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Crónicas de la Ciudad

 

 

 

El Burócrata
Parte Final.


CAPITULO ONCE

El burócrata extrañaba a Caty y la deseaba; pensaba en ella para aliviar su angustia y soñaba con besarla y abrazarla. Se esfumó esta imagen y llegó la realidad: estaba solo en la sala de espera del hospital, aguardando noticias de su hija. Su mujer se encontraba afuera, en la cafetería de enfrente.

………………………

Después de una semana de magia y brujería y al ver que la niña no mejoraba, Tania tomó a su hija en sus brazos y corrió al Hospital. Ahí, al enterarse de que era la madre de la niña robada, se disgustaron mucho y al principio no querían recibirla, pero ella les suplicó: su esposo, en un momento de confusión y desesperación, había decidido sacarla aquella noche sin permiso de los doctores, hecho del cual se arrepentían enormemente, y es que ante la desesperanza que les embargaba, fueron engañados por un sujeto que se hacía pasar por curandero o brujo, quien luego de quitarles su dinero, sólo alargó el valioso tiempo, retardando el tratamiento de la pequeña.

La doctora que estaba de guardia comprendió de inmediato la situación y pidió examinar a la niña: se percató que estaba en muy malas condiciones y se apresuró con los trámites para ingresarla.
Tenía una fuerte pulmonía y casi no podía respirar por sí misma: su cabeza, casi ya sin cabello, lucía como una naranja amarillenta, y sus ojos, subían y bajaban en un estado febril ininterrumpido.
Su cuerpecito, flácido, caía entre los brazos de Tania, y le pidió le diera a la pequeña para poder internarla. La madre se desprendió de ella no sin antes derramar unas lágrimas que habían permanecido escondidas para no alarmarla.
Cuando se cerró la puerta, lloró con todas sus fuerzas, y su llanto se escuchaba en cada pasillo de las salas del hospital, y sentía reventarse el corazón dentro de su pecho, y se dobló, cayó hasta el suelo, y parecía que ya no podría incorporarse.
Un señor, familiar también de alguno de los niños enfermos que esa noche eran atendidos, se compadeció de ella y la levantó, llevándola hasta una silla.
Le preguntó si podía hacer algo por ayudarla y ella le contestó que llamara a su esposo. Le dio un número y esperó: el hombre regresó al poco rato diciéndole que su marido ya venía en camino.
No era muy creyente, pero en ese instante sus labios musitaron: gracias, Dios mío.

……………….

Una hora después, y ya estando Javier con ella, escuchó de boca de los doctores la sentencia final: la niña tenía septicemia, una condición grave de infección generalizada, la cual le estaba afectando en forma importante el corazón.
Se esperaba el desenlace en cualquier momento. Tenía apenas dos meses de haber sido diagnosticada de leucemia, quizá había durado hasta un poco más de lo esperado por las estadísticas.

Pero Javier parecía no digerir la noticia: no podía creer lo que los médicos decían, es más, ni siquiera terminó de escucharlos. Dejó sola a Tania y regresó a sentarse en la sala: Pidió se le dejara ver a la niña. La misma doctora que había recibido a Hortensia era la que se había quedado de guardia aquella noche.
Fue a donde estaba Javier y le dijo que podía ver a la pequeña. Él se lo agradeció sinceramente: caminó tambaleante hasta la puerta de la sala de Terapia Intensiva, donde le dieron una bata para cambiarse y le dijeron que se tenía que lavar las manos.

Después del ritual de preparación, le pusieron un gorro en la cabeza, un cubrebocas y le prohibieron fumar: habían pasado casi quince minutos, mismos que se le hicieron eternos.

Se acercó lentamente hasta la cama: la niña se encontraba tendida, boca arriba, con los brazos a un lado y llenos de mangueras. Su boca tenía un tubo el cual se encontraba conectado a un respirador artificial, y en su pecho estaban colocados varios electrodos cuyos cables iban a un aparato donde se registraban continuamente los signos vitales. No se movía y parecía dormida: Su padre permaneció un rato de pie sin pronunciar palabra y sorpresivamente empezó a llorar.
Su sollozo fue escuchado por la doctora, quien acudió rápidamente y le preguntó si todo estaba en orden. Javier, a su vez, le hizo otra pregunta:

- ¿ Está dormida?-
- En cierta forma sí – Contestó la doctora.
- ¿ Y despertará?-
- Hay pocas posibilidades de que eso suceda-
- ¿ Puede verme, oírme?-
- Me temo que no-
- ¿ Cuánto tiempo puedo quedarme?-
- No más de quince minutos-
- Está bien doctora, y gracias-

……………….

