LA MAR: AUTOR CESAR LUNA SOLAR

La Momia Maya o el Último de los Cocomes


La Zona Arqueológica de Milpa Alta, en las cercanías de la gran urbe mexicana, parecía haberse agotado, no teniendo ya que ofrecer a los estudiosos del lugar.
Esa mañana del sábado 7 de julio de … se encontraban el maestro Juan Crisóstomo y su aprendiz Guillermo Meztli, conversando sobre historia y arquitectura.
Ambos eran descendientes directos de los nahuas y se conocían de tiempo atrás: Juan, el mayor, había sido vecino de Xochimilco desde su nacimiento en el año de 1939. Guillermo, el más joven, acababa de cumplir 27 años en enero pasado.
Los dos eran de tez morena y cabello oscuro. El alumno un poco mas alto que su tutor y éste, algo más rollizo. Podían comunicarse entre sí tanto en español como en náhuatl y se tenían en gran estima el uno con el otro, ya que compartían la misma pasión por sus raíces y una gran admiración por sus antepasados.
Guillermo había sido un chico inestable: de pequeño, cuando su madre lo dio a luz, él había llegado al mundo en medio de un silencio aterrador. Estaba morado y no podía respirar, la comadrona lo tomó en brazos y lo sumergió varias veces en agua helada, no sin antes darle la bendición y pedir perdón por haberlo bautizado.
El bebé volvió a la vida después de haber sido introducido la tercera vez: tosió y escupió algo parecido a un enjambre verde; de inmediato adquirió un color tostado y comenzó a llorar. Todo esto lo platicaba la madre con lágrimas en los ojos, dando gracias a Dios de que su hijo estuviese vivo y considerando un verdadero milagro su existencia.
El niño creció enfermizo: desde su primer año desarrolló una enfermedad que lo privaba del conocimiento, obligándolo a caer al suelo sacudiéndose sin control.

Fue diagnosticado como epiléptico por uno de esos doctores que a todo le quieren dar nombre, pero sus padres se negaron a aceptarlo, por lo que no le dieron la medicina.
De esa forma, los estudios de Guillermo se vieron interrumpidos por ataques que lo sorprendían tanto en la calle como en la escuela o en cualquier otro lugar, aún así logró terminar la preparatoria y decidió ingresar a la Facultad de Medicina.Deseaba ser doctor
para conocer el origen de los males del cuerpo, mas su propia condición de enfermo le impidió tener la preparación suficiente para aprobar los exámenes y realizar las pesadas guardias que exige la práctica médica, por lo que renunció, buscando posteriormente al que había sido su maestro de historia en la secundaria, el arqueólogo Juan Crisóstomo, quien lo introdujo a la magia del pasado, logrando despertar el interés del muchacho, que en esos momentos se encontraba un poco decepcionado por su fracaso anterior.
De esa manera se volvieron a cruzar sus caminos, y aquella mañana la charla tomaría rumbos insospechados:
-¿ Ya leíste el libro que te presté?- Le preguntó Juan a su alumno.
-¿ El que habla de historia de los mayas y de cómo están conectadas la presencia de Quetzalcóatl con la de Kukulkán en Yucatán?- Contestó a la vez preguntando.
El mismo, y habrás notado que en esas páginas se relata otra historia muy especial-
¿ Historia especial? ¿ A qué se refiere exactamente, porque la verdad no noté nada más..?- Dijo Guillermo.
¡ Ay, ustedes los jóvenes! Leen sin leer: no me vas a decir que no te llamo la atención la historia del último de los cocomes.
¿ Del último de los qué? - Preguntó todo desorientado el chico.

