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El Burócrata. Novela por entregas.


CAPITULO DOS

Javier se sentó ante su escritorio, prendió su computadora y programó algunas funciones.
Sacó un cigarro y empezó su otro trabajo, el de fumar como pipa hasta la noche.

Apagó su primer puro: todavía le aguardaba una larga jornada el resto de la cajetilla.
Terminó de acordarse, de una vez por todas, de sus años de juventud: ¿ Adónde se había
ido esa alegría de su infancia? ¿ Adónde el amor? Porque si se casó con Tania,
era que alguna vez la había amado, o quizá había sentido algo muy parecido al amor,
por lo menos. Esa pasión juvenil había terminado en un soso matrimonio:
se había apagado tan rápido el fuego, que no podía recordar que era lo que lo había
sustituido; el respeto y los buenos sentimientos también habían desaparecido.
¿ Cuánto tiempo había pasado que no besaba o abrazaba a su mujer? Ya ni se acordaba,
ni se quería acordar. Era mejor así.

El no quería sentirse culpable de nada: la vida lo había arrastrado hasta donde estaba.
Él no había escogido el puerto y se negaba a desembarcar: los únicos que lo mantenían
a flote eran sus amoríos, que se podían contar por cientos.
Aunque eso sí, todos eran superficiales y efímeros porque, lo que fácil viene, fácil se va.

…………………..

Javier, como buen galán, saludó de beso y sobada de mano, a las chicas guapas de la oficina.
A su jefa también la saludó de igual forma: la traía loca.

Él era más joven y todavía lucía atractivo, por lo que la pegaba
fácilmente con cualquier mujer en la oficina.

Terminó de ordenar datos y se salió a desayunar: Marilú y Beatriz lo acompañaron.
Ese viernes, como siempre, su jefa le cuidó el teléfono mientras él regresaba.

Ella se sentó en el lugar de su subalterno y por alguna inmediata curiosidad, sin saber casi
porqué lo hacía, empezó a hurgar en los papeles del escritorio de Javier,
sin saber exactamente lo qué esperaba encontrar.

Hasta arriba de una montaña de documentos, se encontraba el contrato mensual que
especificaba 30 días; se sorprendió, ya que desconocía que su empleado, quien ya casi iba a
cumplir veinte años trabajando en las oficinas, y que bajo sus órdenes había estado
también por espacio de cinco años, estaba en calidad de eventual.

Pero ella no podía hacer nada: en caso de que hubiera recorte de personal,
lo único era abogar por él, pero no más. Se sintió jefe de aparador: ¿ para qué mandaba en la oficina
si no tenía el poder de ayudar a sus empleados? Ni siquiera podía garantizarles el trabajo;
ni de broma solicitar un aumento o respaldarlos, comentando sus cualidades
y su desempeño dentro de las oficinas de capacitación.

Evidentemente ella formaba parte de la gran mentira de la burocracia y se tenía que aguantar.
Los empleados hacían como que trabajaban y los patrones hacían como que les pagaban.

Todos estaban bailando en la tablita: hasta ella misma, no tenía idea de cuanto tiempo
pudiera permanecer en ese puesto. Quizá tres años, lo que dura un periodo de gobierno;
o tal vez un sexenio completo si tenía suerte, pero no más.

Eso también le hizo ver su situación y que de jefa no tenía más que el título: ni siquiera
un considerable sueldo por encima de los otros empleados.
Por eso prefería quedarse a contestar el teléfono,
dándoles permiso a los otros para que fueran a desayunar.

Para ella era mejor permanecer sentada mientras Javier y las muchachas regresaban,
y ese día sin saber porqué, siguió buscando en los papeles.

……………………….

Encontró un folder con copias fotostáticas: lo abrió. Se trataban de poemas;
sí, eran versos, solo que le costaba leerlos.
Había palabras que no entendía y sentía muy forzada la lectura de varios escritos agrupados
en forma de verso libre y firmados por Javier. Primero pensó que no era posible
que un tipo como él escribiera sobre esas cosas: como no lograba descifrar su contenido,
tomó tres cuartillas y las colocó dentro de una carpeta que ella llevaba.

Decidió leerlos de nuevo, con más calma y diccionario a un lado. Eso la llenó de emoción:
quería mucho a Javier, quizá un poco más de lo permitido en cuanto al afecto
que se debía tener por un empleado a quien en el fondo admiraba.

Lo consideraba muy inteligente y tierno: taciturno sí, quizá, a veces, cuando fumaba
un cigarrillo y arqueaba las cejas hasta el techo, subiendo la mirada para evitar
el contacto con sus compañeros, pero a la vez irresistible.

