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El Burócrata. Novela por entregas.


CAPITULO DIEZ

Después de regresar de vacaciones, Caty tenía planes para los próximos meses lejos de la oficina: deseaba ir a visitar a una amiga radicada en Pátzcuaro, Michoacán, y también tomar un curso de internet avanzado. De lo que sí estaba segura, era que no quería ver a Javier, aunque en el fondo no se sentía plenamente convencida de ello.
Trataba de hacerse fuerte, no más, y de olvidarlo, por lo que a la semana de estar en su casa sin nada qué hacer, se le ocurrió llamarle por teléfono a Bruno.
Desde que lo había visto le había atraído físicamente: él era un muchacho un poco mayor que ella, de complexión fuerte, músculos bien desarrollados y una estatura de 1.76. Su cabello, negro rizado, hacía contraste con la piel blanca de su cara, y sus ojos, de un negro profundo, cautivaban a cualquier chica que se quisiera mirar en ellos.
Se acordaba de sus ojos, de su sonrisa, y sintió ganas de saber de él. Marcó el número y se arrepintió, pero luego volvió a llamar; esta vez permaneció con el auricular en la mano, y al responder del otro lado de la línea telefónica, se le salía el corazón del pecho de la emoción.

Estuvo platicando con Bruno casi media hora: los dos parecían muy animados y quedaron en cartearse. Caty le dijo que podía llamarle poco ya que las cuotas del teléfono eran muy altas: él le dijo que no se preocupara. Le hablaría una o dos veces por semana para saber cómo estaban las cosas.
Todo parecía ir bien: ella le escribió una carta y esperaba pacientemente las llamadas de Bruno, quien acostumbraba telefonear los domingos por la tarde o los viernes por la noche. Le contaba acerca de su trabajo en Chicago, de sus amigos mexicanos, del dinero que tenía que enviarle a su mamá en Veracruz y de los dolores de cabeza que le hacían pasar sus hermanos.

Pronto, ella también le hacía confidencias de su familia y así, poco a poco, se iniciaba una estrecha relación a través de correspondencia y llamadas telefónicas.
La primera carta de Bruno era sencilla y no decía gran cosa, pero la segunda sorprendió enormemente a la chica: le decía sin tapujos que el tiempo que ella había estado de vacaciones, le había bastado para darse cuenta que era una muchacha diferente, limpia, y sobre todo le había encantado la manera que se llevaban ella y su familia. Le confesó que sentía envidia de Carlos por tener una madre y una hermana que lo quisieran tanto, y así, sin más, le dijo que la amaba y le preguntó si ella estaba dispuesta a quererlo también.

La joven tembló de emoción ante la sinceridad y el arrojo de su enamorado, y le contestó inmediatamente, en otra carta, que sí estaba dispuesta a todo, con tal de estar juntos. Se comunicaron por teléfono poco después, y quedaron de reunirse en un par de meses.
Bruno terminaría su contrato, vendería su auto y juntaría el dinero suficiente para ir por Caty, sólo que él deseaba vivir en el puerto de Veracruz: aparentemente no había problema, ya que la chica dijo que se atrevería a todo con tal de estar a su lado. Él le pidió muy serenamente que no se fuera a arrepentir, cosa que a ella le pareció absurda.
Se sentía profundamente enamorada y atraída por aquel hombre y al verlo a él, así, tan enamorado, pues no podía resistirse ante la idea de tenerlo a sus pies para siempre.
Las cosas se complicaron y no fueron tan sencillas: Jaime, el medio hermano de Bruno, se enteró casualmente de que los chicos sostenían una relación amorosa y se llenó de celos. Habló con su hermano y le dijo que dejara en paz a Caty, que ella no era mujer para él. Se hicieron de palabras y casi de golpes, por lo que Bruno tuvo que salirse de la casa de Jaime, y pidió a Ricardo le diera un lugar en su departamento, pero cuál no sería su sorpresa al ver que Ricardo tampoco quería ayudarlo. Él también pensaba que Caty era una mujer especial y muy superior a Bruno, en todos los sentidos, por lo que él debía alejarse de ella si no deseaba tener problemas.

Bruno respondió que estaba dispuesto a todo con tal de defender el amor que sentía por su novia y ahora prometida, ya que tenía serios planes de casarse con la chica una vez instalados en el Puerto.
Con tal negativa, tuvo que irse a vivir al barrio mexicano, con unos desconocidos que le empezaron a hacer la vida de cuadritos. Aguantó, todo por la chica que amaba, y duró otros dos meses antes que pudiera arreglar sus papeles.
Por fin, una tarde telefoneó a Caty y le comunicó que en un par de semanas estaría con ella, que lo esperara en la terminal: la fecha exacta era el 5 de octubre, sábado por la mañana, para que ella no tuviera problemas en el trabajo.
La chica le comunicó que en esos momentos no estaba trabajando, por lo que le sería fácil trasladarse y también acompañarlo a Veracruz.
Poco antes que Bruno realizara el tan anhelado viaje, recibió una llamada de su amigo Carlos: éste, no tan sólo le aconsejó como lo habían hecho los otros, sino que lo amenazó abiertamente. Él tenía que alejarse de su hermana si no quería morirse.

