CONOZCAMOS AL PINTOR JUAN SORIANO


LA LARGA TRAVESÍA DE JUAN SORIANO


 

Por Mauricio Vega Vivas*

El primer contacto que tuve con la obra de Juan Soriano fue a mediados de los años ochenta, en el Museo de Arte Moderno. En una de las salas se realizaba una exposición colectiva de maestros mexicanos y se exhibían dos obras de Juan Soriano, el Autorretrato de 1955 en el que aparece con pincel en mano pintando sobre el horizonte y su San Jerónimo de 1942; retrato masculino de una extraña belleza y perfección estilística. Particularmente guardé en mi memoria de adolescente la imagen del segundo cuadro. Lienzo inquietante y franco cuya manufactura revela todos los atributos plásticos que posee la obra pictórica de Soriano, un excelente dibujo, composición armónica impecable y una concepción del espacio que le permitía crear ambientes verídicos. Pero también en ambas obras es patente su calidad humana, que agrega a sus pinturas ese inusitado atractivo que lo convirtieron prácticamente sin proponérselo, desde temprana edad, en uno de los artistas más reconocidos de nuestro país: la ingenuidad en la elección de los temas que pinta, la ausencia de prejuicios sobre el tema pintado y la franqueza tan singular con que los trata. El más reciente contacto significativo que he tenido con su obra, que no el último, fue su extraordinaria muestra itinerante Esculturas monumentales que se instaló por algunos meses en los extensos jardines del Centro Nacional de las Artes de la Ciudad de México en el año 2005. Nunca antes ni después he experimentado vivencia tan grata con escultura contemporánea. Este conjunto de obras creadas por Juan Soriano en los últimos diez años de su vida son un majestuoso ejemplo del rumbo que, en mi opinión, podría tomar la escultura actual recuperando muchos de los valores y principios estéticos de la escultura clásica. Se trata de 11 esculturas gigantes hechas en bronce, metal dúctil e imperecedero, que conecta a la obra escultórica de Soriano con obras del pasado fabricadas con el mismo material que, desde el famoso Apolo, el original griego rescatado del mar, ha sido el metal elegido por los escultores para crear obras eternas; en general de exhibición pública. En los amplios jardines del CENART, las esculturas de Juan Soriano eran gigantes que acompañaban al caminante y producían un entorno lúdico difícil de reproducir. Un domingo en la mañana los niños podían aproximarse a esos gigantes, rodearlos, palparlos, atravesarlos e incluso no faltó quien, invitado por esa fascinación casi infantil que provocan particularmente sus esculturas, se atreviera a sentarse sobre la corpulenta masa del magnífico Toro que yacía sobre el césped; como un fabuloso guardián de los jardines.

Autorretrato


Juan Soriano nació en Guadalajara, Jalisco, el 18 de agosto de 1920. Hijo del revolucionario y burócrata Rafael Rodríguez Soriano y de Amalia Montoya Navarro, cuyo nombre completo es Juan Francisco Javier Rodríguez Montoya; pero que es conocido desde la adolescencia como Juan Soriano, por el segundo apellido de su padre. Fue un niño tímido y retraído que creció rodeado de mujeres; sus cuatro hermanas mayores, las nanas de la familia, veintitantas tías y las mujeres que por una u otra razón buscaban asilo en casa de los Soriano. El pequeño Juan sufría para relacionarse con los chicos de su edad, era pequeño, ingenuo, debilucho, según apunta Elsa Rodríguez en una nota crítica, y agrega, "su madre solía llamarlo corazón de pollo", "a todo le tenía miedo; una vez que mató a un pájaro con una resortera se pasó todo el día vomitando" (1). Aunque le gustaba dibujar desde muy chico, motivado por los elogios frecuentes de todas las mujeres de la casa, su vocación por el arte surge en su trato con el anticuario y artista Jesús Reyes Ferreira cuando apenas había rebasado los doce años. Amigo en realidad de su hermana Martha, diez años mayor que Juan, en la casa y el establecimiento de "Chucho" Reyes tuvo contacto por primera vez con obras originales de arte y reproducciones de pinturas europeas, libros y revistas especializadas. Poco después su hermana Martha lo inscribe al estudio del pintor Francisco Rodríguez "Caracalla", donde dibuja y pinta por primera vez de manera constante. En 1934, apenas con catorce años de edad, participa en su primera exposición con los compañeros del taller en el Museo Regional de Guadalajara, en la que expone algunos retratos y naturalezas muertas.

