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El Burócrata. Novela por entregas.


CAPITULO TRES

Era viernes, el burócrata no tenía prisa por regresar a su casa, y como acostumbraba los fines de semana, iba al gimnasio. En una gaveta tenía guardados sus pants y la camiseta que lo transformaba en todo un entrenador.

Entraba siempre con una sonrisa, saludando a cuanta falda o short se le ponía enfrente: se miraba en el espejo y se ponía melancólico. Estaba demasiado flaco, pero sabía que era a consecuencia de hacer apenas una comida al día,
ya fuera por costumbre o porque el dinero no alcanzaba. El cigarro lo ayudaba: le disimulaba el apetito, pero a veces sentía enloquecer.

Su pecho se agitó y se metió al sauna, luego, salió tratándose de ejercitarse en las barras: se agotó rápidamente. Antes no le pasaba esto: tosió fuertemente mirándose nuevamente en los espejos que cubrían las paredes.

Ya había cumplido 44 años, y las canas no parecían estar igual. Se acordó de Mariela, Laura, Silvia, Lucía y de tantas otras que eventualmente conoció en el transcurso de casi siete años de asistir sin falta, los lunes y los viernes, a hacer ejercicio.

Hizo un esfuerzo, pero apenas si recordaba el rostro de cada una de sus conquistas: confundía las fechas en las que las había conocido y también por momentos, se sentía incapaz de acomodar aquellas vagas caras sobre los respectivos pechos y caderas.

En ese instante tuvo una erección involuntaria: era evidente que sus amores no habían sido tan platónicos como se podría suponer.
Esta reacción de su cuerpo le molestó, ya que junto a él estaba Nadia, una mujer de 32 años, a quien a pesar de estar pasada de peso y no ser atractiva, no podía dejar pasar por alto.
Ella se dio cuenta y le preguntó en qué estaba pensando, pero él, con su característico y habitual mal humor, sólo meneó la cabeza y fingió no escucharla.
Siguió haciendo ejercicio, o por lo menos, eso aparentaba: su mente divagó hacia el cuerpo femenino.
Marcela era una joven de 26 años, menuda, muy delgada. Su cabello negro y el fleco por arriba de las cejas, con lo que lucía muy aniñada: a su lado, él ya era un hombre muy maduro, sin embargo, ella representó para el galán una conquista relativamente fácil. Parecía interesarle el teatro y como él tenía amplios conocimientos sobre el tema, fue muy sencillo envolverla en una charla tendiente a impresionarla. Fue cosa de niños y ella cayó redondita.

Sinceramente, Marcela no tenía un cuerpo de miss universo, pero algo era algo: en ocasiones se le figuraba estar viendo a una de las finalistas del concurso en traje de baño, aunque en deplorable estado de desnutrición. La vida es cruel, hay que aceptar lo que se tiene a la mano sin pedir más

Por eso, aprovechó el poster gigante que tenía enfrente, el cual representaba a una belleza en el campo del físico culturismo, e imaginó el cuerpo de aquella mujer con la cara de Marcela, al igual que se hacen en los montajes fotográficos, sólo que aquí era montaje mental.

Después siguió con Mariela: ella había sido una que menos esfuerzo le había costado. La primera noche, luego de invitarla a salir, acabaron en un cuarto de hotel, pero pronto se aburrió de la niña: no hablaba sino de sí misma. Era hueca y vacía, además, no tenía casi nada de nalgas y los pechos planos; mucho menos era distinguida.

Por tal motivo sólo duraron unos meses: la muy ingenua había creído que él se divorciaría de su esposa, pero al comprobar que Javier no tenía prisa por iniciar los trámites legales, ella se comenzó a poner pesada y definitivamente, no era la mujer ideal que él andaba buscando, por lo que la dejó sin parpadear.

Laura era una mujer madura, parece ser que 4 o 5 años mayores que él: al contrario de muchas, era descuidada y se le notaba la edad. Su cabello lo llevaba largo y salpicado por canas naturales. Su cuerpo, que alguna vez debió haber tenido varias curvas, ahora estaba lleno de montañas, con una talla aproximada entre la 36 y 38, y como no había otra cosa mejor a la vista, Javier le hizo el favor de andar con ella: no se podía decir que esta había sido una conquista pues, prácticamente se le había ofrecido por todos los medios imaginables, y con tanta insistencia, que el buen acosado terminó por ceder.
Al principio lo había tomado como entretenimiento, pero pronto lo fastidió y la cambió por otra.