Le dijo que investigaría dónde vivirían, que iría a buscarlos y que a él lo mataría. Bruno estaba desconcertado ante el cambio brusco y repentino de su amigo de años. Le preguntó qué sucedía y por qué se ponía en ese plan; él le contestó que una cosa era la amistad que sostenían, y otra, querer pasarse de listo y llevarse a su hermana a vivir con él.

El muchacho quiso convencerlo de que él tenía las mejores intenciones del mundo, que deseaba casarse con Caty y que pensaba hacerla muy feliz. Carlos le contestó que no permitiría que él se relacionara con su familia efectuando un matrimonio tan desigual. Lo consideraba muerto de hambre y poca cosa para su hermana, sin estudios, sin trabajo fijo y sin nada que ofrecerle. Ya no quiso seguir hablando con él y le colgó, no sin antes repetirle la advertencia.

Poco después, supo que también se había comunicado con la chica aquella misma noche: le dijo que no se dejara llevar por un capricho y que pensara bien lo de unir su vida a Bruno, quien por lo demás, sólo tenía estar joven y a lo mejor le pudiera parecer atractivo a ella, pero debería pensarlo bien antes de darle un disgusto a sus padres.
Caty no sabía qué decir: se sentía sumamente enojada por aquella intromisión a su vida privada, sin embargo, le trató de explicar a su hermano, quien parecía no entender razones y se negaba a dar su autorización para aquel enlace.
¿ Pero acaso era que ella necesitaba de su permiso? ¿ No era ya una mujer hecha y derecha para poder tomar sus decisiones propias? Pues parecía que no, o por lo menos Carlos no creía que tuviera dicha capacidad<.br> No quiso estar alegando más del asunto y ella le dijo que después le hablaba, en cierta forma para cortarlo y ya no estar escuchándolo. Él, volvió a decirle que tomara su consejo y colgó.

…………………..

Transcurrieron los días lentamente, como pesadas piedras rodando hacia arriba de la pendiente, y por fin, un día fue viernes 4 de octubre, para recibir la llamada tan esperada: era Bruno, quien ya estaba listo para el viaje.
Tomaría un vuelo desde la tarde para llegar a Houston, donde transbordaría para luego tomar el avión a la ciudad de Veracruz. Aquí, iría inmediatamente hacia la terminal de autobuses, donde compraría su boleto a la ciudad de México.

Aquella noche Caty no durmió: se le hacía imposible conciliar el sueño ante la inminente llegada de su novio. Daba vueltas en la cama hasta que se cayó la sábana al suelo: sudaba, los pensamientos se convertían en pesadillas que la atormentaban aún estando despierta.
Se dio cuenta por vez primera de lo que sucedía: todo había iniciado como un juego amoroso, cartas y llamadas telefónicas, las cuales en verdad la habían distraído lo suficiente como para olvidarse un poco de Javier.
Luego, la declaración de amor por parte de Bruno y su inmediata correspondencia por parte de ella: deseaba casarse, ser la mujer de otro hombre y vivir lejos del que verdaderamente amaba…
Al pensar esto, se detuvo angustiada ¿ qué es lo que acababa de razonar? ¿ Cómo estaba eso que al que verdaderamente amaba?
Apenas si estaba consciente de la situación: le había dicho a Bruno que lo quería, que estaba dispuesta a dejarlo todo por él, que iría a vivir al Puerto de Veracruz, y ahora, que él llegaría en unas horas, ya no estaba tan convencida de eso.
Se incorporó y se bajó de la cama para caminar. Estuvo dando vueltas el resto de la noche hasta que amaneció: al dar las cinco, se bañó y se cambió de ropa para ir a la terminal.
En el pecho le latía aceleradamente el remordimiento de su indecisión: quería apagar, de una vez por todas, aquellas razones por las cuales no podía casarse con Bruno. Reaccionó y se dio cuenta que era un desconocido: las cartas y el cortejo amoroso a distancia, no eran suficientes para conocer a un hombre con quien se pretendía pasar el resto de la vida.
Sudó frío, era demasiado tarde para lamentaciones. Se armó de valor mientras esperaba a su prometido. De repente, él apareció entre la muchedumbre que se apresuraba por salir a la calle.
Ella lo vio y le hizo señas: por fin se encontraron, pero su encuentro no fue como ella lo había imaginado. Bruno estaba demasiado tenso, parecía muy nervioso y cansado. Le dijo que no había dormido toda la noche, que el viaje había sido muy pesado y que apenas si había probado alimento. No se saludaron.
Permanecían de pie, uno frente al otro y hablando con formulismos. Por fin, ella le tomó la mano y se la estrechó.