Del último de los cocomes, así tal cual lo estás escuchando, y para resaltar su importancia, y no teniendo aquí ya mucho que excavar, voy a transmitírtela con la mayor precisión posible.
Se cuenta que después de la fundación de Tula, llegó a ella un hombre blanco, barbado, de ojos azules, guiando a un pequeño grupo con los que se estableció en la capital tolteca.
Aquel lo llamaban Quetzalcóatl, que significa SERPIENTE EMPLUMADA, y lo adoraban como a un Dios. El fue justo y bueno: Enseñó al pueblo a amar la virtud y a aborrecer el vicio. Les dijo cómo cultivar la tierra y logró hacer de Tula la más grandiosa ciudad de su época; esto sucedió alrededor del Quinto Sol. Pero esta edad, también conocida como Sol en Movimiento, tenía marcada el levantamiento de los adoradores del Dios Tezcaltilpocatl, que significa ESPEJO HUMEANTE, los cuales estaban disgustados porque no se les permitía realizar sacrificios humanos para aplacar la ira divina de este Dios, relacionado con la guerra y la oscuridad.
De esta forma, Quetzalcóatl, por muchos conocido como Dios del Viento, tuvo que huir hacia el Golfo en compañía de cuatro jóvenes. Al entrar en la cuenca del río Coatzacoalcos, le ordenó regresar a uno de ellos con el mensaje de que en poco tiempo habrían de venir por mar desde el oriente, hombres semejantes a él, quienes se apoderarían de estas tierras.
Así fue como este príncipe o Dios llegó con tres fieles guerreros hasta las costas del sur, en Yucatán, y fundo con ellos la ciudad de Mayapán, siendo conocido como Kukulkán que también significa SERPIENTE EMPLUMADA en idioma maya.

Aquí es venerado como a un Dios, pero una vez que logra establecer la paz y el progreso de los pueblos mayas, decide regresar a las lejanas tierras de donde procedía, por lo que deja la ciudad en manos de la rica familia de los cocomes, no sin antes verificar la alianza con los pueblos vecinos, formando la Liga de Mayapán, constituida por tres principales ciudades mayas, siendo las otras dos la ciudad de Uxmal, habitada por los Tutulxiúes, y Chichén Itzá, la de los cenotes sagrados, por los Itzáes.
Así transcurrió un tiempo, pero la codicia y la tiranía de un gobernante de los cocomes, hizo que el pueblo y los caciques de las otras comunidades se sublevaran, tomando por asalto la ciudad de Mayapán hacia el año de 1450, con lo que se rompió la alianza y se destruyeron entre ellos mismos. Cuentan que los tutulxiúes, locos por los deseos de venganza, dieron muerte horrible a los cocomes, ofreciéndolos en sacrificios colectivos, donde después de despellejarlos, les extrajeron el corazón para alimentar a Xtab, diosa del crimen y siempre sedienta de sangre, y para completar la matanza a su satisfacción, colocaron los cráneos de las víctimas en hileras a manera de ofrenda permanente.
Llegó la calma aparente, creyendo que habían exterminado a todos los cocomes, pero cuenta la leyenda que uno solo sobrevivió, un joven llamado Pizlimtec, quien después sería adorado como Dios de la Poesía, descendiente directo de Kukulkán, salvándose de morir gracias al amor de una hermosa sacerdotisa del templo de la ciudad de Uxmal.
………………………….
En esta parte, Guillermo, que había permanecido callado durante todo este tiempo, se atrevió a interrumpir a su maestro, quien tomaba un breve descanso para poder continuar la historia.


¿ Cómo puede alguien salvarse por “ amor”?- Le preguntó.
Ese fue un hecho poco claro, que habrá que investigar ¿ no te parece un buen pretexto para dejar las excavaciones y adentrarnos por tierras mayas?-
¿ Pero qué es precisamente lo que espera encontrar allá, maestro?-
Ni más ni menos que a la momia del último de los cocomes-
No estará hablando en serio- Dijo el muchacho algo incrédulo.
Muy en serio, hijo: Por el camino te iré dando algunos detalles necesarios para poder encontrar la tumba de la momia, y no quiero me mires de ese modo absurdo, no estoy inventando nada. Aquí tengo una reproducción del códice Tro-cortesiano, el cual no ha sido descifrado por los estudiosos en su totalidad, sin embargo, a través de muchos años de dedicación, he podido visualizar algunas pistas, que trasladadas al marco de la historia, me hicieron ver el lugar exacto donde debería estar enterrado el joven Pizlimtec. Y ya que deduzco por tu cara que te niegas a creer lo que te digo, te invito a la expedición que realizaré a Yucatán.-
¿ Y por qué hasta ahora?- Preguntó Guillermo.
No es algo improvisado como pudiera parecer: Me he estado preparando por años y estoy convencido que ha llegado el momento de descubrir el secreto de la momia del último de los cocomes. Pensé en invitarte a ti ya que sé eres un joven atrevido y de esa forma darte la oportunidad de descubrir junto conmigo este gran suceso.
………………………….
Se sabe que los mayas tenían diferentes formas de enterrar a sus muertos, que iban desde los simples hoyos hasta vasijas de barro, después de incinerarlos, pasando por cuevas, fosas y cámaras mortuorias.