Al salir, Javier se dirigió hacia la pared del pasillo, donde se golpeó la cabeza hasta sangrarse: al ver sus manos húmedas y brillantes, involuntariamente dio un grito, despertando la curiosidad de los familiares que aguardaban en la sala.
Una señora, madre de un pequeño hospitalizado, al darse cuenta de lo sucedido fue a llamar a la doctora de guardia.
La joven se asustó de verlo ensangrentado, pero al revisar el cráneo comprobó que sólo necesitaba de unos puntos para cerrar la herida y sanar.
Habló por teléfono al servicio de Urgencias, dio los datos de Javier y les avisó que iría acompañado de un enfermero: temía que pudiera cometer otra locura y por eso no deseaba dejarlo solo.

Javier se dejó conducir dócilmente: su mente, en medio de una terrible tormenta, se desesperaba por salir a flote y conocer las razones o los por qué de las cosas: él, siempre se había reconocido cristiano, sino era por convicción, sí por costumbre, por tradición. También era cierto que no pocas veces había pensado en el diablo, invocándolo…¿ creía en el maligno? Indudablemente existía el mal y las fuerzas que lo acompañan, entonces, ¿ tendría algo que ver estas creencias suyas con la enfermedad de Hortensia?
No estaba seguro: quizá la niña había enfermado por su culpa, por dejarla tanto tiempo sola, por ser tan mal padre…

En esos momentos no podía responderse tales preguntas y prefirió ignorarlas; no sabía si podría resistir la agonía de su hija y la suya propia, al sentir la muerte de la pequeña como su propia muerte. No se sentía ya seguro de nada ni de nadie. Pensó con fuerza que Dios, si existiera, no se estaría llevando a cada rato niños del hospital, porque había muchos otros enfermos como ya los había visto, y también muy graves.

¿ Por qué Dios hacía esto a los padres? ¿ Qué dura lección tenían que aprender a través del sacrificio de una vida? ¿ Sería tal vez por haber siempre buscado mujeres para su satisfacción propia? ¿Ese pecado tenía que pagarse a tan alto precio?
No pudo continuar con estos pensamientos ya que llegaba al cubículo donde se le haría la curación: de lo único que estaba seguro era de que su fe se derrumbaba y Dios, Dios no existía ya más para él.

La sutura duró un poco más de media hora, ya que la herida era profunda y el sangrado profuso. Javier se levantó al terminar el Interno de guardia y recibió la receta que éste le extendía casi sin poner atención a las indicaciones.
Le dijo al enfermero que ya se sentía mejor y que lo dejara solo: iría a buscar a su mujer a la cafetería.
Al verlo entrar, el enviado de la doctora se sintió más seguro de que no volvería a cometer otra tontería, y lo dejó en paz con su esposa.
Tania se alarmó al verle la venda en la cabeza, pero como era costumbre en él, sólo movió las manos y no le dijo nada del asunto.
Se sentó frente a ella y le pidió un cigarrillo: Tania le sacó uno y se lo puso en la boca, luego le dio fuego.
Él, alargó su mano y tomó la de ella, estrechándola: hacía mucho tiempo que Javier no había tenido un gesto cariñoso y eso la estremeció.

……………

Era la mañana del día siguiente: para la mayoría amanecía con un sol iluminado, más no para el burócrata.
Él, permanecía de pie, ante la cama de su hija, a quien veía a través de los cristales. El paso de visita del turno matutino hizo su aparición, y los galenos se mostraron muy atentos al escuchar el relato de la historia clínica de boca de la doctora de guardia.
Mientras esto sucedía, cuatro estudiantes de medicina se arremolinaban, alzándose de puntas para observar la exploración efectuada a la enferma, así como la explicación del por qué de sus medicamentos. Por último, daban el pronóstico.