En 1935 cambia su residencia a la Ciudad de México alentado por Lola Álvarez Bravo, María Izquierdo y José Chávez Morado que visitan la exposición. Vive inicialmente en casa de unos familiares y de su hermana Martha, pero pronto consigue trabajo como profesor de pintura en una escuela primaria, lo que le permite independizarse. Cambio brusco para quien apenas salía de la adolescencia y no tenía aún bien perfilado su futuro, aunque todos a su alrededor parecían tenerlo en claro: "Juan, vas a ser pintor". Le repetían una y otra vez quienes veían alguna obra suya (2). El mismo Juan Soriano lo confiesa en una de las tantas entrevistas que se le hicieron a lo largo de su vida: "Llegué a México en el año 35, venía de Guadalajara. Tenía quince años y tardé cuarenta en volver. Me causó tal sufrimiento dejar Guadalajara que le tomé odio. Entonces no quería apegarme a nada. Para mí la ciudad de México era el extranjero: difícil, gigantesca, inhóspita. Sufría mucho la pérdida de mis amigos y tenía muy viva la imagen de la provincia. Yo sufrí mucho de niño, no me gustaba ser niño. Vine a vivir en casa de mis tíos porque quería alejarme de mi familia, ¡no la soportaba! Todo lo que yo hacía les molestaba, les parecía que mis aficiones de pintor me iban a llevar a la perdición, a convertirme en un paria". Aunque no recibe una formación académica superior, estudia finalmente en la Escuela Nocturna para Obreros, siendo uno de sus maestros el experimentado pintor de origen español Santos Balmori. Después de 1936 entra en contacto con intelectuales, escritores y pintores de la época como Octavio Paz, Frida Kahlo, Lupe Marín, Salvador Novo, Carlos Pellicer y Xavier Villaurrutia. En 1937 ingresa a trabajar como profesor de dibujo en la escuela de pintura del INBA La Esmeralda, en la que se desempeñará como docente durante treinta años, hasta su jubilación en 1967. En 1941, a raíz de una exposición en una galería dependiente de la UNAM, Octavio Paz escribe el ensayo "Rostros de Juan Soriano", con lo que principia definitivamente su fama y prestigio como pintor. Octavio Paz lo llamará "niño de mil años", palabras que en un principio lo incomodaron, pero que a la postre lo identificarán como un pintor de la ingenuidad; de eterna alma de niño.

Pita Amor


Uno de los sucesos más significativos en la vida de Juan Soriano en los años cincuenta, fue sin duda la terrible depresión que sufrió a finales de esta década. Pasó largos meses en los que la melancolía y la profunda tristeza le impedían trabajar. Pero así como vino, se fue. Siempre recordará en charlas y entrevistas aquella experiencia desagradable que, sin embargo, reforzó su decidida vocación por el arte, pues fueron realmente el dibujo y la pintura las que paulatinamente lo volvieron a la normalidad. Después de 1960 sus viajes a Europa son constantes, sobre todo a Francia e Italia. Finalmente adquiere un departamento en la ciudad luz en 1975 y decide repartir su residencia entre París y la Ciudad de México. El año de 1975 también es significativo en su vida y en el giro vertiginoso que da su obra a partir de esta fecha, por el encuentro y la íntima amistad que establece en París con Marek Keller; quien se convertirá en adelante en su representante, figura fundamental en el desarrollo, la difusión y los alcances de su obra futura. A partir de 1976 los premios y reconocimientos de instituciones y gobiernos se multiplican, obtiene en 1978 la beca de apoyo a creadores distinguidos otorgada por Fundación Cultural Televisa con un monto que le permite producir con menos preocupaciones. En 1984 el Instituto Cultural Cabañas le otorga la Medalla de Oro a la Excelencia y en 1985 el INBA celebra sus cincuenta años de actividad artística con una exposición homenaje en las salas principales del Palacio de Bellas Artes; que viaja por los principales museos del país. En 1987 el gobierno mexicano le otorga el Premio Nacional de Ciencias y Artes, reconocimiento a su larga trayectoria como creador, que recibe de manos del presidente de la república; y el gobierno de Jalisco, su estado natal, le otorga a su vez el Premio Jalisco de Arte.