De acuerdo al rango del personaje era su forma de ser enterrado: Al igual que los egipcios, contaban con ataúdes, solo que estos eran hechos de losa o tallados en piedras que depositaban en las cámaras funerarias. También se acostumbraba a enterrar parados a los jóvenes, sobre todo a los guerreros, en cuevas o chultanes.
Juan Crisóstomo le explicó a Guillermo que se creía que Pizlimtec había sido enterrado de pie, en las paredes de una profunda cueva a la cual únicamente se tenía acceso a través de un cenote sagrado.
El lugar probable nunca había sido explorado debido a que eran muy pocos los que lo relacionaban con la tumba de la momia, en caso de que esta existiera, además, tampoco había mucho interés, ya que se trataba de un refugiado, seguramente carente de joyas.
Así fue que viajaron a Yucatán en autobús, ya que al profesor le daban pánico los avio-nes, y se instalaron cerca de Chichen Itzá, en una cabaña que pretendía funcionar como centro de operaciones durante la expedición.
Desde la primera noche a su llegada, se dedicaron a revisar las copias de los códices y demás documentos y anotaciones que Juan Crisóstomo había hecho por casi 20 años.
Según lo que había podido interpretar el maestro, los glifos indicaban una ruta acuática: Seguramente un río subterráneo por el que se llegaba hasta el cenote sagrado. El pro-
blema consistía en pasar desapercibidos, por lo que idearon un plan.
Irían al parque desde la mañana como dos simples turistas y pagarían su entrada: para no despertar sospechas, permanecerían todo el día ahí hasta cerca de la hora de clausura.
Se ocultarían de los vigilantes y esperarían la noche: con la ayuda de la oscuridad inicia-rían el nado hasta dar con el cenote, una distancia aproximada de 3 kilómetros.


Así lo hicieron, no sin antes ejercitándose para adquirir la necesaria condición física para la travesía: En el momento oportuno, se colocaron los salvavidas y se lanzaron en medio de las tinieblas apenas instaladas. Prendieron las linternas, sin las cuales era prácticamente imposible avanzar. En el segundo descanso o respiradero, Guillermo escuchó un grito: era su maestro, quien se había lesionado el tobillo al golpeárselo con una saliente de roca. El joven regresó para ayudarlo, pero éste le indicó que debería seguir sin él.
El chico titubeó pero se dio cuenta de que era tarde para dar marcha atrás: Juan iba a estar bien y podía nadar hasta la entrada fácilmente y esperarlo en la cabaña.
Se volvió a sumergir en el agua helada: el avance era en extremo difícil por la poca iluminación de la ruta y lo serpenteado del camino, así como por la presencia de las salientes rocosas que ponían en constante peligro al cuerpo del nadador.
Después de varias horas, Guillermo logró llegar al cenote: tenía el aliento cortado y visualizo la señal que consistía en un laurel creciendo en una inmensa roca. No había duda, era la entrada a la cámara mortuoria, mas era imposible hacer mover a la piedra ni siquiera un milímetro: pero habían contado con eso, y dinamitó como todo un profesio-nal, dejando libre apenas un pequeño espacio por donde pasaría doblado y a gatas.
Se arrastró hasta llegar al interior de la cueva: ya adentro, sintió como una especie de asfixia; era evidente que el aire no había estado ahí por siglos.
Por el agujero antes hecho, entró lentamente el vital oxígeno, con lo que el joven recuperó su respiración normal. Luego se dirigió hacia la pared de enfrente, palpó la roca y comprobó que había sido alguna vez removida….

