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El Burócrata. Novela por entregas.


EL BURÓCRATA

CAPITULO UNO

Mundo de porquería! Exclamó Javier esa mañana al verse reflejado en el espejo, y luego agregó, como si le hablara a alguien más: Pero no se preocupen amigos, si he de tener una víctima hoy, prometo ser yo el primero en la lista.

Todos los días, al levantarse, miraba su reflejo, sintiendo lástima por sí mismo y rencor por los demás. Estaba desvelado, como siempre; las ojeras lo delataban, aún así, sabía que podía darse unos minutos contemplándose en el baño.

Escuchó unos pasos, y una mano fuerte golpeó la puerta, a la vez que la voz de su mujer le gritaba: ¡Javier, sal del baño! Los niños y yo también necesitamos usarlo, además ya se te está haciendo tarde. Recuerda que los retardos significan menos dinero.

- Y tú, recuerda- Contestó Javier- Que Anita me checa la tarjeta cuando llega, así que no hay bronca, y ya cállate.-

Poco después abrió la puerta, y ya con la máscara puesta, tomó sus cosas y se salió. La esposa le alcanzó, preguntándole si iba a desayunar, pero él hizo como que no la escuchaba y dio el portazo como respuesta.

En la esquina pasaban las peseras para el Metro. Cuando la abordó, ya iba repleta de empleados y estudiantes.

Se alegró en el fondo de que era viernes, y descansaría pronto por lo menos durante dos días del afán de trasladarse.

Tardó aproximadamente media hora en llegar a la estación. Había mucho tráfico, como siempre, y mucha gente, nada inusual.

Subió los escalones a paso apresurado:: eran más de las 7:30 y apenas estaba en Aeropuerto; al entrar, separaban hombres y mujeres, tocándole a él los vagones que iban ya casi llenos.

No sabía a cual genio se le había ocurrido la brillante idea de meter a las chicas en un lado, y a los chicos en otro. ¡ Con lo bien que se estaba rozándose con una chava! Pero ni modo. El tipo de a un lado era un mugroso que apestaba a un metro de distancia, gritando con su hedor que no se había cambiado de ropa en varias semanas, y eso por lo menos.

Él, traía un traje de cuadros color gris y corbata oscura: parecía todo un ejecutivo, maletín en mano, sólo que el traje ya no era nuevo y la maleta tenía varios agujeros parchados.

Pensó que pronto cumpliría los 44 años, y su vida no había sido lo que él había imaginado: En los últimos veinte años, tan sólo se había dedicado a trabajar, primero en unas oficinas departamentales de préstamos hipotecarios, y luego, de cinco años para acá, en el Centro de Recaudación del Gobierno, lo que le había permitido sostener medianamente a su familia.

Estos pensamientos lo molestaban enormemente, ya que representaban el hecho innegable de ser medio entre los medios, y mejor decidió pensar otra cosa.

Se acordó que su hijo cumpliría pronto los quince años, y no tendría dinero suficiente como para una fiesta decente; por lo menos, un muchacho no necesitaba de tanto escándalo por sus quince veranos. Aún así, podría recompensarlo sacándolo de paseo, o comprándole alguna cosa, pero algo útil…

Luego, su mente voló hacia atrás, y se encontró a sí mismo cuando tenía quince años. Estaba en un poblado cercano a una Laguna en el norte de Chiapas; andaba descalzo y cursaba el segundo año de secundaria.

Su quinceavo cumpleaños lo pasó recorriendo el arroyuelo a bordo de un bejuco; pese a ser una diversión bastante simple, en aquel entonces le produjo una inmensa felicidad, como pocas veces la había vuelto a experimentar.

Estaba pobre y ese recuerdo le provocó nuevamente malestar, pero era demasiado tarde, ya no se sentía capaz de detener su historia:

Había sido hijo de madre soltera. Ella, muy joven, se vino para la capital del país dejándolo al cuidado de sus dos ancianos abuelos.

Pero el dinero no alcanzaba y la comida era escasa: desde muy chico, tuvo que aprender a cazar, acompañando al abuelo para conseguir alimento.

