nuevo domicilio.

Le dijo a Javier que no, que buscara otra forma de independizarse. Entonces, fue que él pensó que si compartían gastos, tal vez podría mudarse con Caty, pero no se lo propuso ya que no se atrevió, y definitivamente, cada vez se le hacía más difícil conseguir algo que pudiera pagar. En otras palabras, no le alcanzaba la lana.

………………………….

Se acercaba el fin de año y Caty estaba muy emocionada con la inminente llegada de las vacaciones de diciembre y con estas, la visita de su hermano residente en los Estados Unidos. Ya había recibido una carta anunciando este acontecimiento y además, había charlado telefónicamente con Carlos, anotando oportunamente el vuelo, el día y la hora, para poder irlo a esperar al aeropuerto. La familia de la chica la constituía sus padres, su hermano y ella, sólo que Carlos ya tenía tiempo de radicar en el otro lado.

Se había ido muy joven, apenas de 17 años y posterior a un problema que tuvo en el Colegio Militar. Resulta que él estaba estudiando en dicho plantel y tenía el grado de cadete: sólo alcanzó a terminar el primer año, ya que por un misterioso motivo que nunca quiso aclarar a sus padres ni a su hermana, lo expulsaron de la escuela y decidió irse a Estados Unidos para terminar su carrera de militar.

Pero no fue tan sencillo ni inmediatamente: mientras arreglaba papeles, estudió varios meses en la escuela de aviación de la ciudad de México, y como era tan diestro, le bastaron pocos vuelos para aprender a manejar avionetas, helicópteros y practicar el paracaidismo. Poco después tuvo la oportunidad de realizar el tan anhelado viaje al extranjero, pero llegando allá sufrió una enfermedad del tipo bronquitis asmática; al parecer el clima le había caído mal, y no queriendo preocupar a su familia, gastó todo el dinero que llevaba en su propia atención médica. Allá no era tan fácil conseguir doctor, y mucho menos uno barato.

Quedando de esa forma prácticamente sin nada, buscó trabajo y tuvo numerosos empleos, mientras iba viajando hasta el lugar donde pensaba realizar su examen de admisión y entrar a continuar la escuela truncada. Trabajó desde recolector en el campo, obrero en la construcción, empleado postal, mesero, cantinero, despachador en una gasolinera y por periodos en una pizzería, sin faltar el preparar sándwichs y hamburguesas en un popular restaurante, convirtiéndose en esto último, en todo un profesional.

No fue fácil lograr conseguir nuevamente el dinero y casi cumplía los 18 años cuando por fin hizo el examen de admisión, logrando tener un lugar en la High School al mismo tiempo que un periodo de entrenamiento base para ingresar a la escuela militar. A los 22 años se matriculó en la carrera de piloto aviador, la cual terminó con honores, y posteriormente tomó un curso de otros dos años y se hizo mecánico especialista en helicópteros.

Sus padres y su hermana, recibían noticias continuas de él, y se sentían muy orgullosos de tener en la familia a un joven tan dedicado. Al cumplir 27 años le dieron la ciudadanía y un pasaporte con el cual podía viajar sin problemas a cualquier parte del mundo en su calidad de miembro del Army, y aprovechó esta pausa para anunciarles a su familia que los iría a visitar para pasar juntos la Navidad.

Habían pasado diez años desde que el hermano querido se había ido y Caty no podía ocultar su emoción de verlo de nuevo. Lo recordaba vivamente ya que al momento de su partida ella ya contaba con 16 años y había tenido buen cuidado de ir coleccionando las fotografías que él le enviaba en un álbum; de esa forma, tenía una muy actual, de hacía dos meses, en donde se veía a un joven soldado con el uniforme del Ejército de los Estados Unidos de Norteamérica y lleno de condecoraciones.

No podía dejar de ver la foto y no podía dejar de contar los días que faltaban para su encuentro, así fue que preparó todo para la llegada de su hermano: primero pidió dos semanas de vacaciones, los últimos días de diciembre para así poder estar con su hermano tanto el 24 como el 31, ambos festivos para los mexicanos y de alta significación para estar reunidos en familia.

Después, acondicionó una recámara en casa y colocó todas las cosas que le gustaban a su hermano y que le habían pertenecido: un balón de fútbol americano, varias gorras de béisbol, sus fotografías del Colegio Militar, unas mancuernillas que habían pertenecido al abuelo y sus mascotas de peluche favoritas de pequeño, aunque esto último no sabía si le sería de su agrado puesto que él ya se había convertido en todo un hombre.