La siguiente, Silvia, era una mujer casada, de la misma edad que Javier pero muy bien conservada. Tenía un hermoso cuerpo, gran inteligencia y sensibilidad: supo enredarla desde que se conocieron. Ella lo había visto y le gustó: posteriormente investigó sus gustos y se enteró de que él amaba la poesía. Así fue que le regaló un poema y esperó: en esa ocasión fue él el que se enamoro o pareció enamorarse. Siguió la estrategia y ella se hizo un poco la difícil, con lo que logró despertar su deseo rápidamente.

Pronto estarían riéndose del mundo, revolcándose bajo las sábanas en un cuarto de hotel: ella le sirvió de inspiración y él le sirvió de evasión.

De repente, Silvia desapareció sin dejar rastro: él, desconcertado la buscó y preguntó por ella, hasta que supo que se había ido con su marido al extranjero. Unos meses después, le habló por teléfono y le dijo que se quedarían de ver para tomar un café y platicar, lo cual nunca sucedió.

Desesperado, Javier se dedicó a escribir poemas sobre la ausencia de la mujer amada, entrando a una tristeza y soledad profunda: su depresión lo hizo alejarse de todos, sobre todo de sus hijos y esposa, quienes apenas si lo reconocían, y él se convirtió como diría en sus propias palabras, en un alma solitaria en busca de la mujer ideal.

Después vendría Lucía, quien también era casada, pero con ella no hubo sexo, sólo manoseo, y es que ya se estaba sintiendo cansado por no encontrar a una mujer que verdaderamente le gustara.

Dejó de verla un tiempo y cuando se la volvió a encontrar, ya estaba demasiado caderona y pechugona para su gusto, así fue que fingió interesarse por su familia; le preguntó por su hijo y luego de un par de minutos de conversación hipócrita, le dijo que mejor sería cada quién por su lado, dándole a entender que aquello no iba a funcionar.

……………………

Esa noche llegó ya muy tarde a su casa. Como siempre, Tania y los niños ya estaban durmiendo.
Se quitó los zapatos en la puerta del departamento para evitar hacer ruido y colgó su gabardina en un perchero: se dirigió al comedor donde prendió una lámpara, encendió un cigarrillo y se dispuso a escribir.
Era una noche más de insomnio: la oscuridad de las paredes reflejaba la tristeza de su alma. El silencio lo ahogaba, sin embargo, era la única manera de lograr que de su garganta ascendieran las ideas plasmadas en el pedazo de papel.

Su pecho se oprimía: la sentencia nocturna suele llegar con la idea de la muerte. Su soledad lo asfixiaba: la mano le temblaba y sus labios parecían morderse el uno con el otro, en medio de un conflicto interno de él mismo contra sí mismo.

La luz del universo no alcanzaba para alejarlo de las sombras de la incertidumbre, y era entonces, que el genio creador explotaba dentro de él, generando los versos más tristes, colmados de amarguras y de invocaciones, y con un halo de esperanza tan frágil, que parecía desvanecerse al primer parpadeo de su corazón.

…………………..

Siguió entrando la madrugada: los minutos parecían no avanzar, sino que se estacionaban, permitiendo que la reina de lo oscuro se adueñara del alma de Javier en una noche sin estrellas.

Había llegado la hora en que dormir o desvelarse daba los mismo, pero debía acostarse para recuperar algo de fuerzas. Apagó el cigarrillo, el último de la jornada de humo, se sentó en el sofá y acercó la mesa: reclinó su cabeza sobre la madera y entró en una sustancia informe que lo envolvió, muy parecida al sueño.

Durmió aproximadamente cuatro horas, las que fueron suficientes para que en la caldera de su mente hirvieran los recuerdos confundidos en el registro onírico de su velada realidad.

…………………….

Fue como una breve sacudida dentro de la tempestad misma: soñó con el océano. El mar estaba poblado de aves muertas flotando en la superficie¿ Qué significaba esto?

……………………

Era la mañana del sábado, y como siempre, en forma rutinaria, tenía programado reunirse con sus amigos que conformaban la compañía de teatro que él mismo había fundado a vapor unos meses antes. Como ninguno tenía hora de llegada ni de salida, era igual presentarse a las once que a las diez de la mañana, por lo que lo primero que hizo al despertarse, fue buscar un libro de interpretación de sueños e investigar el significado de lo que acababa de soñar.

Se sentía agitado: el sudor le escurría por las orillas de las mejillas y no hacía precisamente calor. En su pecho parecía explotarle el galope del corazón que le recordaba el miedo provocado por las imágenes de las aves muertas, las cuales se aparecían en su mente sin descanso, flotando, y con un charco de sangre alrededor, contraste rojo y azul que lo lastimaba.

Buscó agua: en sueños simboliza la vida. Si está estancada o sucia podría indicar una grave enfermedad…pero esta explicación no era suficiente. Siguió pasando las hojas del libro para intentar con mar u océano.