l942


Pero sin duda, al margen de los premios nacionales e internacionales que significan un reconocimiento a su obra y que tienen su culmen con la entrega del Grado de Oficial de la Legión de Honor que le otorga el Gobierno de Francia en 2004 y el Premio Velázquez de Artes Plásticas otorgado por el Ministerio de Cultura del Gobierno de España y entregado por sus Majestades los Reyes de España en 2005, fueron las constantes transformaciones que sufrió su producción a lo largo de su vida las que dieron pie a su extraordinaria proyección como artista plástico. Su capacidad creativa y su natural inclinación por la libertad y la búsqueda de rumbos personales lo llevaron a incursionar en todos los géneros de la producción plástica. Si en los primeros años de su vida artística se reservaba dudas sobre su capacidad para llegar a ser un buen pintor, su larga travesía por el mundo del arte lo llevó de la pintura al dibujo introspectivo de una extraña originalidad, éste a la ilustración de portadas e interiores de libros lo mismo de Octavio Paz que de Sergio Pitol y otros amigos literatos; y su relación con sus amigos escritores a su vez lo llevaron a incursionar en el diseño de vestuario y escenografía como uno de los principales promotores de aquél mítico proyecto teatral impulsado por Juan José Arreola y Octavio Paz llamado Poesía en voz alta. De igual manera, en los años cincuenta trabaja con pasión en la creación de esculturas en cerámica que, paradójicamente, cuatro décadas después darán un impulso grandioso y definitivo a su obra al ser el germen de sus esculturas monumentales. La mayoría de sus gigantes de bronce eran pequeñas obras maestras de terracota desde los años cincuenta, el Gallito, el Toro o el Pájaro de dos caras fueron creaciones íntimas cuyas principales virtudes eran su sencillez e ingenuidad originales. Pero el "agrandamiento" de aquellas pequeñas obras maestras hacia mediados de los años ochenta trajeron a la vida de Juan Soriano una proyección y presencia públicas que curiosamente sólo es comparable a la obra de los grandes muralistas mexicanos de los años treinta y cuarenta y que el propio Soriano vio siempre con desconfianza. Simplemente por el alto contenido ideológico de las obras de Rivera, Orozco y Siqueiros y de las que ciertamente son ajenas sus gigantes de bronce que han cobrado vida propia y son hoy en día verdaderos íconos de la cultura y la identidad mexicanas del siglo XXI, como la fabulosa Paloma que levanta el vuelo a las afueras del museo MARCO de Monterrey o la famosa Luna, que en la explanada de acceso al Auditorio Nacional en la Ciudad de México da la bienvenida a miles de visitantes a noches de música, ilusión y fantasía.

NOTAS
1. Elsa Rodríguez Osorio, "Las confesiones de Juan Soriano", en Catálogo del Salón Nacional de Artes Plásticas, Sección Bienal de Crítica de Arte 1984, Premio Nota Crítica, pags. 44-48.
2. Luz García, "Juan Soriano, Premio Velázquez de Las Artes Plásticas 2005", en revista mensual Universo de el búho, director René Avilés Fabila, Año 6, Núm. 64, junio de 2005, pags. 17-27.

*Mauricio Vega Vivas es profesor, artista plástico, historiador y crítico de arte. Estudió la Licenciatura en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es miembro de la revista La Pluma del Ganso desde el 2002 y coordinador de artes visuales de la misma a partir del año 2003. Ha escrito textos de crítica para diversos pintores y grabadores mexicanos. E-mail de contacto:
mauriciovega@prodigy.net.mx
www.literana.com

EL ARTE EN NUESTRAS MANOS


APUNTES PARA UNA HISTORIA RAZONADA DE LA PINTURA EN MÉXICO


Por Mauricio Vega Vivas *

Durante los últimos años de mi Licenciatura en Historia, inclinado definitivamente hacia el estudio del arte, visité muchas veces la Pinacoteca Virreinal de San Diego, hoy desaparecida, que estaba ubicada hacia el poniente de la Alameda Central. Tengo que admitir que antes de estos años, aunque conocía la mayoría de los museos de arte existentes en los años ochenta en la Ciudad de México, la antigua Pinacoteca me resultaba poco interesante. Fueron las clases de Arte y Pintura Colonial en México, que sabiamente encabezaba el maestro Rogelio Ruiz Gomar, las que despertaron en mí esa devoción por las obras de Luis Juárez, Sebastián López de Arteaga y Miguel Cabrera entre tantos otros maestros novohispanos. La Pinacoteca, habilitada en los años sesenta en lo que fue la iglesia del Convento de San Diego, era en mi opinión un recinto ideal para el montaje y la exhibición de esas obras maestras de la pintura colonial. Sin embargo, aunque el entorno arquitectónico era perfecto para la apreciación de tablas y lienzos, flotaba siempre en el ambiente un cierto aire de marginación y abandono que en general percibía el visitante.


Sebastián López de Arteaga
"La Crucifixión"
Oleo sobre tela
2.65 x 1.87 m

Al ingreso, siempre lo recibía a uno la semipenumbra que acompaña a todo aquél que ingresa desde la luz del exterior a una iglesia colonial y el inconfundible olor de la madera vieja, la humedad y el encierro. Ya en el interior, casi siempre vacío, un viejo mostrador recibía al visitante en el que detrás un desmañanado custodio indicaba casi invariablemente que el acceso era gratuito en los últimos años. Delante, un par de escalones de cantera enfilaban directo hacia la nave de cañón a cuyo final, en donde debió situarse el ábside de la iglesia, el monumental lienzo de José Juárez el Martirio de San Lorenzo remataba el recinto. El recorrido museográfico se iniciaba con la obra de Alonso López de Herrera, La resurrección, óleo sobre tabla de extraordinaria manufactura cuyo trazo anatómico del cuerpo de Jesús siempre me detenía para admirar el escorzo de los pies atravesados.