Si había suerte, traían conejo, armadillo, tlacuache y hasta alguna víbora; si no, tenían que conformarse con huevo o hierbas. Los días de presa en la mesa eran como de fiesta, pero no eran muy frecuentes; además, la pesca en la Laguna tampoco era muy abundante, y varios meses ésta se encontraba casi seca.

Por temporadas había mangos y otras frutas que los iban salvando de la hambruna, ya que la familia era numerosa. Si bien Javier era hijo único, estaba rodeado de primos y tíos que apenas si se acomodaban en la casa de madera con tres cuartos, uno de los cuales era cocina.

Javier no se podía quejar, como quiera, su mamá trabajaba en México y no dejaba de enviarle algún dinero.

Por fin, después de tantos años de espera, llegó lo que parecía ser una buena noticia: su madre se casaba. Él, era un hombre rico y viudo, y aunque todo estaba bien entre los recién casados, la madre de Javier no lo mandó llamar.

Ella se estableció en la ciudad con su nueva familia, olvidándose de su primogénito: no tan sólo no lo reconoció, sino que ya nunca volvieron a tener contacto. Eso sí, siempre continuó mandándole dinero, pero no fue suficiente para llenar el vacío del joven, quien ya pintaba un carácter melancólico.

Se llenó de tristeza y se le veía vagar por los llanos, sin un propósito definido: su abuela, quien lo quería mucho, se dio cuenta de su amargura y le propuso irse a vivir a casa de una tía lejana en México.

Al principio se opuso a la idea, ya que creyó se encontraría con su mamá, a la que al mismo tiempo sentía deseos de verla pero también un rencor por no haberlo llamado a su lado.

La abuela se rió y le explicó que la ciudad era grandísima, que si él vivía en una colonia diferente a la de su madre, era probable que no se vieran nunca.

Javier iba a cumplir quince años. Le dijo a su abuela que se iría después de su cumpleaños.

………………. ¡ Cuanto tiempo había pasado ¡ Descubrió, con amargura, que ya nunca había vuelto a sentir esa inmensa felicidad, cuando sus pies se introducían en la arena y se sentía parte de la naturaleza.

En ese momento se percató de que se había pasado una estación para el transbordo; asustado, aventó a la gente y pasó sin mirar a quién pisaba o empujaba.

Se tenía que regresar y caminar casi un kilómetro¡ Ya se le había hecho tarde otra vez! Aquello le llevaría casi quince minutos.

…………………….

Mientras tanto, Tania, su mujer, se alistaba para llevar los niños a la escuela. Les dijo que se desayunaran algo y los subió al coche.

El tráfico estaba insoportable: tratar de trasladarse desde la calzada Zaragoza hasta Tlalpan constituía toda una proeza.

Pensó en tomar el viaducto para ahorrar tiempo. Al entrar en la Calzada, en la vuelta, todos los autos iban muy despacio, aún así, un señor de edad, con grandes lentes de botella, le alcanzó a pegar en la defensa: fue algo muy leve, pero la hizo enfadarse.

De todas formas, no podía bajarse a reclamar. No había de otra más que continuar; ingresó nuevamente al río de automóviles, e inmediatamente la correteó una pesera.

No aguantando la presión, se salió por una lateral en cuanto pudo. Dio más vuelta pero se sintió más segura; y es que en aquel carro, destartalado, apenas si se podía viajar.

Las escuelas de los niños estaban en la colonia Nativitas, cerca de la casa de su mamá: pensó que lo más conveniente era que estudiaran en colegios mejores a los que había en Iztapalapa. A la niña, quien tenía once años y se llamaba Hortensia, la dejó en la escuela primaria: iba en sexto grado. Ella era una chica flaquita y morena, con el pelo liso oscuro y un flequillo que la hacían ver todavía de menos edad.

El niño, todo un jovencito de próximos quince años, cursaba el último grado en la secundaria. Era alto, muy delgado también y moreno.

La mamá no sabía por qué sus dos hijos se parecían tanto a Javier, ya que ninguno de los dos había sacado algo de ella.

Le hubiera gustado, por lo menos, que la niña fuera blanca, pero no fue así.

Se vio por el retrovisor y comprobó sus arrugas: era dos años mayor que Javier, pero su tez blanca la hacía ver de más edad.

