Técnica del Acercamiento

 

 

Me acerqué a su cara. Lo primero que vi fue una roncha a punto de volcar su contenido, y una piel fina, lustrosa, brillante; y sus dedos se apartaron de su mano, subiendo hasta su cara para hacerse a un lado los cabellos negros, y quedaron al descubierto sus dos ojos.
Esos dos ojos que se abrían y se cerraban, como invitando a dormirse. Y se abrieron por fin los ojos, y encontré a las dos pupilas, perdidas en medio de la inmensidad de dos lunas blancas; y la luz se reflejó desprendiéndose cristales: y se abrieron más los ojos, mirando hacia los lados, y se hicieron parte de las aguas, y fue que arrojé una piedra, y se hizo un torbellino que llegó hasta el fondo, abriendo una brecha: el camino hacia el alma. Y el iris se lastimó; se abría y se cerraba dando colores caprichosos que variaban desde un café oscuro hasta un verde olivo, y se cerró en forma definitiva, es por eso que tuve que ir al otro ojo.
Se abría una inmensidad plateada. El lago pupilar lleno de luz estelar, cubierto por un remanso de infinito y profundo como un pozo.
Cerré mis ojos y me dejé caer por ese vacío, y mientras caía, sentía que el agua me mojaba, cubriéndome sin dejar ver nada, y entonces fue que llegué al otro lado del lago, asomé la cabeza y me seguía mojando, pero esta vez era algo que llegaba desde arriba.


Era lluvia. Un salpicar de gruesas gotas que sabían a mar, y me di cuenta de que llovía en el alma de aquella persona, y vi la figura de un apuesto muchacho: fino, bien edu-cado, con buena ropa. Lo vi deslizando sus manos sobre otra piel ajena, y sentí el sufrimiento de la pupila, y en medio de aquel lago se formó una isla, y me encontraba empapado de aquella agua salada, y entonces lloré también.


Quise salirme: no es bueno acercarse tanto; se entera uno de muchas cosas, cosas que quizá sean muy dolorosas.
Y vi que aquella mujer tenía la ilusión de amar a aquél hombre, y que estaba dispuesta a otorgar cuanto fuera necesario para hacerlo feliz.
Pero esa ilusión estaba rota, y aquél hombre la había engañado: había utilizado sus sen-timientos para su diversión, y eso explicaba la tristeza del lago de sus ojos, y esa expre-sión tan letárgica…¡ Pobre mujer despojada de la ilusión del amor ¡
Y me salí de sus ojos, y abrí los míos. Ahí estaba ella, llorando, y yo junto a ella; y ella iba a empezar a explicar, a contarme cómo había sido.
De sus labios brotaba ya la primera queja, un recuerdo amargo en una palabra oscura.
Y me compadecí de ella.
Le tapé la boca con mis besos.
Yo no necesitaba que me explicara nada. Y vi como el lago de sus ojos se agitaba: después no supe de mí, ni ella de ella misma.
Creo que me enamoré.

Bertha Sánchez De la Cadena.

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