 

Sacó una pala con la que inició la excavación; fue relativamente sencillo y rápido ya que la humedad de la tierra hacía que esta se despedazara ante sus narices.
Tocó algo que sonó a madera: sorprendentemente se conservaba intacta, sin signo de putrefacción, y tenía el tamaño de un individuo de mediana estatura. La colocó en el suelo y le quitó los clavos…
Hasta aquí apenas si tenía conciencia de lo que estaba haciendo: Había profanado una tumba y el sudor corría por su rostro; se limpió la cara con la manga de su camisa y continuó. Al poco tiempo descubrió el sarcófago de la momia: Representaba éste a un hombre joven, no muy alto, con el cráneo dolicocéfalo y una piedra en medio de los ojos para hacerlos bizcos. En la cabeza traía colocado un penacho de largas plumas de quetzal combinados con yelmos de águilas y jaguares.
Los ojos estaban simulados con dos piedras de jade con las pupilas encontradas hacia el centro, y la vestimenta se dibujaba como un taparrabo de algodón bordado y un ancho cinturón también de jade y oro. Por último, unas sandalias de cuero con adornos de borlas; debajo de esto debía estar los restos del muerto…
Apenas si estaba reflexionando sobre esto, cuando la tapa se levantó con tal fuerza que lo obligó a retroceder: la momia quedó entonces al descubierto, envuelta en tiras de manta que tan sólo dejaban ver sus azules ojos con estrabismo.
Guillermo dio un tremendo grito al comprobar que la momia lo miraba, mas teniendo la vaga conciencia de que ahí era muy difícil que alguien lo escuchara, decidió regresar rápidamente hacia la entrada, y como pudo, salió del lugar por el mismo camino que había despejado un rato atrás.


Tardó casi dos días en recuperarse del susto, en compañía de su maestro, a quien no dejaba de contarle una y otra vez lo que había visto. El profesor a su vez, ardía en deseos de que Guillermo estuviera listo para regresar a la cueva y terminar las investigaciones, pero éste aún tenía algo de miedo.
A la tercera noche sucedió algo inaudito: Se encontraban acostados cuando un sonido parecido al de miles de mosquitos zumbaron perturbando su sueño. Se despertaron al mismo tiempo, y su sorpresa superó al terror al comprobar que la momia en persona estaba con ellos en el cuarto de su cabaña.
Se hallaba agachada, semidesnuda, con la casi totalidad de las mantas desgarradas. Alzó sus ojos, de penetrable azul, y habló en maya las siguientes palabras ( afortunadamente tanto Juan como Guillermo conocían el idioma):
Como ustedes sabrán, hombres estudiosos de tierras de occidente, soy el último de los cocomes. Estando de caza en el bosque, los pájaros me trajeron la noticia de la destrucción de mi pueblo por los úxies, y a la vez me aconsejaron no presentarme.
Sin hacerles caso, dominado por un deseo de venganza, me acerqué lo más que pude para sólo presenciar horribles sacrificios: Mataron a todos, nobles y esclavos, y fui testigo del desollar de cientos de guerreros ofrecidos a la diosa Xtab. Comprendí que Mayapán estaba en ruinas y nuestra raza aniquilada, y traté de huir, pero cerca de unos cenotes me interceptaron unas doncellas que servían a la sacerdotisa de Uxmal, conocida como Xzuhuykaak.
Al verme de color de piel y ojos diferentes a los suyos, se rieron, tomándome como rehén al que llevaron ante su ama con tal de descubrir si mis ojos eran verdaderos.