En esos momentos de abstracción ella lo contemplaba: la cara de él se transformaba entonces,
pasaba de ser la de un simple hombre maduro, a un rostro casi divino, con su barba cuadrada,
sus labios firmes, su nariz de águila y unos ojos azules como el acero de la noche.

En eso sonó el teléfono y la sacó de su ensoñación. Era la voz de una mujer joven:

- Buenos días señorita¿ me podría comunicar con el Señor Javier?-
- Él no está, acaba de salir ¿ Desea que le dé algún recado?-
- No, muchas gracias: yo vuelvo a llamar ¿ A qué hora estará bien hacerlo?-
- Él tuvo que ausentarse unos minutos, pero a partir de las once ya lo encuentra
a cualquier hora. Esta es su oficina-
- Muchas gracias nuevamente señorita y hasta luego-

Ella colgó no sin antes sentir una enorme curiosidad por saber quién era la que había
hablado: conocía la fama de Don Juan de Javier, pero prefería cerrar ojos y oídos a esto.
Ya tenía suficiente con saber que era casado, aunque esto era lo de menos,
ya que se veía que no quería a la mujer. Entonces,
¿ no era absurdo sentir celos por una desconocida?
Sin embargo los sentía y es que la voz que había escuchado era de lo más sensual
¿ Sería su nueva conquista de la cual había estado alardeando recientemente?
Movió la cabeza para sí misma en señal de negación: se levantó un poco molesta y se salió.
En la puerta casi choca con Javier, quien le aventajaba en altura casi 30 cm.

Su cuerpo efectuó un balanceo y rozó el pecho de él con su cabeza: se estremeció.
Javier sólo se rió: evidentemente no sintió nada.

………………………..

Javier continuaba escribiendo en la computadora. No había la menor duda de que era
un empleado estrella: trabajaba sin descanso y sólo se levantaba para ir a comer.
Lo que sus compañeros no sabían era que estaba escribiendo un texto de poesía,
y su apuración era que se lo debía entregar al editor a más tardar la próxima semana.

El mismo estaba haciendo la captura de su trabajo para dejarlo listo y pudiera entrar
inmediatamente a la imprenta: era muy obsesivo en cuanto a la calidad de lo que escribía.
En ocasiones hacía hasta siete borradores previos para dar nacimiento al original:
era, como quien dice, perfeccionista en su arte, y todo un maestro en el campo de la poesía,
por lo que sus conocimientos le hacían exigirse a sí mismo cada vez más.

¿ Dónde había logrado obtener tanta labor de oficio? Seguramente luego de tantos años.

Hizo un alto para fumar: el humo del tabaco dio unas pinceladas en el aire
y apareció el número once, entonces, él empezó a recordar.

…………………….

Tenía once años cuando escribió su primer poema: sin definir la edad,
sin duda él había nacido con ese don para hacer rimas y versos, siendo su primer intento
de llevarlo al papel en blanco en el inicio de su adolescencia.

Se acordaba vagamente del contenido de su escrito: sus rimas eran sencillas
y tenía un ritmo natural de ocho sílabas. Le había cantado a las garzas de la laguna
¿ cómo era posible que ahora escribiera tan distinto? Habían pasado más de treinta años de aquello:
se percató de que primero había sido un joven enamoradizo, incapaz de escribir versos
amorosos, pero con muy buena suerte con las mujeres y después se había convertido
en un hombre casado con una mujer con la que, apagándose la pasión inicial,
ni siquiera cenizas habían quedado y ahora, era un individuo triste, solitario, con ideas de muerte
que le asaltaban a cada momento y con una máscara, un antifaz que se reía
mostrando sus dientes cuando veía a un ejemplar del sexo opuesto, la que sería su próxima conquista

. ……………………..

Tania recogió a la niña de la escuela y regresó a casa de su mamá.
En cuanto llegó su hijo de la secundaria, todos se sentaron a la mesa para comer en familia.

La abuela se llevaba bien con los niños y continuamente les hacía bromas para hacerlos
reír: ellos la adoraban y comían muy a gusto, sin extrañar para nada a su padre,
quien siempre comía en la calle con sus compañeros de trabajo, o que frecuentemente
andaba con sus amigos; tampoco tomaban muy en cuenta a su madre,
quien a pesar de estar presente físicamente, se encontraba casi siempre ausente psicológicamente,
por lo que era muy difícil disfrutar o compartir con ella.