Llevaba unos pants y una camiseta; calzaba tenis; su cabello, lleno de canas sin retocar, le caía descuidadamente hasta los hombros, y aunque no era flaca, tampoco estaba pasada de peso.

Dejó a los niños y se fue a la casa de su mamá: ya ahí, sacó las maletas donde llevaba la ropa sucia de toda la semana.

Su madre la recibió con una gran sonrisa y la invitó a desayunar.

………………..

Javier abordó el vagón del metro hacia Tasqueña, y nuevamente fue invadido por sus recuerdos:

Al llegar a la capital, le molestó el tener que pisar el suelo con ese par de zapatos apretados que le asfixiaban los pies.

El mar de gente lo arrastró por vez primera, y se equivocó varias veces antes de poder salir por la puerta hacia la estación de autobuses, ahí lo esperaba su Tía Antonia. Ella, como buena persona que era, lo había ido a recoger y le dijo que no se preocupara de nada.

Lo llevó a su casa: vivía en un barrio muy pobre de Iztapalapa conocido como San Miguel Teotongo. Se empezaba a colonizar con emigrantes del campo; no había banquetas, ni agua entubada y la luz se estaba instalando.

Grandes charcos dispersos en los terrenos baldíos le hicieron revivir a su amada Chiapas sembrada de Lagos y Lagunas. Pero aquello era muy distinto, y por más imaginación que tuviera, en ese lugar no había vegetación, ni garzas, ni peces, solo un sol quemando los techos de lámina de dos cuartos de madera.

Ahí vivía la Tía Antonia, su marido, sus dos hijos y otros dos de un matrimonio anterior de la tía, además de él: se sentía algo incómodo, pues si bien era cierto que su casa del campo no era mucho más grande, sí tenía la ventaja de poder salir, caminar y creer que el universo entero constituía su hogar, pero ahí era todo muy estrecho. Se tenían que ver las caras los unos a los otros prácticamente todo el tiempo, y de salirse a la calle, ni pensarlo, ya que era demasiado peligroso.

Los asaltos eran frecuentes en esa zona de la ciudad; él recordaba que hasta las jergas puestas en los portales de las casas se robaban, no decir ya algo más de los transeúntes, quienes eran víctimas seguras casi a cualquier hora del día.

También estaba consciente que para salir se necesitaba dinero para pagar el transporte, para comprar agua o refresco, para darle limosna a otros en peor situación económica, en fin, que ante estos dos graves impedimentos, era preferible permanecer en casa viendo la televisión o dándole de comer a las gallinas.

Y a pesar de ser muy chico, pronto aprendió y comprendió, que en la ciudad todo cuesta, y esta cruda realidad lo envolvió para no desprenderse de él jamás.

……………………

La tía Antonia fue más que buena con Javier; todo lo que no había sido su mamá quedó muy bien compensado por ella. Le dio amor, casa, comida y lo inscribió en la escuela.

Era una especie de super mujer que a pesar de tener cuatro hijos propios, le dio tiempo suficiente para criar a uno más. Así terminó la secundaria y poco después ingresó a la preparatoria.

No era tan tonto, pues sacaba calificaciones regulares, pero más que por falta de inteligencia era por desapego y distracción. La tía se dio cuenta de eso y no cedió en tener esperanzas de verlo convertido en un hombre estudiado; por tal motivo no escatimó dinero ni esfuerzos, y ahorró lo necesario para enviarlo a la universidad, pero para entonces, y a punto de cumplir los veinte años, él ya había incursionado en otros ámbitos que le hicieron despertar su vocación dormida.

Nada le llamaba más la atención que el arte; todo tipo de expresión vinculada con la creación lo fascinaba, y se sentía fuertemente seducido por la carrera del teatro.

Pero era absurdo que un joven como él pudiera cumplir sus deseos de estudiar actuación y drama; lo primero era comer, y para alimentarse habría que estudiar algo en lo que pudiera ganar lo suficiente para hacerlo.

………………….

Tania se sentó malhumorada: no hablaba nada y esperó a que su madre le hiciera cualquier pregunta para de ahí tener un pretexto para soltar la sopa.

Aún así contestó como si respondiera a un formulario. Javier, indiferente. El tráfico, de los mil demonios, los niños, insoportables; las cuentas, sin pagar, y ella, engordando y envejeciendo a una velocidad sorprendente.