En ese momento, el grupo se disolvió, apartándose el de los estudiantes para dejar espacio a los médicos de base y los residentes: hubo movimientos y algunas enfermeras salieron en busca de medicamentos.
La niña se convulsionaba y echaba bocanadas de sangre: Javier intentó entrar pero le detuvieron en la puerta.
Se regresó para observar a través del vidrio: los doctores estaban tan ocupados que no se daban cuenta de la mirada angustiante del padre de la paciente.
La cortina descorrida le permitió ver a Javier cómo sujetaban a su hija, y la trataban de salvar inyectándole en la vena varios medicamentos.

Poco después, entró una enfermera con un desfibrilador: le dieron varios choques y la niña no respondía a las medidas heroicas del personal médico.
En ese instante, cesó su agitación y pareció desmayarse sobre la misma cama, desvaneciéndose.
Javier vio, o creyó ver, cómo del cuerpo flácido de la pequeña, salía un aire transparente ascendiendo al cielo.
El burócrata se arrojó de hinojos y encomendó el alma de Hortensia al Creador.

…………………..

El funeral se realizó un día después: sólo asistieron la familia más cercana y los vecinos, así como los amigos y compañeros de escuela de la pequeña.
Todas las caras se veían compungidas: nunca es fácil aceptar la muerte de una jovencita.¡ Ni siquiera había cumplido los doce años!
Los rostros de los muchachos se mostraban nerviosos unos, tristes otros, pero todos reflejaban la incomprensión que en estos casos suele haber ante la idea de la desaparición final.

La muerte, que suele llegar para algunos en la última etapa de la existencia, había hecho acto de presencia en forma brusca, cruel y sorpresiva: los padres, sentados uno frente al otro, agachaban su cabeza para ocultar lo hinchado de sus caras.
Las lágrimas que habían derramado no les regresarían a su pequeña, pero por lo menos hacían eco reflejo de dolor ante los ahí presentes, y por eso no querían mostrarse tan vulnerables, aunque lo fueran.
Hasta el mismo director con su esposa estaban presentes; también, casi todos los maestros de la primaria, que de alguna manera u otra habían conocido a la niña, teniéndola como excelente alumna en las aulas del colegio.

Al acercarse el momento del adiós, una silueta negra hizo su aparición y se paró en conjunto con el rezo, aunque prudentemente lejos de los deudos.
Se quitó el velo: Era Catalina, quien lucía mucho más delgada y con unas marcadas ojeras. Sus labios iniciaron la plegaria a favor de Hortensia y sus ojos se encontraron casi inmediatamente con los de Javier.
Él la vio y corrió a su encuentro: se miraron. Esto basto para que se acercara lo suficiente para estrecharla entre sus brazos.

Tania, cegada por los celos y alterada también por el reciente dolor que la embargaba, se levantó de su asiento y se dirigió hacia donde ellos estaban, con intenciones de encarar a Caty y reclamarle por su presencia.
Se apartaron y la chica enfrentó con la mirada a su rival.
Ella se detuvo y no fue capaz de pronunciar palabra: los ojos de la muchacha, sinceros y transparentes, le dejaron ver que no estaba ahí para dar molestias, sino para compartir el dolor y el sufrimiento de Javier, su esposo.

Siguió mirándola: sus enrojecidos ojos le revelaban cuánto había padecido también; se sintió hermanada y se alejó de ahí.
El rezo continuó, prolongándose por espacio de toda la noche: las cuentas del rosario desgarraban el silencio, y el interno sentimiento de los presentes, se desbordó en un llanto discreto, que flotaba.

………………………..

EPILOGO

Han pasado dos años de aquello y las heridas comienzan a cicatrizar: Caty ha regresado a trabajar, pero ya no de secretaria en las oficinas del Gobierno, sino con un puesto de maestra de tiempo completo en la Universidad; le pagan menos pero hace lo que le gusta. Extraña a Javier, aún lo sigue amando y piensa serle fiel permaneciendo soltera. No tiene novio y así se siente bien; por otro lado, se enteró que Javier se separó definitivamente de su esposa después del funeral de Hortensia.
Javier sigue trabajando de burócrata: trabaja como loco para poder editar su primer libro de poesía, con poemas dedicados a Caty, y otros, en memoria de su hija muerta.
Sus versos son tan tristes y tan bien logrados, que son todo un éxito y por fin, se encuentra en camino de ser reconocido como el gran poeta que es.

FIN

Esta obra se acabó de mecanografiar el 30 de mayo de 2002.
Siendo su autora María Bertha Sánchez De la Cadena.

 

 

 



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