Por ello, no era raro que los niños estuvieran más apegados a la suegra de Javier que a éste,
y en definitiva, la vieran más como un ser humano ya que como sea,
ella se preocupaba por ellos y les ponía toda la atención posible.

Por lo menos, a estos niños les había tocado una abuela amorosa, a quien amaban sin reservas,
mientras sus padres, cada uno por su lado, se encontraban inmersos en sus propios problemas.

Al terminar la comida, los niños hicieron la tarea a instancias de la señora,
quien era de la opinión que el trabajo escolar era lo primero a desempeñar por las tardes,
antes de que les entrara la flojera o el sueño, o simplemente tuvieran ganas de ver la televisión.
Les enseñaba a los chicos a doblar su ropa del colegio y a guardarla para el día siguiente:
les supervisaba los quebrados y las multiplicaciones. Le daba sugerencias a Javier
para que él buscara el libro indicado, ya fuera en la biblioteca del abuelo o en el internet.
Después del estudio, ella misma les encendía el aparato de televisión,
vigilando que los muchachos vieran programas de acuerdo a su edad y evitando
aquellos canales donde se abusaban de escenas sexuales,
incluso dentro de los mensajes comerciales.

………………….

A las tres de la tarde era la hora en que Javier salía a comer: a veces iba solo
y en otras ocasiones lo acompañaba un amigo,
con el que platicaba frecuentemente en la sobremesa sobre sus temas favoritos: literatura y mujeres.

La fonda donde los empleados del rumbo solían comer estaba situada a dos cuadras
de la oficina: él llegaba y por lo general, escogía una mesa del fondo.
Miró la mesa y no pudo evitar sentir un asco, ya que ni siquiera habían sacudido las sobras de los desayunos

Le pidió a la mesera que le limpiara el mantel y le cambiara las servilletas:
la chamaca se hacía la sorda para hacer tiempo y no atender ya a nadie más.
Con trabajos medio limpio y le advirtió a Javier que ya casi no había comida.

Él, arqueando las cejas, le dijo que le trajera lo que sea. De esta manera,
ella se apresuró a servirle en un plato a medio lavar,
un caldo o agua con consomé que no es lo mismo, totalmente frío
y que apenas si tenía un poco más de sabor que el agua simple.

El siguiente plato era un poco de arroz, igualmente frío e insípido: le pidió un limón
y quizá un poco de cebolla para el caldo, que aún no terminaba,
y ella le trajo la cuarta parte de un limón reseco.
Cebolla picada no había, solo que él la quisiera entera y comerla a mordidas.

Decidió dejarlo así: ya casi terminaba estos platos cuando se dio cuenta de que le faltaban las tortillas.
Se las pidió, a lo que ella, evidentemente disgustada porque tenía más trabajo en la cocina,
se las aventó; un par envueltas en una enorme servilleta que llevaba varios días sin ser lavada.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano para no volver a sentir asco,
Javier se comió las tortillas y pidió más: la mesera le dijo que hasta el guisado.

No había mucho de donde escoger: carne asada con verdura, que consistía
en un raquítico bistec, probablemente de res y dos rebanadas de jitomate,
más bien de color naranja que rojo y mucha lechuga.

Los otros platillos ya se habían terminado. Javier no se comió la verdura,
porque en primera no estaba acostumbrado a las legumbres y en segunda,
le daba desconfianza la lechuga que pudiera no estar bien desinfectada
y era de todos conocido el hecho de la transmisión de enfermedades por este medio: desde amibiasis hasta cólera.

Recientemente, había tenido que tomar un tratamiento con metronidazol:
seguramente había pescado las amibas ahí mismo o en los tacos de la esquina de su casa.
Para el caso daba lo mismo: lo que tenía que hacer de ahora en adelante era evitar
comer alimentos sospechosos de contaminación por excremento.

La mesera le preguntó si le traía un refresco: él le contestó que no, que le sirviera agua del día.
Le puso un vaso de vidrio medio lavado con un líquido verde transparente:
se sintió tranquilo cuando lo probó, con un sabor parecido al agua de limón.

Por lo menos el ácido mataba las bacterias y demás bichos: se la tomó rápidamente
pues tenía mucha sed. Pidió más; de mala gana, la muchacha le llevó otro vaso
y él aprovechó para recordarle lo de las tortillas que se le habían olvidado.

Ella pareció asustarse y le dijo que ya no había tortillas, por lo que cogió una servilleta
y salió disparada a la calle en dirección a la tortillería, para comprar más.

Regresó como a los cinco minutos con un peso de tortillas envueltas en papel estraza:
por lo menos estaban más calientes que las anteriores y aparentemente recién hechas.