Su madre meneó la cabeza sin dejar de sonreír y le dijo que nada de eso valía la pena como para dejar de desayunar.

Le sirvió su jugo, le preparó huevos fritos, frijoles, café calientito…

A Tania se le iba quitando lo enojada: después de todo, su mamá la seguía consintiendo como cuando era soltera.

Ella había nacido en la ciudad de México, exactamente en el área de Ginecobstetricia del Hospital de Tlaltelolco. No había tenido una niñez muy feliz pero tampoco complicada. Sus padres le habían dado lo posible de acuerdo a sus posibilidades, y a ella y a su hermana nunca les faltó cariño ni atenciones.

Asistió a una escuela primaria pública, pero debido a que tuvo problemas por pelear con los varones, su madre pensó en cambiarla, y la secundaria la cursó en un colegio administrado por religiosas, quienes daban clases tan sólo a señoritas.

Su hermana le llevaba 13 años, y cuando ella estaba finalizando sus estudios de enseñanza media, Gabriela ya se había casado con un licenciado que parecía tener mucho dinero, por lo que dicha unión benefició a toda la familia, siendo lo primero el apoyo económico que el yerno proporcionó para facilitar los estudios de la hermana menor.

Conoció a Javier en la preparatoria y se enamoró de él, o pensó que estaba enamorada. Ella le llevaba dos años, pero en ese entonces no pareció importar la diferencia de edades, la cual, con el paso del tiempo, pesaba cada vez más.

Amigos solamente por mucho tiempo, se hicieron novios cuando ella cumplió 22: durante los dos años que duró su noviazgo, ella le aguantó mil infidelidades a Javier, quien desde esa época pintaba ya como un auténtico don Juan, sin faltar, claro está, varias actitudes de macho, como era de esperarse.

…………………………..

Javier bajó del metro y salió a la calle: todavía le faltaban caminar cinco cuadras para llegar a su oficina.

Comprobó con horror, que Anita no había checado su tarjeta ni la de ella, seguramente se le había hecho tarde, cosa rara, pues ella era muy obsesiva en eso de la puntualidad.

Meneó la cabeza disgustado: pensó que todas las mujeres fallaban en alguna u otra forma.

Checó primero su tarjeta: nueve quince, luego, ya iba a checar la de su compañera, cuando ella llegó jadeante. Le explicó que había pasado un accidente y la pesera en la que venía había chocado. Se disculpó más con Javier que si éste fuera su jefe.

Él, continuó meneando la cabeza en señal de desaprobación. No dijo nada: tomó la tarjeta y se la extendió a Anita, se dio la media vuelta y se dirigió a su oficina.

………………………….

¿ Desde cuando le gustaba la poesía? Ese amor por la literatura le había nacido desde muy pequeño, siendo que a los once años ya escribía sus primeros poemas, solo que desconocía que estaba desarrollando un arte.

Le gustaba todo, hacía versos a las nubes, al cielo, al sol, a los pájaros, a las garzas de la Laguna; le parecía hermosa la naturaleza y se recreaba en la creación para cantar poemas. Lo que no entendía era porqué había cambiado tanto.

Sí, ahora ya ni siquiera le llamaba la atención el mundo que le rodeaba. Se había adentrado tanto en sí mismo, que sus temas eran siempre referidos a la soledad, el abandono, el fracaso, la muerte…También escribía continuamente alterando el lenguaje y solía salpicar de majaderías sus textos, quizá por llamar la atención, quizá porque de verdad sentía esa rabia interna que no podía expresarse sino solamente mediante malas palabras. Otras inserciones que hacía en sus trabajos eran los anglicismos, a veces como título, y otras dentro de los versos, pero su aspecto más tenebroso se descubría cuando le cantaba a los diablos que bailaban en las paredes de su vacío.

Se sentía amargado y culpaba a todo por ello: la vida, su trabajo, su mujer, hasta sus hijos. Nada le parecía digno de su condición y por eso sufría, porque ya tenía 44 años, y cada vez veía más difícil poder conseguir otra vida mejor, es decir, más adecuada con su calidad de artista.