Mar: si el mar está en calma recibirá ayuda, pero si está alborotado, es anuncio de peligros. En primer lugar, el océano estaba en calma aparente, las aguas apenas se agitaban, pero esas aves muertas, ahogadas, flotando y con un charco de sangre junto a sus emplumados cuerpos no precisamente representaban un mar tranquilo. Al parecer tenía ya dos pistas: agua sucia, mar alborotado. Podría ser la señal de una grave enfermedad de alguno de sus seres queridos pero ¿ de quién? Si todos gozaban de cabal salud, a excepción de él que padecía presbicia así como sinusitis alérgica y principios de enfisema, pero nada grave si se consideraba fumador desde los 14 años de edad.

En fin, continuó buscando: océano no estaba en la lista y en cuanto a pájaros o aves, pensó que estaba investigando incorrectamente. No eran pájaros los que había visto: parecían unas aves de mar. Quizá gaviotas o garzas, no tenía idea: probablemente ocas o albatros, pero no estaba seguro.

Siguió leyendo: regresó a la palabra mar y sintió un escalofrío cuando a continuación leyó dificultades. Seguramente esto era lo que le auguraba su sueño.
Se salió entonces de su casa sin saludar ni ver a nadie. No había desayunado y las tripas se le desgarraban en el vientre en un llamado al alimento.
Se paró en la esquina, compró un tamal y un atole y después de comérselo, se dirigió a otro departamento situado a pocos pasos de ahí, que era el lugar de reunión habitual.
Nadia recientemente se había salido de casa de sus padres y aún no le iba económicamente bien: había logrado tener su propio espacio y le insistió a Javier que ocuparan su casa para los ensayos. Él había aceptado ya que le quedaba muy cerca.

Esa mañana fue el primero en llegar, y eso que ya eran las once. Se dirigió a la cocina y le pidió permiso a Nadia para prepararse un café: se sentía resentido ante la informalidad de sus compañeros, sin embargo, sabía que no podía exigirles nada ya que no les pagaba nada, y sus horarios no coincidían más que escasos minutos que quizá sumaban un par de horas. Se sentó y sacó el primer cigarro del día: Nadia, muy solícita, le arrimó un cenicero con una sonrisa y le preguntó si ya había desayunado. Él le dijo que sí y se volvió a sumir en sus meditaciones.

Poco a poco fueron llegando los personajes de la compañía: los músicos, los payasos y los ángeles. Estaban ensayando varias piezas: Javier con otros dos, una pieza en escena de una historia sobre fantasmas, escrita por un miembro del grupo, y las chicas, una obra adaptada de un diálogo que ponía en duda la existencia de Dios.
Al término de una hora, que fue lo que duró aproximadamente el ensayo, Javier mandó traer unas cervezas a la tienda: Nadia se ofreció a ir, y mientras tanto, el resto se acomodó en las butacas del recibidor.
Javier abrazó a la más joven del grupo, quien parecía estar acostumbrada a este tipo de manifestaciones.
Su ayudante número uno, que hacía las veces de director, también se recostó y jaló a otra de las integrantes a su lado.
Se pusieron cómodos y vino la charla informal: algunos avisos y anuncios para la compañía. La promesa de tratar de conseguir ingresos, pero eso sí, con la firme convicción de que los artistas no trabajan por dinero sino por amor a su profesión, idea con la que todos parecían estar de acuerdo.

Pasaron las horas sin darse cuenta: las mujeres preparaban una botana y Nadia repartió la bebida. Evidentemente no alcanzaron y tuvieron que ir nuevamente a comprar más. El tiempo llegó hasta hacerse de noche y ellos estaban ya en otra dimensión.

Ni idea de lo que sucedió aquél sábado: parece ser que después de comer, beber y hablar de más, repartieron para el sexo.

Realmente pudo haber alguien que se encontró con su mismo género, pero nadie tenía seguridad en esto. Lo que sí recordaba Javier, era que se había metido en la recámara para descansar un poco y estirar los pies, y una de las chicas lo había seguido.

Creía haber hecho el amor con ella, o algo muy parecido: la prueba estaba en la humedad regada producto de líquidos corporales y salivas que habían quedado estampadas en la ropa de cama de la dueña de casa.

Ella, se acostó con el escritor de teatro, pero ya no le tocó ni siquiera sofá, porque todo estaba ocupado: la alfombra no pareció estar tan mal ante la efervescencia de los momentos.

Cuando los efectos tóxicos del alcohol de disipaban, fue cuando los ánimos reales se apoderaron de ellos y se mostraron alterados.

