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CAPITULO CUATRO

Al día siguiente, lunes, Javier empezaba mal la semana. Se le hizo tarde y tuvo que tomar un taxi hasta su trabajo: aún así, el tráfico demoraba su llegada. Mientras tanto, el chofer trató de hacerle más llevadero el rato, y sin querer, comenzaron a hablar de libros y de ahí, de poesía. Esto, en lugar de mejorarle los ánimos, se los empeoró: imaginó una horda de choferes taxistas que se sentían genios y escritores y su pesimismo llegó al borde cuando aquel hombre inició un recital móvil. Su repertorio no era del todo malo, es más, se podría decir que casi bueno con la excepción de algunos detalles. Su obra se podía catalogar dentro de la poesía popular, con temas ocurrentes, tratados en forma de crítica social y muy bien rimados, en agrupaciones de seis versos, lo que los convertía en sextetos.

Al terminar el viaje, Javier lo invitó a participar en talleres de poesía: no era suficiente tener el don natural del ritmo y de la rima, esos poemas habría que trabajarlos, claro, no aspirando a que te lean un mayor número de personas, pero por lo menos para que tus amigos te puedan entender.

Como ya se le seguía haciendo más que tarde, dio un portazo al bajarse del auto y en definitiva no quedó en nada con el taxista. Corrió media cuadra y vio al señor que atendía el puesto de periódico de la esquina e imaginó que este también se sentía poeta. Poco después, tropezó con una señora que tenía en el suelo su puesto de tamales y atoles: pensó que de la boca de ella podrían salir una especie de glifos que pudieran ser traducidos en calidad de versos alimenticios.

El policía de la puerta lo saludó, como siempre, con una sonrisa bajo el bigote, pero él estaba seguro de que no había sido buenos días, lo que le había dicho, sino algo verdaderamente poético, entrelazado en perfectos cuartetos, salpicados de rimas consonantes a,b,b,a, y convertido en soneto al terminarlo con dos estrofas de tercetos. Se sintió desesperado: ¿ cómo era posible poder navegar entre tantos que solamente se creían poetas pero que, verdaderamente no lo eran?¿ Seguro que no lo eran?

La poesía, la inútil poesía se vertía por todas partes, brotaba hasta de las alcantarillas del pavimento y se ahogaba entre los gritos de los vendedores…¿ qué le estaba sucediendo? Simple, su alma de poeta lo hacía ver poesía por todas partes. Cada persona era una rima y cada suceso, un verso.

Afortunadamente cuando llegó, ya estaba checada su tarjeta, así es que se dirigió rápidamente hacia las oficinas de capacitación, que era donde laboraba.
Al entrar, se quedó parado sin poder pronunciar palabra: ahí, ante sus ojos, estaba una joven y atractiva mujer. Vestía falda ajustada y un chaleco de cuero: sus largos cabellos le llegaban hasta la cintura, y su cara estaba enmarcada por dos enormes arracadas de plata.

No parecía secretaria, no parecía asistente: tampoco podría ser su nueva jefa…por la edad¿ Quién era ella?
La muchacha sonrió al verlo tan turbado y entonces él le devolvió la sonrisa.
Le dijo que era maestra de literatura, pero que había sido contratada como correctora de estilo de documentos y técnica perita en redacción. Esto último hizo reír a Javier, pues no existía tal puesto o nombramiento.

Le dijo que había llegado al lugar correcto: no tenía de qué preocuparse ya que él estaría siempre a su disposición para toda clase de orientación y ayuda.
Ella, sin esperar más, le deslizó varios documentos, los cuales él leyó con suma atención y posteriormente, fingió estar encantado con la lectura de los mismos. Le confesó que él no tenía mucho que enseñarle, aunque sí había algunos detalles en los que los formatos debían homologarse como en cualquier empresa, además, se requería un tiempo mínimo de actualización, para lo cual estaban las revistas fiscales, cursos en computadora y otros dictados a manera de conferencia, pero que todo esto ya se lo diría sobre la marcha.

Le preguntó su nombre: se llamaba Catalina Rubio, y Javier, desde ese instante, deseó con todas sus fuerzas que fuera para servirle sólo a él.

……………………….

Empezaron a trabajar y hacía calor, aún así, Javier preparó café y le ofreció a Caty, a quien ya llamaba familiarmente por su diminutivo: se sentó junto a ella y se le acercó todo lo que pudo.

Colocó su silla al frente de la muchacha y le trataba de rozar con sus piernas las pantimedias que llevaba puestas. Ella sintió su deseo y se asustó: no entendía bien lo que pasaba. Aquél hombre, a quien prácticamente acababa de conocer, mostraba un interés inusitado.