Era un poeta oscuro, con cantos nocturnos que huían de la claridad del día; en sus momentos más íntimos no había espacio para la alegría, vamos, ni siquiera para la paz. Una agitación constante lo sacudía llevándolo de la mano hacia la desesperación, y la esperanza se le antojaba entonces como un algo inalcanzable que sólo existía en las novelas de estilo rosa que él, evidentemente no acostumbraba a leer, ya que no creía en ellas, pero si no tenía esperanza, ¿ en qué creía? Al principio de su juventud estuvo muy involucrado con asociaciones religiosas, en las cuales participaba tanto en las obras de teatro como en los oficios relativos al culto, Pero hoy en día, eso tan lejano hasta se le hacía ridículo. Era cierto que alguna vez creyó en un Dios, o quiso hacerlo, pero ahora, su existencia se había invadido de reclamos, y no podía faltar el principal: reclamarle a un Dios en el que apenas creía, o casi ya no creía, todo lo mal que le había ido en la vida, además, estaba de moda ser ateo entre los intelectuales, por lo que continuamente daba gracias a Dios por serlo.

………………………………………….

Tania terminó de desayunar y se fue a la lavadora; todo era muy sencillo: introducir la ropa sucia, programar la máquina y, prácticamente, la ropa se lavaba sola.

Fastidiada por no tener otra cosa que hacer, prendió el televisor y se tumbó en el sillón para ver diálogos en confianza.

Pensó en distraerse, pero solo logró atormentarse más al comprobar que el programa trataba de problemas de pareja, no pudiendo evitar el considerar los suyos propios, por lo que su mente, tratando de protegerla, se remontó a sus recuerdos pasados, en la esperanza de alejarle pensamientos que pudieran traerle amargura.

En aquella primavera cumplía los 24 años, y por fin, después de haberse hecho la difícil durante dos años con su novio Javier, cedió, siendo tan atinada que aquella misma tarde se embarazó.

A los dos meses se hizo la prueba de embarazo la cual resultó positiva: sus padres, al enterarse, se enfurecieron primero, pero después trataron de guardar la calma y pensando en las apariencias, conociendo de antemano que el autor del efecto negativo tendría que ser Javier, hablaron con éste para exigirle que se comprometiera inmediatamente con Tania y la hiciera su esposa ante la sociedad.

Él, lo pensó un poco, pero tampoco se hizo mucho del rogar: tenía 22 años y dos de estar intentado estudiar una carrera en la universidad. Había probado de todo; ciencias biológicas, matemáticas, administración, sociología y hasta un semestre en química y algunos meses en Filosofía y Letras en la rama de teatro. Estando consciente de que no podía o no quería estudiar, dándose cuenta a medias de su inestabilidad y falta de decisión y constancia para los estudios, prefirió optar por el matrimonio, creyendo que sus suegros le ayudarían económicamente a establecerse.

Más por comodidad que por otra cosa, Javier dio el sí, pero no se esperaba que su suegro, lejos de ayudarle como él lo había planeado, le obligó a solicitar trabajo con un conocido de la familia, quien era gerente en un banco, y así inició su carrera de burócrata, con un sueldo de hambre y en el último de los peldaños de la pirámide de la organización.

Poco después, habría de cambiar este trabajo inicial por el actual que tenía en las oficinas de recaudación del gobierno.

De esos sucesos habían pasado ya 22 años y el saldo había sido un matrimonio sin felicidad, dos hijos y una vida llena de necesidades.

……………………………….

Tania regresó en esos momentos al televisor y se echó a llorar: supuestamente quería escapar del dolor de la realidad, pero en los recuerdos también estaba incluido algo de ella. Aumentó el volumen del aparato para que su madre no se diera cuenta de su malestar, jadeaba, pero quería gritar. No entendía por qué se sentía tan infeliz, tan llena de soledad, si se había casado con el hombre amado y tenía dos hijos de él.

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ESTA HISTORIA CONTINUARÁ EN EL PRÓXIMO NÚMERO DE LITERANA 2002.

Texto tomado de la NOVELA INEDITA EL BURÓCRATA,
SEP-INDAUTOR 03-2002-06191382300-01.
D.R.MARÍA BERTHA SÁNCHEZ DE LA CADENA.

 

 

 



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