También le arregló algo de ropa, zapatos y la guitarra que había tenido en la escuela secundaria, ya arreglada y lista para interpretar melodías, lo cual le gustaba mucho.

También fue al mercado y compró con anticipación las materias primas para prepararle sus postres y las sopas que a él le gustaban.
Bueno, que ese diciembre de 199… pintaba para ser inolvidable…

Carlos llegó un jueves por la tarde: su madre y su hermana Caty los estaban esperando en la sala Internacional del Aeropuerto Benito Juárez. Desde el primer momento todo fue alegría; abrazos dulces, miradas de cariño e intercambio de besos en un tiempo que no parecía terminar.

La muchacha acababa de sacar un auto en abonos, por lo que no tuvieron ni tiempo para abrir las maletas cuando ya habían planeado salir esa misma noche a dar una vuelta: el hermano había colocado una calcomanía en la puerta con el nombre de “ Catty” y todo el tiempo era para comprar antojos, ir al cine y preparar los obsequios de Navidad.

Ese 24 de diciembre la muchacha se sintió plena: sus abuelos, sus padres y su querido hermano, compartiendo la cena de Nochebuena y deleitándose con anécdotas del pasado y del futuro próximo. La sidra y el pavo no podían faltar a la mesa, así como tampoco las luces del árbol de Navidad y los villancicos. Cantaron la última posada y colocaron juntos en forma simbólica, la imagen del niño Dios en el nacimiento.

Ambos hermanos se abrazaron emocionados: sabían que debían aprovechar todos los momentos que estaban juntos, porque la vida es cruel, es traicionera, y a un soldado, no sabemos lo que le depara el destino.

………………..

El hermano de Caty permaneció con ella hasta el 1 de enero de 199…; recordaría muy bien la fecha, aún años más tarde, ya que inmediatamente Carlos llegó a los Estados Unidos, lo mandaron enrolarse para viajar a África.

Por supuesto que el joven en un principio lo tomó como paseo: pronto se daría cuenta de que no había nada de placer en esto, sino duro entrenamiento y viajes continuos hasta el frente de batalla. La muchacha sólo recibía cartas del frente: había estado su hermano en una base militar en Alemania, luego, se había trasladado al África y finalmente, a Yugoslavia.

El siempre procuraba escribirle cosas divertidas y contarle acerca de acontecimientos como que cenaban todos los oficiales juntos, iban de compras en ocasiones y dormían muy bien. Ella en el fondo, sospechaba con un alma dolorida que su hermano le ocultaba la verdad para no hacerla sentir mal, pero no se atrevía a contradecirlo.

Varios meses después, y al termino de esa guerra como tantas otras que han existido los últimos años tanto en medio Oriente como en Europa y África, recibió una carta pero de un amigo muy querido de su hermano que radicaba en Chicago y lo había conocido desde que llegó al país. En esa misiva le explicaba que su hermano estaba hospitalizado: los bombardeos, el fuego y las muertes, le habían dejado una alteración psicológica por la cual debía ser tratado por el psiquiatra.

Fue evaluado y, considerando los daños de guerra ocasionados en su mente, fue dado de baja y se convirtió de esa manera en un joven veterano del Ejército de los Estados Unidos. Lo pensionaron y al cabo de un tiempo regresó a vivir cerca del Fuerte, en Kentucky. Se casó y tuvo dos hijos, esto sería después, pero nunca se recuperó totalmente de esa guerra, que como todas las demás, se antoja sin sentido, sobre todo para aquellos que la vivieron y para sus familiares más cercanos.

Caty no tenía dinero para viajar, vamos, ni siquiera para su pasaporte. Su madre no podía ayudarla ya que no trabajaba y su padre era jubilado: se trató de hacer fuerte ante la impotencia que sentía de no poder correr para estar al lado de su hermano, su más querido compañero de juegos, el único que había conocido, limpio y noble.

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ...
NO SE LA PIERDA EN EL NÚMERO DE FEBRERO DE 2003.
BERTHA SANCHEZ DE LA CADENA D.R.2003.

Texto tomado de la NOVELA INEDITA EL BURÓCRATA,
SEP-INDAUTOR 03-2002-06191382300-01.

 

 

 



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