Para entonces yo estaba muy débil, pues llevaba varios días sin comer. Entre sueños, pude contemplarla, y quede convencido de que era una diosa: Con un huipil ricamente bordado, y bajo su larga falda, asomándose sus pies calzados con sandalias labradas, por lo que reconocí su rango. Sus brazos y su cuello estaban adornados con joyas de jade, obsidiana, concha y hueso: Me sonrió y vi en ese momento brillar un universo.
Sentí sus manos como una braza que me quemaba, y toda su pasión me envolvió al sostenerme ella entre sus brazos antes de caer desmayado.
Me cuidó por tres días y tres noches, y en la tercera luna decidimos amarnos, pero fue algo prohibido tanto para ella como para mí. Las sacerdotisas deben permanecer vírgenes, y por tal motivo debíamos huir antes de ser descubiertos.
Mas su tío, el sacerdote Xchel, quien era adorado como un dios por sus conocimientos en yerbas y medicinas, interceptó nuestra partida justo cuando íbamos a abandonar la ciudad.
Se opuso furiosamente a nuestro amor y se comportaba loco de celos: mi amada le pidió una explicación a su conducta a lo que él le confesó que la amaba.
Se sintió perdida: Llorando, le suplicó a su tío que me dejara vivir a cambio de su vida. El se sentó y estuvo meditando un rato: luego nos dijo que lo único que podía hacer era embalsamarme vivo, ocultarme en alguna cueva a manera de cámara mortuoria haciendo creer a todos que había muerto, para después desenterrarme. De esa forma ella podría mas tarde encontrarse conmigo.
Se mostraba sensato pero yo desconfiaba de su aparente bondad, aún así no teníamos otra salida: Xzuhuykaak debía permanecer virgen para siempre y yo debía ocultarme.

Quiso saber si nosotros nos habíamos amado, pero cuando ella iba a decírselo, nos encontraron los guardias del palacio de Uxmal.
El sacerdote Xchel protegió a su sobrina de las lanzas de los guerreros, pero no pudo evitar que la apresaran, por mi parte, tras una fuerte batalla, quedé inconsciente, y cuando desperté, estaba en una plancha de la sala donde preparan las momias.
Quise liberarme de las cadenas que me ataban, pero fue inútil. Sufrí el proceso de embalsamamiento en vida y durante mucho tiempo no supe de mí, hasta hace tres noches que me vi reflejado en los ojos de Guillermo Meztli.
Entonces me percaté de lo sucedido, e inicié frenéticamente la búsqueda de otros féretros y encontré el del tío de mi amada, y junto a él, depositado en medio de ramos de flores que aún conservaban algo de su brillo original, una vasija conteniendo cenizas.
Cenizas en quien reconocí los restos de la mujer por mí adorada.
Abrí el ataúd y devolví a la vida a un anciano, a quien apenas pude reconocer como al sacerdote Xchel; le obligué a contarme el resto de la historia.
Xzuhuykaak había sido condenada al peor de los sacrificios por no respetar sus creen-
cias y haberme amado: había perdido su virginidad y lo tenía que pagar con su vida.
Su tío, valiéndose de sus influencias en palacio, logró introducirse hasta su prisión, arriesgando tanto su vida como su reputación. La raptó y logró convencerla de que se dejara embalsamar al igual que yo: ella aceptó inmediatamente, pero al atravesar el bosque, los guerreros los alcanzaron, dando muerte instantánea a la sacerdotisa y tra-tando de capturar a Xchel, pero éste, imponiendo su magia, logró ahuyentarlos, con lo que salvó el cuerpo inerte de su sobrina y lo ocultó.

Realizó los ritos correspondientes al alto rango de la joven, y después de incinerarla, depositó sus cenizas en una vasija de barro, la cual colocó junto a mi tumba en la misma cueva. El sacerdote tuvo que huir para refugiarse en Chichen Itzá , y ya muy anciano, pidió a sus ayudantes lo embalsamaran en vida y lo enterraran junto a nosotros dos en el cenote sagrado.
Fue necesario el transcurso de los años, y el cambio del fuego viejo por el nuevo para que pudiéramos resucitar, y así llegó el momento siendo el pasado jueves 12 de julio, cuando me mostraron nuevamente al mundo.
Xchel murió inmediatamente al terminar su relato, y pidió que lo incinerara también.
Así lo he hecho y es por eso que sostengo en mi mano izquierda sus restos dentro de esta vasija, y en mi mano derecha, la vasija con las cenizas de la diosa sacerdotisa, mujer única que amé desde que mis ojos se posaron en los de ella, y que amaré por siempre, y ahora, para que podamos reunirnos, les pido a ustedes me ayuden a liberar mi alma de mi cuerpo, quemándome, y de esa manera, hagan llegar mi espíritu con el de ella, allá donde el sol reina y los pájaros cantan eternidad.

Bertha Sánchez De la Cadena
FIN.
23 de julio de 2001.