Cuando el médico terminó de explorarlo y leía los resultados de los exámenes de
laboratorio en los que fijaba la vista, le preguntó a manera de regaño:
-¿Toma sus medicamentos y hace dieta cómo yo le recomendé?
Don Luis, sonrió con ironía antes de escucharse decir una mentira:
-Claro, doctor-
El endocrinólogo también sonrió un instante, pero luego adquirió un aire de seriedad
cuando pensando en que es la neuropatía diabética, la que tras afectar al nervio óptico,
termina por dejar ciego a los diabéticos. Así que concluyó la consulta con una recomendación:
-Le voy a dar un pase para el Oftalmólogo. Quiero que lo revise. Espero que vaya.
Don Luis regresó a su casa a sus tareas de siempre: la lectura y traducción de diversas
obras literarias. Aunque últimamente, no eran precisamente “obras” lo que la editorial le
encargaba traducir. Su secretaria, políglota como él, notaba el desdén con el cual
don Luis se refería a último libro que traducían del alemán:
-Bien, continuemos con la traducción de este librejo.
Sólo una cuartilla fue traducida aquel día, y la secretaría de don Luis, se retiró pensativa
a su casa:
“Pobre de don Luis, la diabetes lo esta acabando”
Una vez sólo, don Luis pensó en que si el endocrinólogo le enviaba con el oftalmólogo
era porque su ceguera sería total en poco tiempo, tal y como él lo temía.
Tan concentrado estaba en sus pensamientos que olvidó tomar sus tabletas
hipoglucemiantes y el inyectarse su dosis nocturna de insulina.
Esa noche tuvo un sueño sensacional: soñó en una ciudad de libros, en Alejandría, en
cuya alta y honda biblioteca, erró por sus lentas galerías, ahí encontró diversas
enciclopedias y atlas de oriente y occidente.
Encontró en esos libros: siglos, dinastías, símbolos, cosmos y cosmogonías...
Al otro día, por la mañana en que despertó, pudo recordar íntegro su sueño.
Repasó mentalmente cuál había sido su itinerario del día anterior, con el animó de
encontrar una relación causa efecto entre lo que había hecho y lo que soñó.
Llamó a su secretaria y le pidió que como ayer, se presentara sólo por la tarde a su casa
También en ese día, sólo una cuartilla tradujeron. Y al llegar la noche, esta vez
de manera conciente, no tomó sus tabletas hipoglucemiantes ni se aplicó la insulina.
El sueño se repitió, sólo que esta vez pudo leer otros libros, otras verdaderas obras.
El sonido del timbre lo despertó. Después de abrir la puerta, y sin dejar pasar a su
secretaria, le dijo:-Tómese el día. Venga mañana por la tarde- Al ver la incredulidad en
su cara, agregó: No pasa nada, sólo que hoy quiero dormir y soñar un poco más...
Nadie podrá decir que no lo meditó. Lo hizo, y mucho. Al final tomó una decisión:
En el resto del día no ingeriría sus tabletas ni se aplicaría insulina. Así, seguro, tendría
más tiempo para leer todos aquellos libros, que en la biblioteca de
Alejandría le esperaban.
En la tarde del siguiente día, ante el temor de la secretaria, hubo que llamar a la policía,
los bomberos y a un cerrajero, pues ante los insistentes timbrazos, don Luis nunca
abrió la puerta. Encontraron a don Luis en su cama. Su respiración era dificultosa
y tenía un extraño tufo a manzanas podridas.
El endocrinólogo diagnosticó:
“Es un coma ceto-acidótico”, pero como la secretaria no entendió que era eso, sólo atinó a agregar:
-Parece que estuviera dormido. Mírelo, si hasta sonríe-
Y es verdad, don Luis, sonríe, en la biblioteca de Alejandría, al pensar en los versos que
hace tiempo escribió: “Al errar por las lentas galerías/ Suelo sentir con vago horror sagrado/
Que soy el otro, el muerto, que habrá dado/ Los mismos pasos en los mismos días”.
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