Terminando de comer fumó por espacio de veinte minutos, mientras leía el periódico de la mañana:
la comida corrida costaba treinta pesos, casi lo de un salario mínimo y dejaba mucho que desear.
Pagó con tres monedas de a diez y una sonrisa; la mesera sabía que no había propinas.

Acto seguido, comenzó a limpiar las migajas con un trapo, pero tan de prisa,
que la mayoría fueron a parar a la cara y ropa de Javier.
Él, estaba ya tan acostumbrado a este ritual final de desquite que apenas si la tomó en cuenta,
sacudiéndose un poco, continuando leyendo y fumando hasta las cuatro,
hora en la que debía regresar a la oficina.

Ya en su departamento, siguió trabajando en lo suyo: ahora tenía que escribir los programas
de presentación para una obra de teatro en la que estaba ensayando en compañía de varios amigos.
Diseñó las páginas del tríptico, dio los créditos correspondientes e imprimió.

Se sentía más tranquilo, pero no satisfecho en el sentido de que se daba cuenta de lo muy
improbable de poder dejar su trabajo para dedicarse de lleno a la poesía y al teatro:
superficialmente, se percataba como entre sueños, que la época dorada de las presentaciones teatrales
ya había quedado atrás ¿ Por qué gente como Shakespeare y Moliere
se habían consagrado en cuerpo y alma a la dramaturgia? Pues simplemente porque en aquellos tiempos
no existía el cine y la televisión, y como quiera, las personas iban al teatro
para encontrar un poco de esparcimiento y encontrarse con otros.
En cambio, en nuestra vida actual, estaba muy difícil competir con los grandes medios masivos
del espectáculo y por lo tanto, debía aceptar esta realidad y estar consciente de que,
por más ganas que le echara, nunca iba a pasar de cierta raya pintada en los límites del sueño y la realidad.

En esos momentos se sintió asfixiado: aventó hacia atrás la pantalla de la computadora
en un arrebato de coraje y ésta, estuvo a punto de caer.

Se levantó disgustado y comenzó a caminar por el cuarto y a dar vueltas,
como solía hacer cuando estaba muy nervioso: apagó su último cigarrillo de la primera cajetilla
y se cruzo de brazos frente a la ventana.

Se veía a lo lejos un parque con algunos niños que jugaban a esas horas de la tarde,
con la cercanía de sus padres y la mirada vigilante del policía.

Sintió vibrar la médula de sus huesos y se estremeció al palpar el vaivén de las copas de los árboles:
imaginó que eran cunas en donde se arrullaban recién nacidos.
Cerró los ojos y casi pudo sentir el viento que las movía…

Se identificó a sí mismo como poeta: un artista atrapado en la mediocridad de la burocracia,
y un deseo con toda el alma de que algo o alguien lo salvara de esa situación que parecía no tener remedio.

….………………………

Tania, mientras tanto, encendía el televisor para ver los tan gustados talk shows,
muy de moda y entretenidos para todos aquellos que prefieren ver las desgracias de los demás
a enfrentar las suyas propias. Esa tarde el tema era La infidelidad, y como siempre,
estaban presentes en el programa varias personas vestidas y maquilladas para la ocasión.

Se sentaron repartidos en cuatro asientos, dos a la izquierda y dos a la derecha
de la línea media imaginaria que partía a la pantalla en dos.
A los esposos los colocaron juntos, uno al lado del otro: primero ella y luego él; seguía un espacio.
Después la amante y su marido: todo parecía estar listo y a la tercera llamada comenzó la pelea.
Los golpes acabaron por aniquilar la presencia masculina, dejando frente a frente a dos mujeres,
a quienes por suerte en ese momento, les llegó el corte para un anuncio comercial.

Al regreso, la moderadora ya las había apaciguado: cinco minutos les bastaron para comprender
que no valía la pena estar disgustadas por los hombres, que en este muy particular caso,
se comportaban como unos putos bien hechos. Acto seguido se abrazaron,
en medio de estruendosos aplausos que dieron un conmovedor aunque falso final al programa.

Tania estaba muy disgustada con esta escena, ya que en el fondo,
algo le decía que en la vida real las cosas no se resolvían de tal manera
¿ Cómo podría ella misma imaginarse abrazando en medio de un mar de lágrimas y sonrisas,
a la que se acuesta con su marido? Sintió una gran furia al recordar la interminable lista de infidelidades de su esposo.
Quiso ser más precisa y trató de contarlas, pero no pudo:
se dio cuenta de que la mayoría había tratado de olvidarlas borrándolas del subconsciente.