Ella pensó que la oficina no era precisamente un lugar para flirtear, además, el tipo iba demasiado rápido: en fin, hizo la cabeza hacia atrás para apartarse de la cercanía de su cara, al tiempo que apartaba sus piernas.

Pero Javier seguía insistiendo: no le quitaba la vista de encima, y la persiguió con la mirada, tratando de clavarle sus ojos dentro de las pupilas.

Caty no pudo evitar estremecerse: un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando él se le acercó lo suficiente para besarla.

Él hablaba y su boca casi tocaba la de ella. En ese momento, la joven se paró bruscamente, algo sorprendida, algo molesta: no se creía tan atractiva como para que aquel hombre tratara de seducirla a primera vista, y lo que sospechaba era que, el señor Javier, acostumbraba a enredar a todas las nuevas que llegaban a la oficina.

Pero en el fondo de su alma de mujer, su ego pudo más, y no pudo evitar sentirse halagada: quizá él sí podría estar impresionado por su belleza. Esto duró tan solo unos instantes, porque después reaccionó y salió de ahí sin despedirse de su jefe.

…………………..

Caty era una mujer eficiente: trabajaba, llegaba temprano, nunca estaba en el teléfono con llamadas personales, y en sí, trataba de ser agradable con todos.
Pronto se hizo popular y la trasladaron a su propia oficina en escasos 15 días: ella estaba feliz, no así Javier que perdía a su alumna preferida.
Estaba preocupado: había visto en los registros que Caty apenas contaba con 26 años, en cambio, él pronto cumpliría 44 años. La diferencia de edades parecía importarle: nunca había tratado de enamorar a una mujer menor por casi 18 años: pero trató de asimilar la idea. Sobre todo, tenía que hacer más ejercicio, ponerse a dieta, un nuevo corte de pelo, quizás…Arreglarse la barba, en fin, tratar de lucir lo más atractivo y juvenil posible: por eso cambió también su vestuario. Ya no usaba esos trajes gris oscuro con corbatas deslucidas: ahora lucía frecuentemente camisas de colores brillantes, pantalones de mezclilla, lentes oscuros, etc. Caty, quien era muy observadora, se divertía de ver sus cambios en su aspecto, y sólo movía la cabeza, en señal de desaprobación: en verdad que en ocasiones hasta se veía ridículo, pero ella trataba de entender que él lo hacía para hacerse más atractivo ante sus ojos, lo que no dejaba de complacerla.

Aún así, Caty le hacía poco caso al Señor Martínez, a quien respetaba como su superior que era. Evidentemente, él sufría de una especie de síndrome de don Juan tratando de romper el record de conquistas sumadas y anotadas en su libreta de amoríos.
Pero ella no estaba dispuesta a ser un número más en su lista. No se sentía con ánimos para tratar de entender por qué la asediaba tanto: en última instancia, no era psicóloga y no se sentía con la obligación de encontrar una explicación a su conducta.
Al poco tiempo, descubrió un par de hojas azules debajo del teclado de la computadora: la de arriba, era un poema. Se trataba de una declaración de amor.

Con palabras sencillas pero muy precisas, le decía que por ella era capaz de todo: en esos momentos, la joven sintió que el piso se movía, las cortinas de la ventana se agitaban y las luces de la oficina se apagaban. Hasta llegó a pensar que estaba temblando, pero no, lo que se estaba sacudiendo era su corazón.

………………………

Al terminar de leer la primera hoja, siguió con la segunda: se trataba de una historia de amor escrita en forma de poema. El protagonista, un hombre de 40 años, se enamoraba de una mujer de veintitantos; estaba plenamente convencido de que por fin había encontrado a la mujer ideal. Se habían conocido en el circo: él era trapecista y ella era la chica que ayudaba al mago en su número de magia. El ilusionista había descubierto su amor e intentó separarlos: entonces, a pesar de que todo parecía estar en su contra, el cuento terminaba con la firme convicción de luchar para lograr el amor. Estaba decidido a robar a la joven si así fuera necesario, para fugarse y establecerse lejos de ahí y poder vivir juntos para siempre, o por lo menos todo el tiempo que fuera posible, ya que para siempre no es tan largo como pudiera parecer.