Pronto se abría ante el visitante el amplio muestrario de la pintura producida en tierras de la Nueva España, desde mediados del siglo XVI hasta principios del XIX. Era sorprendente cómo podía el recinto aquél, pequeño en realidad para el número de años de la historia de la pintura en México que pretendía cubrir, albergar obras tan distantes en tiempo y estilo sin perder cierta unidad museográfica. Pues lo mismo mostraba tanto obras de un claro estilo manierista tardío como lo son las obras de Luis Juárez, cuanto obras del neoclacisismo de Rafael Ximeno y Planes.
Todas en un monótono periplo por tres siglos de historia de la pintura novohispana, que más parecía en ocasiones un recuento caótico de pintores y obras sin patria ni legítima existencia. El visitante tenía siempre la impresión -yo al menos- que aquella era la exhibición de una colección de pintura ajena, no precisamente mexicana, que, sin embargo, transmitía un cierto aire de familiaridad con nuestro entorno mestizo. Es la suerte que corrió todo el pasado colonial al triunfo de la Guerra de Independencia en México. Un destino de denigración y desprestigio que aún no termina.
En algún sentido la colección no era otra cosa que un recorrido pictórico por el arte, la religión y la ideología del arte del conquistador, del español avecindado en estas tierras, pero al fin un extraño, un extranjero.
Y esto es cierto en el caso de la mayoría de los pintores de mayor prestigio de aquellas tierras de la Nueva España. Muchos de ellos procedían de las provincias españolas, alguno de Flandes en los países bajos, como el fallido Simón Pereyns. Los pintores nacidos en tierras americanas eran pues hijos de maestros europeos que simplemente heredaron el oficio del padre, criollos con pleno derecho. Pronto encuentra uno que incluso pintores mestizos, mulatos o acaso de origen indígena, como son José de Ibarra o Miguel Cabrera, negaban su pasado y filiación.
Sin duda, por evitar la discriminación de que eran objeto el indígena y el mestizo y todas las demás castas durante el Virreinato. No es de extrañar que décadas después de la desaparición de la Nueva España, el mismísimo Porfirio Díaz, que compartía con el pintor más prolífico y famoso que vivió durante la Colonia, Miguel Cabrera, lugar de origen y ascendencia mixteca, renegara de ello e incluso blanqueara su tez morena con polvo de arroz y algún otro mejunje.


Luis Juárez
"El arcángel San Miguel luchando contra el demonio"
Oleo sobre tela
Siglo XVI

Estas líneas de nostalgia vienen a apropósito de mi reciente visita al Museo Nacional de Arte (MUNAL) a donde fueron a parar las obras pertenecientes a la antigua Pinacoteca y donde actualmente se exhibe la mayoría de las pinturas. Cuando se anunció a finales de los años noventa la desaparición de la Pinacoteca de San Diego, cuyo recinto lleva hoy un nombre y extraño destino para su historia y prosapia: Laboratorio Arte Alameda, acudí nuevamente para encontrarme por última vez con esas por mi admiradas y hasta amadas pinturas novohispanas, en ese entorno tan apropiado para su exhibición. Hoy, aunque reconozco la revaloración nacional hecha a la pintura colonial al integrarla de hecho al discurso de la historia de la pintura mexicana en el MUNAL, el museo de arte más importante de México; no dejo de añorar a la vieja pinacoteca.
Las paradigmáticas obras de José Juárez, Sebastián de Arteaga, José de Ibarra y Miguel Cabrera entre otros muchos, sin duda cuelgan desde hace ya algunos años en salas de exhibición cuyas dimensiones dan espacio y aire para su mejor contemplación y estudio, lo que el visitante agradece; yo entre todos. Pero a la vez no deja uno de pensar y en alguna forma lamentar también, el que esas maravillas novohispanas hayan sido literalmente arrancadas de los espacios arquitectónicos religiosos para las que fueron expresamente pintadas, y que el recinto museístico adecuado que las albergó por más de veinte años, análogo de aquellos a los que pertenecían, también haya sido despojado completamente de su destino original de culto y devoción; para exhibir hoy toda suerte de artes experimentales en muchas ocasiones de incómoda visita por lo inadecuado del espacio. Pues sin duda el arte contemporáneo merece sus recintos propios de exhibición, donde pueda además generar su propia y legítima historia dentro del devenir del arte en México.

*Mauricio Vega Vivas es artista plástico y crítico de arte. Estudió la Licenciatura de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

**El texto y las imágenes de este artículo tienen como único fin difundir y contribuir al conocimiento e investigación de la obra de los artistas que aquí aparecen.