CUENTOS COSTUMBRISTAS
POR EL ESCRITOR
FRANCISCO HERNÁNDEZ SÁNCHEZ


LA NOPALEDA


Adela cruzó la puerta de su jacal y entrecerró los ojos deslumbrada por el sol, se detuvo y se puso la mano sobre la frente para hacerse sombra. Sólo cerros y llanos divisó por todo el horizonte. Ni ella misma entendía cómo había aguantado tanta soledad. Dos lágrimas recorrieron por sus mejillas hasta caer al suelo terregoso, allí se hicieron dos bolitas de lodo, las pisó y las machacó con odio, y con ese mismo sentimiento se paso el dorso de la mano sobre los ojos.

Con una canasta vacía, colgada de un brazo, se encaminó hacia los Cenzontles, el cerro más cercano. Así le llamaron por la cantidad de esos pájaros que anidaban allí. Ahora sólo se ven algunos chillones y tordillos.

A cada paso levanta un pequeño remolino de polvo, es Semana Santa y todo está seco. Cuando llegó a las faldas del cerro, se recargó en el tronco de un pirú para disfrutar un poco de su sombra. Desde allí podía ver la nopalera. Su mirada se clavó en ella como si la estuviera retando.

Esa pendiente del cerro está cubierta por algunos magueyes añosos, güizaches y otras yerbas espinosas, por eso resalta la nopalera que, a pesar de lo vetusto, tiene cogollos muy tiernos, verdes y frescos. Esos retoños llenan de luz los ojos de Adela.

Recargada aún en el pirú, recuerda cuando Genovevo llegó un día a su casa y le dijo a sus papás: “Vengo por Adela, me la voy a llevar a vivir conmigo.” La sorpresa fue contundente ¿Cuándo se habían conocido? ¿Cómo se fue a fijar su hija en ese hombre? Al principio ninguno de los dos habló, sólo voltearon a ver a su hija; ella, callada, miraba el suelo.

─ ¿Y para cuándo es la boda? ─preguntó tímidamente el papá.
─ ¿Boda? ¿Para qué? Nos queremos y no necesitamos esos enredos.

Genovevo era albañil y trabajaba por temporadas largas en algunas poblaciones grandes, aunque estuvieran muy lejos de El Llano, la ranchería donde vivían los dos. Era pendenciero y mujeriego, además de gustarle la bebida, pero era ese su atractivo para las mujeres de su pueblo. Muchas veces, Adela se preguntó si todas las mujeres serían tontas como ella ¿Cómo era posible que ese hombre la hubiera cautivado? Sin embargo, en su momento, ella se sintió feliz porque a sus veinte años había sido la elegida ¿Quién no hubiera querido estar en su lugar?

─ ¿Tú que dices, hija? ─le preguntó su padre con la esperanza de escuchar un “no me voy, yo me quiero casar.” pero la respuesta fue otra.
─ Que sí me voy.
─ Pero ¿Por qué tanta prisa? Si ya metieron las patas, no importa, se pueden casar, al fin que nadie lo va a saber ─la voz del papá se escuchaba suplicante. La mamá, atrás, con su rebozo a media cara, sollozaba casi en silencio.
─ Es más, Adela ─dijo con insolencia Genovevo ─si quieres venirte conmigo, agarra tus trapos y vámonos, si no, no me hagas perder mi tiempo, ya sabes que mujeres me sobran.

Cuando Adela salió con una caja de cartón donde había echado su ropa y otras cosas, se topó en la puerta con su papá; su mamá, siempre atrás de él. Se quedaron mirando sin decirse nada. La apuración de Genovevo los sacó de su mudo desafío. Fue la última vez que los vio. Era hija única y la tristeza los mató. Primero fue la madre. Algunos vecinos, varios años después, dijeron que el padre se dejó morir.

La vida de Adela se convirtió en un infierno a lado de Genovevo. Sabía de sus embrollos con otras mujeres, pero lo aceptaba con resignación: “Es hombre” se decía. Cuando no trabajaba, tampoco permanecía en su casa, llegaba a media noche, borracho y a golpes la violaba, pero ella, soportándolo se repetía: “Ni modo, es mi marido.” Después de tantas golpizas, aprendió a escaparse cuando él llegaba. Se encaminaba al cerro con una cobija y un sarape y se dormía entre los magueyes, el único inconveniente, era en la época de lluvias. Nunca supo cómo la descubrió, pero una madrugada la despertó el dolor de un jalón de cabellos cuando la iba arrastrando.