La última, o tal vez la más reciente que ella sabía, había sido una tal Selene,
o algo así, quien también era casada y se había estado divirtiendo con Javier por espacio de un año.
Parecía que el marido la había descubierto, poniendo fin a sus amoríos ya que le dio un ultimatum:
o dejaba de verse con el poeta de quinta categoría, o le suspendía la mesada mensual que le proporcionaba para gastos y gustos.

Ella lo pensó bien y consideró que realmente lo de Javier sólo era un pasatiempo.
Tenía mucho más que perder siendo una mujer de mediana clase social,
casada con un hombre dueño de medianos negocios,
aunque evidentemente muy por encima de lo que pudiera proporcionarle el suelducho de un burócrata.

Por lo tanto, decidió dejarlo y aún así, todavía le siguió moviendo el tapete a Javier un par de meses más.
Por fin, ella desapareció después de prometerle llamarlo para verse y tomar un café:
en realidad lo dejó plantado para siempre.

Tal y como sucedieron las cosas le daban a Tania una cierta satisfacción que la consideraba
como una pequeña revancha. Recordaba muy bien que terminado el asunto,
Javier seguía alimentando el fuego de sus celos, contándole como a la tal Selene le había escrito
nada menos que 500 poemas, de los cuales solamente se había atrevido a entregarle 100
ya que los demás eran demasiado lujuriosos.
Aún así, a pesar de la insistencia del poeta, la musa se había negado a corresponderle plenamente,
por lo que la imagen de su recuerdo y su materialidad empezaban a desvanecerse lentamente
en la mente del escritor.

Tania estalló en insultos y le prohibió volver a mencionarla, sobre todo cuando les tocaba
sentarse juntos a la mesa, que en verdad eran raras ocasiones,
pero que Javier no desaprovechaba para molestar, y satisfecho de su triunfo, sólo sonreía.

………….. Todas estas ideas le pasaban por la cabeza y apenas si se daba cuenta de las noticias
que habían iniciado su transmisión: hablaban de la paz en el estado de Chiapas y del subcomandante Marcos,
quien ya estaba adquiriendo proporciones de héroe.

Cuando escuchó su nombre, se quedó absorta en el discurso: los ojos verdes de aquel hombre
le parecían sumamente seductores, sobre todo al insinuarse a través de la ventana del pasamontañas.

El se detuvo un momento y alzó la mirada: las cámaras le dieron un acercamiento
y Tania se sintió desfallecer. Parecía como si Marcos la estuviera viendo directamente a los ojos.

No estaba presentable: su camiseta aguada y los pants que usaba la hacían ver más grande
de lo que realmente era. Tragó saliva y salió de su ensoñación cuando interrumpieron
la transmisión por otros comerciales. Después, vio las telenovelas: desde las seis hasta las nueve.
Era mejor sentirse parte de la historia que tener historias.

Vio cómo Juan Manuel besaba apasionadamente a Verónica y pensó:
¿ por qué Javier no me besa de esa manera?

De siete a ocho, el protagonista se emborrachaba con su chava en medio de los ruidos y las
luces de una discoteca y de ocho a nueve, Amapola hacía el amor casi desnuda a su amante Julio,
en el 486 avo. episodio de Lo Absoluto del Amor que había permanecido en el raiting más alto desde hacía ya varios meses.

Al terminar estos capítulos, Tania se estiró y restregó los ojos: después de haber
permanecido durante cinco horas frente al televisor, al levantarse sintió un mareo.

No le dio importancia y le gritó a sus hijos: había llegado la hora de irse a casa,
pero no había prisa. No sabía si esa noche Javier iría o no a dormir a casa,
mucho menos la hora de su llegada, si es que llegaba.

Se encogió de hombros, recogió la ropa limpia y los uniformes de los niños;
le dio un beso a su mamá y quedo de regresar al día siguiente a la misma hora,
como si cumpliera en un trabajo, más su madre le recordó que sería sábado
y que descansara un poco del tráfico y de la contaminación.

El domingo ya se verían en casa de Patricia, quien daría una fiesta de cumpleaños
para su hija Mariana: Tania asintió con la cabeza y se cortó el cordón umbilical,
por lo menos durante esa noche y el sábado siguiente.

………………………

esta historia continuará…

BERTHA SANCHEZ DE LA CADENA
D.R. 2002.

Texto tomado de la NOVELA INEDITA EL BURÓCRATA,
SEP-INDAUTOR 03-2002-06191382300-01.
D.R.MARÍA BERTHA SÁNCHEZ DE LA CADENA.

 

 

 



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