El escritor estaba molesto: Nadia no había sido lo que precisamente él esperaba en la cama, además se sintió utilizado ya que realmente ella no le atraía lo suficiente como para haber tenido relaciones sexuales.

Se escucharon los gritos y los reclamos: Nadia estaba borracha y lo insultó. De poco hombre no lo bajaba, por lo que él se vistió y se salió sin despedirse de nadie.

En eso apareció Javier y trató de consolar a la chica; le aconsejó tomar un café bien cargado o ir a vomitar. Después de esto se salió también, sin despedirse de su nena, la cual había dejado todavía entre las cobijas.

Por una extraña razón muy en el fondo, esta forma habitual de divertirse ya no le estaba dejando satisfacción alguna.

…………………

Llegó a su casa hasta la madrugada, pues poco antes de salir de la casa de Nadia, había hablado por teléfono a un amigo, el doctor Armando, a quien no veía desde hacía tiempo. Se quedaron de ver en un bar del centro y ahí le siguieron hasta las tres; prácticamente hasta que los meseros los echaron alegando que ya era hora de cerrar el local. Poco después, se encontraban en una de esas tiendas de licores que están abiertas las 24 horas del día: le tocaron fuertemente los barrotes al velador para que se despertara. Este, restregándose los ojos, se dio cuenta de que aquellos dos ya estaban muy borrachos.

Armando insistió en comprar una botella de bacardí, pero el dependiente no se la quería vender: se puso pesado y además, fanfarroneando, le ofreció a cambio de la botella su reloj de pulsera. Esta pieza no parecía de malos bigotes y ante la insistencia, el joven terminó por aceptar el trueque, que parecía muy favorecedor. Dicha bebida se la tomaron en el auto en un poco rato y regresaron por más: en esta ocasión, Javier pagó y sin darse cuenta, entregó dos billetes de doscientos pesos para pagar el alcohol.

El muchacho sólo movió la cabeza en señal de desaprobación y pensó que ya sería aprovecharse demasiado si tomaba el dinero. Le devolvió integro uno de los billetes y del otro le dio su cambio correspondiente.

Javier, en lugar de agradecerle, se molestó muchísimo: le gritó que por ser tan pendejo estaba tan jodido, y se fue declamando en voz alta un discurso con una teoría que trataba de explicar el porqué el país no podía salir de pobre por tipos como ese.

El velador se encogió de hombros: no estaba de humor para sermones de clientes que se les habían pasado las copas. Cerró su ventanilla para no escuchar los improperios que siguieron a esta escena. Como quiera, estaba ya acostumbrado a tipos como esos. Ninguno de los dos recordaba cómo había llegado a sus respectivas casas esa madrugada, pero el hecho fue que Javier se tumbó en el sofá de su sala justo cuando daban las seis en el reloj colgado frente a la ventana que daba a la calle, y arriba de la puerta de entrada a la cocina. Ya era domingo: no había prisa por presentarse en la comedia familiar.

………………..

Tania, quien prácticamente no había visto ni hablado con su marido en casi toda la semana, esperó a que se despertara. Eran casi las dos de la tarde y ella le ofreció de comer. Ella y los niños ya habían regresado del desayuno al que fueron invitados por motivo del cumpleaños de la hija de una de sus amigas. Javier apenas probó la comida y mandó a su hijo mayor por otras dos cervezas. Se acomodó ante el televisor para ver el fútbol: no estaba para nadie, mucho menos para reclamos. Pero su mujer, prácticamente desesperada y harta de esa situación en la que él mostraba total indiferencia, le recordó entre goles y tiros de esquina, que su gasto ya estaba fuera de lugar y no alcanzaba. Javier soltó una carcajada: le dijo que si acaso creía que él no sabía que iba diariamente a desayunar y a comer a casa de su mamá. Que el dinero que le daba era mucho si se consideraba que ella lo utilizaba para comprar ropa, zapatos y otros antojos, y sí pensaba que le daría más estaba loca. Volvió a repetir una de sus frases favoritas: todas las mujeres están locas. Si deseaba más dinero para sus tratamientos inútiles de belleza, podía pedirle prestado a su hermana, al fin y al cabo a ella le sobraba el dinero. Después de este discurso, se sonrió a sí mismo, se encogió de hombros ante el torrente de palabrotas que su mujer le soltó al verlo tan tranquilo y continuó viendo el partido.

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ EN EL PRÓXIMO NÚMERO DE LITERANA. BERTHA SANCHEZ DE LA CADENA D.R.2002. Texto tomado de la NOVELA INEDITA EL BURÓCRATA,
SEP-INDAUTOR 03-2002-06191382300-01.
D.R.MARÍA BERTHA SÁNCHEZ DE LA CADENA.

 

 

 



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