Al pasar por la nopalera, y por los efectos del alcohol, el hombre se fue de bruces y ella aprovechó para resquebrajarle una piedra en la cabeza.
Cuando llegó a ese momento de sus recuerdos, sacudió la cabeza como si con eso pudiera arrojar fuera de ella todo el sufrimiento de un pasado atormentado.
Le echó un vistazo a su canasta para confirmar la presencia del cuchillo y siguió su camino. Cuando llegó a la nopalera, tenía un brillo diferente en los ojos, con calma comenzó a cortar los retoños más tiernos. Se detuvo un momento y removiendo con un pie la tierra del tronco, exclamó: “¡Ay Genovevo! Hasta que estás haciendo algo bueno.”

MI CUMPLEAÑOS


Sepa qué trae mi tata. Desde hace tiempo está como loco, ya va, ya viene, se agarra los cabellos y los estruja como si se los quisiera arrancar. Cuando entra a la casa me pela unos ojotes, yo no sé si me ve con tristeza o con coraje, o las dos cosas. Le pregunto qué tiene, pero no me contesta, no le insisto porque si se encorajina es capaz de darme con el cinto. Siempre le ha gustado el trago, pero lo que más le gusta es el juego. Todas las tardes sale con su baraja y regresa ya muy noche, se la pasa en el tinacal tomando y jugando. Así lo ha hecho desde que mi mamá se fue con mi padrino, antes no era así.

Últimamente ha agarrado más la bebedera, ya casi no come, yo creo que es porque ya no tiene dinero para jugar. Por faltar y llegar borracho a su trabajo, lo corrieron. Trabajaba en un ranchito, ordeñando vacas y cuidando borregos y chivos. Un día le entró duro al pulque y al aguardiente y se quedó dormido en el pastoreo, ya no encontró dos borregos y un chivo. De buena gente, su patrón no se los cobró, porque eso sí, era muy bueno con nosotros, pero ya no quiso que regresara.

Hace como tres meses tuvo un pleito con don Eugenio, por el juego. Perdió toda su raya y siguió apostando, no tenía para pagar. Los amigos de este señor empezaron a golpearlo. A mí me fue avisar el que sirve los pulques. Cuando llegué lo encontré sentado en un rincón, ensangrentado, me asusté al verlo, pero luego vi que estaba así por la borrachera, estaba dormido. Un señor de edad me ayudó a levantarlo, le pasé su brazo por mis hombros y como pude me lo llevé.

Yo creo que de tanto tomar está quedando mal de la cabeza, a cada rato me pregunta que cuántos años tengo, le digo que diez y que el dieciséis de julio cumplo los once, por eso me llamo Carmelita, porque ese es el día de la Virgen del Carmen. Hoy es dieciséis de julio, hoy es mi cumpleaños, desde tempranito me acordé. Siempre he querido tener una muñeca para jugar, él quedó de comprarme una para este día, yo creo que sí se acordó porque hoy, después de comer, me dijo “agarra tus trapos y vámonos”.

En todo el camino no me ha hablado, me jala con coraje, yo no le digo nada, me aguanto, camino rápido aunque la tierra se me meta entre los huaraches. Ni siquiera me ha ayudado con mi maleta, ni sé para que la traigo.

Me acuerdo que en mis otros cumpleaños mi mamá me hacía de comer carne con chile y calabacitas ¡Cómo me gusta esa comida!, sólo como eso cuando cumplo años porque todo el tiempo comemos frijoles o quelites y chile.

Cuando cumplí ocho, mi mamá me compró un vestido rojo con flores blancas, casi no me lo ponía para que no se gastara, nunca volví a tener otro nuevo. Mi mamá siempre se acordaba de mi cumpleaños, pero nunca tenía dinero. Mi papá, aunque trabajaba, ni siquiera sabe cuándo nací, hasta ahora que vamos al pueblo por mi muñeca.

La gente que vive en las afueras del pueblo sale mientras pasamos, se hablan entre ellos, muy quedito y voltean a vernos, ven a mi papá con coraje, pero él les dice de groserías y se meten corriendo.

Llegamos al pueblo y mi corazón late más fuerte cuando nos acercamos a la tienda de doña Esther, donde están las muñecas.
No nos detenemos allí.
─ Pa, ya nos pasamos ─le digo quedito para no hacerlo enojar. Ni siquiera voltea a verme. Me aprieta más fuerte la mano como si me fuera a regresar, camina más rápido. Ya me cansé, pero no digo nada. Llegamos a una casa bonita, es la mejor del pueblo. Está un señor mal encarado en la puerta. Mi papá sin soltarme lo saluda.
─ Don Eugenio, vengo a pagarle mi deuda, para que no ande diciendo que soy mal jugador, ya cumplió los once.

Francisco Hernández Sánchez
Para la Redacción de Literana
Abril de 2007


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