Comprendió confusamente que el escrito sólo podía ser de la mano de Javier y que éste, le estaba diciendo indirectamente que la amaba y que quería vivir con ella. De todas formas, esta declaración se le hacía poco clara: ella hubiese preferido que él le dijera directamente: Me gustas mucho, ¿ quieres ser mi novia? Aun así, en esos momentos creyó entender lo que le pareció timidez por parte de él. Se le olvidó inmediatamente lo que había pensado que se trataba de un don Juan: sí aquél hombre estaba solo y ella podía consolarlo dándole todo su amor, decidió corresponderle y se sintió embriagada de felicidad.

¿ Quién era Caty? Una muchacha sencilla, una cálida sonrisa con la plenitud de ser y sentirse joven: un cuerpo escondido tras un alma vestida de brillantes colores.
Era la risa en persona. Risa por todo y risa por nada: con los nervios en las puntas de los dedos tratándose de arrancar una oreja cuando platicaba. En apariencia tranquila, afectuosa, guardando en el fondo una fuerte personalidad.

Se había criado con sus abuelos maternos. A los tres años de edad, su madre tuvo que ir a radicar a provincia, dejándola primero con su padre, pero al poco tiempo, la niña pidió permanecer con sus abuelos aquí, en México. Estudió el Jardín de niños, la primaria, la secundaria, la preparatoria y posteriormente la carrera secretarial: tantos años de preparación se le hicieron largos y tediosos, y cuando por fin terminó, decidió buscar trabajo. Se dio cuenta de que como ella, había una gran cantidad de muchachas con curriculum semejantes: fecha de nacimiento, todas menores de 26 años. Estudios: todas completaron las materias básicas y algunas hasta tenían licenciaturas en otras áreas. Títulos: todas tituladas; inglés, todas más del 80%; computación, todas con diplomas de cursos básicos. Estaba perdida y lo comprendió: para competir debía prepararse más. Por eso se inscribió en una escuela de cursos avanzados de computación e internet y en otra que daban clases de francés; los sábados por la mañana estudiaba idiomas y de lunes a viernes informática. Al mismo tiempo, se puso a estudiar para el examen de admisión en la universidad y logró matricularse en la carrera de Literatura y Letras Hispánicas que imparte la UNAM. Otros cuatro años la esperaban, pero trató de revalidar materias y estudio en la mitad del tiempo estimado, total, que con todo servicio social, se tituló nuevamente en un espacio de tres años. Finalmente, después de mucho esfuerzo, logró conseguir un trabajo como secretaria, gracias a un tío que trabajaba en una empresa donde elaboraban medicamentos, más esta fábrica quebró en dos años y la despidieron junto a todos los demás, por lo que siguió buscando trabajo. Una amiga la recomendó y entró en las oficinas del gobierno donde conoció a Javier, en calidad de correctora de estilo.

De su historia sentimental no había mucho que contar: su primer novio, de manita sudada lo tuvo a los 14 años; a los 15 años fue su primer baile al que asistieron todos sus primos y el resto de su numerosa familia. A los 16 años, un amor imposible por un compañero de la preparatoria, y a los 17,un amigo que pudo haber sido algo más pero que no lo fue.

A los 18 años, un amor platónico que estuvo a punto de acabar con todas sus esperanzas, y de los 19 a los 24, nada interesante, ya que por esta época trataba afanosamente de estudiar y encontrar trabajo.

Por eso, y aunque parezca mentira, a los 25 era virgen y ningún muchacho la había besado en la boca. Esta situación la empezó a preocupar ya que sus compañeras habían tenido en promedio de 6 a 8 novios. La más lenta lo había hecho a los 16 y la mayoría se encontraba sexualmente activa, por lo menos los fines de semana, y se la pasaban comentando en el baño de mujeres acerca de chicos y anticonceptivos.

Caty quedaba muchas veces sin comprender, pero se hacía la que entendía todo y se guardaba muy bien de hacer alguna pregunta que pudiera delatarla: no fuera a ser que sus amigas se dieran cuenta de que tenían a una inexperta sexual en la oficina.
Pero su cerebro funcionaba rápido y se inventó la historia de un novio quien vivía en Provincia: era joven, guapo, soltero y además ejercía la profesión de médico cirujano. Tenían planes de boda en un par de años; la verdad no había prisa por casarse, ya que ella en estos momentos se encontraba muy ocupada y repleta de obligaciones.
También estaba el punto que debía abandonar a sus padres para ir a vivir con un desconocido, hecho no muy agradable; sin embargo, ella estaba dispuesta a todo por amor, y por eso le rogaba a su enamorado tuviera paciencia.

Este relato pareció gustarle al personal femenino de la oficina, quienes ya no vieron en Caty una amenaza en lo que respecta a que ella pudiera arrebatarle el galán a otra que tuviera ya más antigüedad. Sin embargo, no todas se tragaron el cuento y, pensando que la chica era una mosquita muerta, redoblaron sus esfuerzos y vigilancia para alejarla del codiciado premio que representa el saborear el manjar de los favores de un ejemplar del sexo opuesto.