Esto pareció romper el hielo, y fue que él la atrajo hacia sí y la besó en el cuello: se fueron caminando hacia los taxis y tomaron uno hasta la casa de la muchacha.
Los padres de la chica ya estaban medio enterados del asunto, aunque no muy bien. Recibieron a Bruno como el amigo de Carlos y le dieron una habitación que acondicionaron especialmente para su visita.
Caty les dijo que irían de paseo a Oaxtepec, y ellos tuvieron que aceptarlo: de todas formas, ella ya era una mujer y sabría cuidarse.
Caty consiguió un auto prestado y manejó alegremente hacia el balneario, pasando por los paisajes cargados de bosques y con aromas de pasto fresco.
El sol iluminaba el camino de la carretera y el clima estaba entre caluroso y templado. El lugar de recreo estaba cerca, y en un par de horas ya se encontraban en las instalaciones del Centro Deportivo.
Bruno continuaba nervioso: pagaba todo pero se angustiaba por cada peso que daba y pensaba que se le iba a terminar el poco dinero que llevaba.
Caty le dijo que no había problema, que podrían compartir gastos, pero él no accedió. Estaba convencido que tenía que pagarle todo a su novia, pero ella debía estar consciente que no era un hombre rico.
Ella trató de olvidar el asunto y le preguntó a Bruno si no deseaba comer algo antes de ir a las albercas; él dijo que sí y buscaron una Palapa. Ahí les ofrecieron el menú y se decidieron por los mariscos.
Pidieron dos cócteles de camarón y estaban horribles. Se veía que nadie pedía platillos caros y que los mariscos estaban viejos y mal preparados.
Disimularon comérselos con ánimo y después de pagar fueron a alquilar un vestidor familiar. El cuidador se les quedó mirando con desconfianza ¿ En realidad eran familia o se acababan de conocer?
De todas formas, era algo que no le importaba al empleado. Abrió la puerta y los dejó a solas para que pudieran cambiarse y bañarse.
Caty apenas había puesto su bolsa en el asiento de cemento que suele haber en estos vestidores, cuando se vio atrapada en los brazos de Bruno: si bien había estado retraído y hasta algo tímido, ahora se encontraba desatado, sexualmente hablando.
La desvistió al tiempo que él también se desvestía, y le empezó a besar los pezones y a frotárselos con todas sus fuerzas.
Luego, le chupó ambos senos y resbalaban sus manos tratando de acariciarle todo el cuerpo a la muchacha. Ella estaba sorprendida: no sabía bien lo que pasaba pero creía que debía acceder a los deseos de su novio, aunque no le gustaba tanto el hecho de haberla tomado por sorpresa y sin haberle consultado si ella quería tener una relación sexual ahí, en los vestidores.
Como ella apenas si se movía y el lugar era muy pequeño, Bruno la colocó en el suelo y la trató de penetrar varias veces sin poder conseguirlo. Después de un rato de infructíferos intentos, la levantó y le dijo que se colocara de tal modo para poder tener sexo anal.
Lo que Bruno no sabía era que Caty era virgen a sus 26 años, casi 27, y que le iba a ser muy difícil desmembrarla parada y por atrás. Él se desesperaba y por fin, cansado, le dijo a la chica que otro día lo intentarían, que se vistiera. Caty se apresuró a ponerse el traje de baño y ya no cruzaron palabra: se fueron a la alberca, pero tampoco les funcionó. Ella había pensado nadar con su novio, abrazarlo debajo del agua y nadar juntos.
Él, se sentía frustrado por lo que acababa de pasar y además, muy cansado por el cúmulo de situaciones tensas desde que salió de Chicago hasta el momento.
Apenas si veía a Caty; estaba ensimismado en sus propios pensamientos y el fracaso de este primer encuentro sexual le daba mala espina. Ella trató de distraerlo sin conseguirlo.
Más tarde, fueron a cenar al pueblo y ya casi en la noche regresaron a la casa de la muchacha. Los padres no vieron con buenos ojos que se hubieran tardado tanto, pero no dijeron nada. Caty ya pronto cumpliría 27 años y si era novia de Bruno, pues ya estaba en edad de cuidarse y de tomar sus propias decisiones.
Esa noche Caty y su novio estaban en habitaciones separadas. Ya era tarde cuando la chica escuchó que llamaban a su puerta.
Era Bruno, quien le dijo que deseaba ver el partido de fútbol y que en su habitación no había televisión. Con el pretexto de no hacer ruido para no despertar a sus padres, la muchacha sintonizó el partido e invitó a Bruno a acostarse junto a ella.
Estuvieron un rato sin hacer nada, pero de repente, él, sin decir agua va, le metió la mano debajo de su camiseta pijama y empezó a manosearla con la misma intensidad que lo había hecho en los vestidores del balneario.
Ella se asustó un poco y se incomodó, sin embargo, no dijo nada y le permitió hacer a su novio lo que quisiera, sólo que no contaba que él también quería que ella lo acariciara.
Le dijo que lo tocara, que lo frotara, y que le chupara el pene: ella le dijo que no sabía nada de eso. Él, le colocó las manos en donde deseaba ser acariciado, y luego, se bajó los pantalones y le acercó su miembro a la boca.
Ella lo besó y él le explicó que tenía que introducirlo adentro, y chuparlo con fuerza. La chica trató de hacerlo, sin conseguir buenos resultados.
Bruno la apartó y le dijo que no sabía nada de hacer el amor. Ella se disgustó y le dijo que cómo esperaba que ella tuviera experiencia si era una hija de familia y no una prostituta.
Él le dijo que de todas formas, ella no sabía cómo dar placer a un hombre, y que debía aprender si deseaba tener esposo.
Aquí, Caty pensó en aclarar las cosas¿ acaso no se casarían muy pronto ellos dos? Bruno contestó que no por el momento: él tenía pensado llevársela e instalarse en un departamento en el Puerto. Posteriormente, ella tendría que buscar un empleo, porque seguramente no les alcanzaría con lo que él iba a ganar, ya que tenía que mandar dinero a su madre y a sus hermanos, quienes vivían en Coatzacoalcos. En unos seis meses ya verían si se podían casar, pero sólo por lo civil, ya que él no era creyente y las ceremonias religiosas le eran muy engorrosas.
La chica se quedó de una pieza y le pidió saliera de su habitación. Se dio cuenta de que debió haber aclarado las cosas antes de aceptar a Bruno como pretendiente.
Se sintió muy dolida y pasó muy mala noche.
El domingo hablaron largamente y por fin quedaron de acuerdo en que se casarían por lo civil antes de irse a Veracruz, y como Bruno parecía tener mucha prisa ya que no le quedaba mucho dinero, el lunes por la mañana hicieron los trámites necesarios.
No era tan difícil ir a tomarse unas fotografías y después al laboratorio, donde les tomaron unas muestras de sangre para corroborar que estaban sanos y no padecían de alguna enfermedad venérea o de sida.
Los resultados de los análisis estarían en 24 horas y los documentos que debían llenar se los facilitaron en las oficinas del Registro Civil.
El martes por la mañana, y sin haber comunicado su decisión a nadie, acudieron al re- -gistro para casarse en secreto. La muchacha dudaba fuertemente si debía dar este paso o no, y Bruno se mostraba muy nervioso todo el tiempo.
Ya estando ante el Juez, este los hizo esperar un momento y luego los rechazó, diciéndoles que regresaran otro día ya que uno de los documentos presentados no era el original.
Resultó que Bruno no tenía el acta de Nacimiento certificada, sino una copia fotostática, que para fines prácticos, no valía a la hora de trámites legales.
Él prometió ir inmediatamente a Coatzacoalcos a buscar ese papel, que seguramente lo tendría su mamá y regresaría lo más pronto posible por Caty.
Así era que no había que perder más tiempo y le pidió lo acompañara a la terminal de autobuses: ya ahí, Bruno, antes de comprar su boleto, le suplicó a Caty que lo pensara bien y que se decidiera a irse en ese momento al Puerto.
Ella le dijo que así no se hacían las cosas: ¿ Cómo iba a salirse de su casa como una ladrona y sin despedirse de sus padres siquiera?
No, ella lo esperaría…
Él pareció resignarse, compró su pasaje y se dirigió a la sala donde se abordaba el camión que salía directo a Veracruz.
Besó a Caty en la boca y se subió rápidamente. Ambos sabían que nunca volverían a verse.

…………………

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ...
NO SE LA PIERDA EN EL NÚMERO DE JUNIO DE 2003.
BERTHA SANCHEZ DE LA CADENA D.R.2003.

Texto tomado de la NOVELA INEDITA EL BURÓCRATA,
SEP-INDAUTOR 03-2002-06191382300-01.

 

 

 



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