Fue por eso que después de dos meses, Caty por fin aceptó salir a tomar un café con su jefe, ya que este la había impresionado con el poema que le envió.
Se citaron en un lugar céntrico, por lo que a ella se le hizo un poco tarde, llegando a la cita convenida con quince minutos de retraso. El la miró con desesperación: le dijo que pensó que no vendría, y que se tendría que comer solo el pastel que había ordenado.
Ella no entendía la actitud del Señor Javier: no estaba acostumbrada a que otro le pidiera la cena, y mucho menos a reclamos, pero no dijo nada.
Al terminar el café salieron a pagar la cuenta, y en esos momentos, él dejó ver su billetera.

Tomó uno de a cincuenta y mostró, como no queriendo, un gran fajo, seguramente toda su quincena. El muy loco la andaba cargando con tal de impresionarla, pero ella, atenta a estos trucos, sólo meneó la cabeza en señal de desaprobación. No podía comprender para qué se arriesgaba a que le robaran su dinero.

Como estaba muy nervioso, se le cayó la cartera y ella se la recogió. El se lo agradeció y no atinaba a continuar con la conversación, pues se le trababa la lengua. Caty entendió que se quejaba de lo caro que le había salido el consumo en aquél restaurante. Ella se encogió de hombros; si él sabía que ese era un lugar caro ¿ para qué la había invitado? Y sí no lo sabía, pues podría haberle pedido compartir la cuenta.

Acto seguido, él se detuvo en el trayecto al metro más cercano, y empezó a hablar de poesía. Caty arqueó las cejas y torció los labios; no entendía por qué él quería hacer tiempo.

Le preguntó si podía acompañarla y ella le dijo que sí, que en el metro tomaría una pesera que la dejaría en su casa: entonces, se pusieron a caminar.
Eran casi las diez de la noche y todavía pasaban transeúntes por la calle: había mucha iluminación y no se sentía peligro alguno. A un lado de la salida de la estación del metro había un Hotel de Paso: Javier se detuvo un momento en la puerta. Las manos le temblaban y estaba sudando frío.

Ella pensó que quizá estuviera enfermo, pero luego recordó que él era muy nervioso. Parecía como si quisiera decirle algo, sin atreverse, por lo que le preguntó qué sucedía, pero él le dijo que se estaba haciendo tarde y tenía que verse a las diez y media en Bellas Artes con una amiga.

Caty le preguntó para qué y él le dijo que la chica estudiaba poesía y él le hacía correcciones.. ¿Tan tarde? Sí, ya que a esa hora era la única que ella podía, porque trabajaba en el turno vespertino como acomodadora en el teatro principal.

La joven se encogió nuevamente de hombros y seguía sin entender el motivo o el sentido de aquella charla, pero ya no indagó más, pues se trataba de la vida privada de Javier. Le dio un beso en la mejilla y se despidió de él con una sonrisa en los labios. El le sostuvo una de sus manos y la miró suplicante.

Ella, sin entenderle, se alejó, soltándole la mano. Cuando hubo desaparecido, Javier abordó una pesera para el centro y se bajó en el Teatro.
Esperó más de media hora, ya que llegó al lugar muy rápido por la ausencia de tráfico y hasta faltando un cuarto para las once se encontró con la chica, quien salía de trabajar. Ella se despidió de sus amigas, con las que habitualmente regresaba a casa y les dijo que luego se veían, ya que su novio había ido a recogerla.

Se miraron y se sonrieron. Sin decir palabra, ella le besó la boca y, colgándosele del brazo, empezaron a caminar juntos hacia el metro.
Se bajaron en una estación próxima, llamada Garibaldi; allí se dirigieron a un hotelucho en donde ya habían estado en un par de ocasiones.
Esa noche, Javier le hizo el amor como una fiera: casi la lastimaba, pero esto, en lugar de asustarla, le gustó.
Estaba embriagada de placer y no sabía a qué estrella agradecerle el éxito de su encuentro sexual. Ni se imaginaba que el rechazo de la otra es lo que había provocado en su novio de turno tal fogosidad.

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ EN EL PRÓXIMO NÚMERO DE LITERANA.
BERTHA SANCHEZ DE LA CADENA D.R.2002.

Texto tomado de la NOVELA INEDITA EL BURÓCRATA,
SEP-INDAUTOR 03-2002-06191382300-01.

 

 

 



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